
A manera de introducción
La ciudad, mi ciudad específicamente, ha sido durante estos dos últimos
años una de mis obsesiones. Mi hobby por excelencia es tratar de informarme
lo más posible sobre este tema, pero realmente mis avances no han sido muy
fructíferos: la literatura documental disponible sobre mi urbe es bastante
precaria y difícil de conseguir. Para saciar esta necesidad de
documentación, tuve que recurrir a los escritores costumbristas de finales
del siglo pasado y principios del presente, quienes con pluma a veces
irónica, a veces grandilocuente, pero siempre afectuosa, trazan el fresco
de una ciudad pequeña y amable, París de un solo piso como la definiera
Aquiles, el poeta de la ciudad, en donde el ambiente citadino se funde con
las actividades campestres.
Sin embargo, de esta concepción de ciudad bucólica, si se me permite la
paradoja, a lo que se ha convertido en la actualidad, existe una brecha
insondable: lo que antaño eran parajes propios para el paseo hoy son
asiento de enormes y contaminantes industrias; las antiguas haciendas de
café, caña y cacao se trastocaron primero en urbanizaciones unifamiliares,
y progresivamente en espacio apto para la proliferación de esas colmenas
humanas que son los enormes rascacielos. Y del casco histórico es
preferible ni siquiera hablar, ya que prácticamente ha sido arrasado.
De estas lecturas, mi curiosidad devino en profunda nostalgia por lo que
nunca conocí; fruto de dicha nostalgia son estas crónicas, que quieren ser
un modesto homenaje a mi maltratada ciudad. Tal vez alguien pueda, o crea,
reconocer algunos de los hechos aquí narrados. Debo advertir que, aunque
ciertamente algunos de los relatos están basados en asuntos realmente
acaecidos, la ficción tiene amplio predominio sobre lo real.
De antemano me excuso por las chapucerías que, como toda ópera prima,
pueda contener este libro; el lector gentil sabrá tomar con benevolencia
los gazapos de un advenedizo de la escritura.