Crónicas citadinas, por Mirco Ferri


Función de cinco

Formaban un trío inseparable: Leandro, Rodolfo y Mauricio eran lo que se puede definir como una trinidad, ya que la mayoría de las veces se los veía juntos. Esta camaradería, aunque desde fuera pudiera verse indestructible, era en realidad frágil producto de las circunstancias que habían confluido para que se formara. El primer nexo que tuvieron en común fue la escuela, ya que los tres frecuentaban la misma institución. Sin embargo, dentro del recinto estudiantil, al menos al principio, no se manifestó la amistad que luego les uniría. Cada quien estaba por su lado, dentro de círculos diferentes. Pero los tres poseían un mismo rasgo: la dificultad para socializar, sobre todo con las muchachas. Esta carencia, indudablemente producto de su gran timidez, les provocaba no pocos sinsabores, ya que poco a poco iban siendo relegados a la posición de simples compañeros de clase, buscados solamente cuando se piensa que se puede obtener algún provecho de ellos. La marginación que les estaba siendo impuesta actuó como catalizador para que el trío se formara, cada quién buscando protección en los otros. Aunque se dijo antes que existía una afinidad ente ellos, realmente el temperamento de los tres era sumamente diferente: Leandro era un deportista bastante discreto, Rodolfo era del tipo aventurero, y Mauricio se refugiaba en actividades intelectuales.

La camaradería de los tres nació de manera gradual: primero, formaron un grupo de estudios, el cual comandaba Mauricio por ser el mejor dotado en esos menesteres; paulatinamente, de esas reuniones fue consolidándose una especie de alianza dentro de la cual simulaban no necesitar del exterior, aunque secretamente cada uno de ellos soñaba con ser diferente: ser un líder, o por lo menos tener alguna popularidad entre los demás. Esto, sin embargo, no pasaba de ser una quimera, ya que a medida que pasaba el tiempo la distancia entre ellos y el resto de la población estudiantil del colegio iba en aumento, tal vez por culpa de ellos mismos. Esta soledad compartida los llevó a frecuentarse cada vez más, hasta llegar a convertirse en algo natural el reunirse en cada tarde que tuvieran libre, así como durante los asuetos de fin de semana.

¿Que hacían? Nada espectacular, por supuesto: se encontraban en la casa de alguno de los tres, y al cabo de largas deliberaciones decidían casi fatídicamente "dar una vuelta". Esta actividad consistía en acercarse a la avenida, y recorrerla de cabo a rabo, llegando por lo general al centro comercial recientemente inaugurado. La excusa era ver las vidrieras de los negocios recién abiertos, con su reluciente mercancía; mas cada uno albergaba la esperanza de poder conocer alguna chica. Pero su torpe actitud y su redomada timidez frustraban cualquier intento de acercamiento a los grupos de muchachas que recorrían en manadas los pasillos del centro comercial. Terminaban en la fuente de soda, tomando unas merengadas que les sabían amargas.

Una de las pocas distracciones mundanas a las que tenían acceso era el cine: afortunadamente en su vecindario existían unas cuatro o cinco salas, de esas que ya han ido desapareciendo progresivamente. Todos los sábados, y algún que otro domingo, se dirigían a la que diera una película que no hubieran visto, sin importar que pareciera buena, regular o mala. Siempre a la función de las cinco, por eso del peligro de la noche. De esta manera se llenaron de imágenes fílmicas, que en parte aumentaban su desazón por el fracaso que experimentaban con el sexo opuesto, al ver la facilidad que tenían los galanes para conquistar a cuanta mujer se les antojara. Pero estas sesiones cinematográficas le permitían soñar, y evadirse durante las dos horas de función de sus grises vidas. Estaban en la edad que les permitía alcanzar la categoría "B" dentro de la escala impuesta por la censura oficial, por lo que buscaban casi exclusivamente películas que pudieran tener algún contenido erótico, por medio del cual saciar un poco sus ansias de descubrimiento del sexo opuesto. Sin embargo, por lo general esas películas a las que tenían acceso poseían escasa carga de imágenes sensuales, por lo que se quedaban con las ganas de penetrar en el mundo, prohibido para ellos, de la sexualidad. En compensación pudieron ver algunas películas de bastante calidad, que les permitieron crearse una cierta cultura cinematográfica. Era un período en que todavía la producción norteamericana no había impuesto su monopolio, y llegaban al país bastantes cintas de los países europeos y del cono sur, algunas mediocres, otras realmente excelentes.

