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Travesuras de la niña mala
Mario Vargas Llosa
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Una niña mala para vivir, reseña de Jairo García Méndez

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“Travesuras de la niña mala”, de Mario Vargas LlosaRicardo Somocurcio, el protagonista y narrador de Travesuras de la niña mala, la última novela de Mario Vargas Llosa, decide tener una vida tranquila: ganarse la vida con el oficio más inofensivo del mundo (traductor en la Unesco) y vivir y morirse de viejo en París. Y logra sus propósitos salvo el de tener una vida tranquila, pues la chilenita se encargará de trastocarle cada cierto tiempo su mediocridad autoimpuesta y provocarle los cataclismos propios de un amor no correspondido, o por lo menos no correspondido plenamente. Ricardo vive cada vez que la niña mala lo encuentra o se deja encontrar.

No se trata de una gran construcción literaria como Conversación en la Catedral o La guerra del fin del mundo, con las formidables técnicas narrativas y pretensiones de narrador total, de deicida, que distinguen a don Mario, sino de esa cara socarrona que, dice Roberto Echeto, a veces pone el gran escribidor peruano. Y en efecto, se distingue fácilmente que Travesuras... se enmarca en la corriente vargallosista de La tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, Elogio de la madrastra y Los cuadernos de don Rigoberto, en las cuales el gran fantaseador que es don Mario da rienda suelta a los placeres y saboreos vitales: el humor, el erotismo, la sensualidad y la imaginería amorosa. Y redondea sin duda, con esta hermosa historia de amor que rescata de la medianía a Ricardo Somocurcio. Una historia de amor despojada de lo artemisal que tanto daño le ha hecho al amor, por lo menos en Occidente.

Es cierto que la novela a veces se ve contaminada por las pasiones y pontificaciones políticas del escritor peruano, pero su exquisito manejo del idioma, su enorme capacidad narradora y fantaseadora, hacen que la historia de amor entre el niño bueno y la niña mala fluya de una manera verosímil, entretenida, teniendo como telón de fondo los grandes acontecimientos históricos de los últimos 50 años, que le permiten a uno ir reflexionando sobre los últimos años de la historia de Occidente, en la medida en que la niña mala pone en escena su vida y sus ambiciones, y sacude la de Ricardo, de vez en cuando, impidiéndole que se hunda en su propia y consciente mediocridad.

Con la novela que comentamos, Vargas Llosa regresa a su materia prima por excelencia: su propia vida. En Travesuras..., el escritor parte de su experiencia vital, crea una especie de alter ego (Ricardo), escinde un personaje que pudo ser él mismo, en el supuesto de no haber decidido convertir la escritura en un sacerdocio, tal como lo ha hecho durante toda su vida. Pudo haberse quedado en París, sobreviviendo como traductor que lo fue y haberse dejado poseer por el anima, como diría un psicólogo junguiano.

Ricardo es un personaje de mucho interés psicológico: una persona que decide vivir una vida mediocre y que trata de hacer todo lo posible por no sobresalir a pesar de sus dotes de escritor y traductor del ruso, y su enorme cultura literaria, pero que es salvado por una gran pasión que lo lleva directo a la sumisión amorosa, que al final de la su existencia, le da sentido a su vida: vive una historia de amor novelable.

Por su parte, la niña mala, que a veces pareciera muy arquetipal, muy venusina, se humaniza a cada rato, con sus dudas, con sus lados de debilidad y sensibilidad muy humana.

Don Mario logra, en la novela que reseñamos, darle un giro de gran interés a las historias de amor —al folletín que tanto le ha apasionado desde el punto de vista intelectual—, las cuales seguirán haciendo la vida menos gris y al mismo tiempo salvando a la humanidad de tanto desastre, aburrimiento y mediocridad.