XX poetas ecuatorianos del siglo XXI • Selección: Fernando Itúrburu
(Guayaquil, 1979)

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Ha publicado los poemarios Mientras ella mata mosquitos (2004), Animales salvajes (2005), La bestia que me habita (2005), Cantos sobre un dinosaurio ebrio (Barcelona, España, 2007) y Matar a la bestia (Guadalajara, México, 2007). Sus textos aparecen en varias antologías locales y del extranjero. Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía David Ledesma Vásquez (2005), el Premio Nacional Universitario de Poesía Efraín Jara Idrovo (2005) y mención de honor en el Concurso Nacional de Poesía César Dávila Andrade (2005). Es miembro fundador del grupo cultural Buseta de Papel.

Adiós padre

Padre me voy: voy a jugar en la muerte,
         padre me voy. Dile adiós a mi madre,
y apaga la luz de mi cuarto: padre, me voy.

Leopoldo María Panero

Padre me voy
me voy definitivamente
                       a jugar con la muerte

mis días se han tornado tenebrosos
y ya no tengo tu mano
                               sobre mi hombro
ni tu sonrisa cariada
                               y benévola

Padre lo he decidido
                        tengo que irme pronto

ya hice las maletas
                       y es inminente mi partida

despídeme de mamá, de mis hermanos,
de la abuela
                    y de mi mascota favorita

Padre me voy
sí pero aquí te dejo
                           mis poemas
para que los leas y después
                                    los quemes

pero antes te darás cuenta, tal vez,
de lo que en vida
                          te odié

 

I

En el inicio éramos mi padre y yo tomados de la mano en la infancia de nuestro apellido, en la prehistoria de nuestros abrazos y besos, de los viajes a la noche inventada o a la ciudad del alcohol y del tabaco. Nada sacamos a limpio si el mundo no se despedazó con nuestros rezos familiares. Si nosotros no fuimos el mundo, si la tierra que hierve entre nuestras venas no expulsó el infierno que llevamos dentro. Mi padre era un ser de piel silenciosa que llevaba en el corazón la ira, el odio y la condena del tiempo; hombre de sal, de sueños verdes, destinado a padecer debajo de la tormenta de hielo que incendió sus manos; manos que acariciaron mis párpados gastados, que alguna vez miraron cómo el horizonte fue un imperio que se destruyó con el fuego de la selva. Mi padre atravesó la orilla de los muertos para alcanzarme, para alcanzar a sus muertos y decirles que es el hijo de la rabia, de la furia, el hijo de los ángeles violados, el hijo que se fugó de su propio entierro para reinventar los sollozos de las mujeres que tanto amó. Mi padre es la copa rota donde yo bebo sus vicios. Soy su vicio más profundo, su herencia vengativa, la carne miserable que no teme dividir el aire para conquistar lo que desea. Soy su herencia enferma, que asesinará sin piedad a sus verdugos. Su herencia enloquecida, que revivirá cadáveres y bestias, con tal de que su herida expulse el veneno. Mi padre es una habitación abierta de par en par donde yo entro sin zapatos y sin medias, dispuesto a corregir mis errores. Ahí dentro sé que soy bienvenido, pero tengo que guardar silencio, para que su palabra, que es silencio y gozo, me atraviese el tímpano, el cerebelo y cruce mi espina dorsal hasta crucificarse en mi aorta. Tengo que aprender a defenderme de sus espejos y dioses furiosos: como tigres se me lanzan al círculo e impulsan a pelear con mis manos heridas. Sólo acepto con honor su invitación y nos debatimos.

 

II

Mi padre murió con miedo a cerrar los párpados, con los anillos del tiempo en los dedos púrpuras, los ojos heridos de sangre amarilla, los dientes ennegrecidos por el sol y las corrientes del aire de serpiente. Cuando alguien muere al fin deja su jaula, para convertirse en la presa de los rostros sucesivos de la piedra original, en los colores de las fuentes del agua, en las monedas arrojadas por los veteranos; deja fluir su alma como el poema perfecto y se va, lejos, muy lejos, a buscar eso que alguien pierde en los riachuelos de los días, la suerte arrojada en los casinos o en las cartas. Lo que sea con más que morir en la ola, en la espuma o en los dientes de ese mar que nos reclama desde el paraíso inventado por las palabras dogmáticas, que nunca significan nada más que ver cómo decapitan a los hombres en una cruz arrojada al abismo de las campanas.

 

III

Para qué seguir moviendo las manos si no pueden tocar a las gaviotas que vuelan heridas; para qué seguir anudando corbatas si los amantes las niegan a la hora del sexo; para qué seguir si la tierra que mañana nos cubrirá los párpados será el lodo que naveguen nuestros animales de la ira; para qué seguir si la muerte nos invade y nos paraliza con su neblina en el páramo de la noche; para qué seguir si tenemos el corazón bajo llave, esperando que nos toque el inexistente triunfo; para qué seguir con esta farsa cuando mi padre sólo respira por los orificios de la muerte; para qué seguir si la madrugada me trae el aroma de su perfume y su beso es un pez enterrado en mi boca; para qué seguir con estas manos vacías que sólo escriben cartas que me condenan; para qué seguir apretando los puños si el abandono del beso y del abrazo es mi propio destierro; para qué seguir si se acabó la música en esta ciudad y sólo espero que mi memoria muera envenenada; para qué seguir si la palabra ya no nos condena y sólo queda el poema tatuado en el cuerpo; para qué seguir si soy un vagabundo que se perdió camino a la tumba de su padre.

 

IV

La tierra entera es una apariencia banal ante tus ojos, padre mío. Mírame con tu amor y tu desprecio mayores. Merezco morir por tu despecho y por tu cruel enfermedad. Merezco ser la enfermedad que te está matando y merezco morir en tu honor y en tu regazo. Eres la sombra y el cuchillo que se enterrará en mi corazón. Mátame, padre, de una vez. Mátame. Yo soy el cordero de tus pesadillas.