La ciudad enemistada, por Felipe Celesia

Doctrina frívola y acción Salvo pocas excepciones, toda obra de importancia en Mar del Plata, todo cambio radical, se operó de la mano de un visitante, de un foráneo. Inclusive en la vida privada de los marplatenses, los extraños a la ciudad tienen una importancia central.

Durante las temporadas, cuando la sangre bulle y el clima acompaña y alienta el deseo de diversión, los marplatenses buscan el toque exótico y desbocado de quien no es de aquí, de quien está viviendo una realidad que no es la suya. Los marplatenses comparten ése espíritu sin saber quizás que después, cuando el juego termine, sobrevendrá la frustración del regreso a lo habitual. El turista vuelve a su realidad cotidiana, fortalecido por la experiencia de haberse metamorfoseado en un individuo liberado, que su entorno no toleraría. El local, si aceptó la máscara que propuso su camarada visitante, tendrá que responder ante su grupo social por lo hecho, por haberse olvidado, en definitiva, de su condición natural de personaje de la ciudad.

Este juicio social que se da básicamente con los jóvenes, y que se flexibilizó con la aparición de las tribus urbanas (surfers, skaters, rockeros, bolicheros, etcétera), obliga a éstos a un doble juego, basado en reconocer las limitaciones de la pertenencia a cierto lugar pero también la imperiosa necesidad, casi fisiológica, de no reprimir los deseos de nuevas emociones.

En rigor, el malestar no deja de existir por más que el proceso de personalización admita ahora nuevos caminos e instrumentos. La brecha sigue existiendo por más que las elecciones individuales hayan dejado de ser estrictamente controladas por el entorno social. La acción está acompañada de un deseo lúdico, de las ganas de volcar las propias pasiones en un compañero que exista en función de otros objetivos y realidades. La alternativa subsiguiente, no menos elegida que la recién expuesta, es la indiferencia objetiva; ignorar con razonamiento de clan. Ningún desconocido aporta seguridad, no es bueno lo incierto; éstas podrían ser las premisas más evidentes.

Con la progresiva caída del absolutismo político (no económico) las imposiciones sociales se suavizaron en ciertos aspectos y se endurecieron en otros. La pertenencia a un grupo determinado ya no es materia de juicio inapelable. Todo es un poco más free, y de hecho muchos jóvenes llevan actualmente una doble vida análoga a la de sus pares de la antigua Mar del Plata. El desembarco de la droga en verano, consumida con ciertos límites en virtud de una preservación física, es un hecho puntual que se desarrolla entre ciertas tribus urbanas con un sentido lógico. Consumir un poco, mantener el contacto con el underground purificador de los males sociales, zafar de los estigmas paternos, pero en paralelo pertenecer al grupo público establecido. No llegar a la marginación absoluta, ni a la adecuación total al entorno. Los bordes de las actitudes —entienden ellos— son divertidos pero también peligrosos.

Fuera de la parodia veraniega del Centro, que admite todas las histerias posibles, la periferia controla sus impulsos con una calma criteriosa. El instinto pragmático se agudiza en el Conurbano. No hay tiempo ni ganas de esparcir ambigüedad. Tal vez de allí provenga un cierto desdén callado, no exteriorizado, por las diversiones de los turistas. Y no es que no se las comprenda (en algunos casos hasta se las envidia), lo que infiere es una simple escala de prioridades que no permite estructurar pasatiempos complejos. El ocio nocturno es simple en el Gran Mar del Plata, no difiere en esencia, del que existe en el Centro, pero las connotaciones sociales son extremadamente más numerosas y complejas en la bulliciosa ciudad céntrica que en los apacibles ámbitos del cinturón urbano.

Las peleas callejeras tienen como detonador los roces dentro de los bares y discos. Los enfrentamientos ya tienen el membrete de folklóricos y suelen darse entre grupos alterados por el alcohol y la necesidad de respeto del entorno. Las riñas tienen lugar en ambas ciudades, pero en el Centro subyacen motivos diferentes a los de la periferia.

En los bares de la zona de Playa Grande —barrio icónico del balneario— los combates son cruentos y significan un desafío para los prolijos chicos de las clases privilegiadas: ganar o perder, dar o recibir; y en las dos variantes se juega el respeto social, la posibilidad de quedar o no en el grupo de los triunfadores. La lucha física es paralela a la profesional: la mayoría de ellos son comerciantes o hijos de. El traslado de las reglas de juego del comercio del libre mercado a casi todos los ámbitos de sus vidas es prácticamente inevitable.

¿Y qué ocurre en la periferia? La expresión justa sería qué no ocurre en la periferia. El esparcimiento en el Conurbano es más acotado y socialista. Al bar de parroquianos con techo de chapa y barra de madera, también van los adolescentes el sábado por la noche; a la bailanta de moda, concurre tanto el padre de familia como el soltero y el bígamo. La diversificación de sitios esta condicionada sin duda por el capital de riesgo que se invierte en el ocio y por la conciencia de grupo, por el espíritu de cuerpo, que reina entre las clases menos favorecidas.

Existe de hecho una necesidad de agruparse en el Gran Mar del Plata. En primer lugar, por un sentimiento de pertenencia que no pierden ni siquiera los desterrados y trabajadores golondrinas. Y también porque la realidad en las barriadas está dada en una porción bien delimitada de terreno. El resto, no tiene importancia.