Fue precisamente en una sala de cine, presenciando una película de esas que acaban con la taquilla, que ocurrió el primer hecho extraordinario en la vida de uno de los integrantes del trío, específicamente Mauricio. Extraordinario para él, claro está. Como quedó dicho antes, la sala estaba repleta, por lo que cada quien tuvo que sentarse por su cuenta, en los pocos asientos que quedaban vacíos. Al comenzar la función, ya no quedaban sitios libres. Mauricio se acomodó en su puesto, colocando su brazo izquierdo en el apoyo que divide los asientos. Al rato, sintió un roce, que le hizo retirar instintivamente el brazo. Giró su cabeza lo más discretamente que pudo, y pudo ver que a su lado estaba sentada una mujer. Por la oscuridad y por lo rápido que regresó los ojos a la pantalla, no pudo precisar detalles. Lo único que le quedó claro es que era una mujer joven, a lo mejor de su edad o un poco mayor. Acopiando todo su valor, volvió a subir el brazo hasta hacerlo descansar sobre el borde del apoyo, y lentamente lo fue rodando hacia el brazo de la joven. Al cabo de unos diez minutos, ya lo estaba rozando, pero esta vez fue ella quien retiró el suyo repentinamente. Mauricio sintió que los colores subían a su cara, pero afortunadamente para él nadie pudo darse cuenta. ¿Que pasaría? ¿Se habría molestado? Para no demostrar su azoramiento, no abandonó la posición conquistada en la frontera que dividía ambos asientos. Al rato, la muchacha volvió a subir su brazo, esta vez resueltamente, y el contacto entre ambas extremidades era ya franco. Comenzó un sutil juego de avances y retiradas que al pasar de los minutos se hizo más intenso; al finalizar éste, después de que transcurriera un largo trecho de película, sus manos estaban entrelazadas. El no pudo precisar de quien había sido la iniciativa: todo ocurrió espontáneamente, como se imaginaba que pudiera pasar entre novios. Mientras tanto, sintió que la otra mano de la muchacha se apoyaba sobre la suya, acariaciándosela lentamente. Mauricio no supo como reaccionar ante aquella manifestación, insólita para él, y quedó como petrificado. Por su mente se atropellaban pensamientos diversos: en un momento se forjó la imagen de su futuro al lado de la muchacha, y simultáneamente trataba de crear un plan de acción que le permitiera alcanzar ese futuro. Sin embargo, nada pudo maquinar. Se limitó a corresponder a las caricias, sin atreverse a explorar zonas más substanciosas por miedo a que ella se sintiera ofendida y cesara ese su primer escarceo. Ninguno había pronunciado la primera palabra.

Al poco tiempo, pero que a él le pareció una eternidad, se encendieron las luces de la sala. Había terminado la función, y con ella el primer y fugaz romance de Mauricio. La gente fue abandonando el cine, y su inesperada conquista se levantó del asiento, titubeando entre quedarse allí o irse, seguramente esperando que Mauricio tomara alguna iniciativa. Al no observar reacción alguna en él, se dio la vuelta y caminó hacia una de las salidas.

Esa noche, Mauricio no esperó a sus camaradas. Cuando pudo levantarse de su asiento, enfiló una de las puertas (casualmente, una totalmente opuesta a la que eligió la muchacha) y regresó a su casa solo, m s solo que nunca.