Para nuestra investigación será de utilidad la presentación del tema central de Antígona, que también podría llamarse la tragedia de Creonte. En esta obra Antígona se subleva por el decreto arbitrario de Creonte, que la impulsa o la mueve a darle a su hermano Polínices el tratamiento debido a los muertos. Éste consiste en enterrarlos y erigirles un túmulo.
Una de las significaciones de la muerte es devolver a la tierra a los hombres, nacidos de ella si se habla metafóricamente. Pero, en tiempos de guerra, nos dice George Steiner que existen múltiples ejemplos de Antígonas, mujeres que no obstante el riesgo de perder su vida deciden quebrantar el orden establecido y enterrar a sus muertos.
También tenemos ejemplos de Creonte. Uno de ellos es el típico general o dirigente político que por su crueldad resulta finalmente de luto, como recordatorio de la atrocidad cometida en tiempos de guerra, habiéndolo perdido todo y a todos.
En la tragedia Antígona de Sófocles, Creonte, tirano de Tebas, decreta una orden según la cual el cadáver de Polínices debe quedar insepulto. Ante esta medida de corte político se opone tanto el derecho familiar de su hermana Antígona como la prescripción religiosa, que consiste en dar el tratamiento acostumbrado que se les da a los muertos. Nos atañen en particular el entierro y las honras fúnebres.
Sin embargo, no estamos hablando de cualquier muerto sino del atacante de la ciudad tebana en guerra contra su propio hermano Etéocles, ambos hijos del desgraciado Edipo. Cada uno de los dos, podría decirse, es la sombra del otro.
Lo que Creonte está impidiendo por medio de tal orden o edicto es la entrada de Polínices al mundo de los muertos. El paso a ese mundo está siendo obstaculizado por el tirano. Sobre este asunto del paso de uno a otro mundo señala Mircea Eliade:
El umbral es a la vez el hito, la frontera, que distingue y opone dos mundos y el lugar paradójico donde dichos mundos se comunican, donde se puede efectuar el tránsito del mundo profano al mundo sagrado (Mircea Eliade. Lo sagrado y lo profano. Barcelona: Paidós, 1998. Pág. 24).
Lo que se quiere decir es casi evidente. Creonte, con amenaza de muerte, no permite a nadie bajo su mando en la ciudad de Tebas, patria natal de los hijos de Edipo, que le rinda honores al difunto Polínices. Aunque es una ley divina y una costumbre religiosa enterrar o incinerar al muerto, la hybris de Creonte no lo deja ver con claridad y de este modo Polínices no recibirá el tratamiento habitual que se les da a los muertos.
Al contrario que Ismena, Antígona sí toma una decisión trágica. Ella decide cumplir el rito sagrado del entierro, haciendo posible el paso o la transición de Polínices al Hades, incumpliendo la orden de Creonte y dándole sepultura a su hermano muerto en batalla.
A primera vista, parece que Creonte decide al respecto del derecho colectivo de la ciudad, a favor de ésta y en modo lógico. No se puede olvidar que Polínices sale de Argos y emprende el ataque en contra de la ciudad de Tebas junto a sus seis campeones. Del mismo modo Etéocles, al igual que su hermano, lleva el impulso homicida que acabará con los dos. Así termina la tragedia Los siete contra Tebas de Esquilo y a partir de ese momento Sófocles inicia su extraordinaria tragedia.
Creonte asume el poder de la ciudad precisamente después de la muerte recíproca que se dan Polínices y Etéocles. De hecho, es justo después de la muerte doble de los hijos varones de Edipo que comienza la tragedia Antígona.
Aquí resulta provechoso señalar el aparentemente prematuro, injusto y desmedido edicto de este gobernante en lo que atañe al agresor de la ciudad. A pesar de lo duro de su mandato, el sentido común sugiere que el derecho colectivo de los tebanos priva sobre el derecho individual de Polínices. Pero es cierto también que Polínices debe ser llorado, lamentado y enterrado por alguien para pasar por las puertas del Hades.
Antígona se ambienta al amanecer, enfrente del palacio real de Tebas. Hay aflicción por parte de Antígona a causa de “las desgracias heredadas de Edipo” tales como “dolor, calamidad, vergüenza o deshonra” (Sófocles. Antígona, Edipo Rey, Electra. Trad. Luis Gil. Madrid: Guadarrama, 1969) por el destino de su familia y de su padre. La tragedia comienza después de la muerte de Etéocles y Polínices en una guerra fratricida, que continuará entre los epígonos (hijos de los atacantes de Tebas). Esta guerra recibe el nombre de Segunda de Tebas.
El tema principal de la tragedia de Antígona es la pertinencia o no del entierro y las honras fúnebres. Etéocles fue enterrado con los honores debidos a los muertos mientras que Polínices, el incendiador y atacante de la ciudad de Tebas, permanece insepulto por órdenes de su tío Creonte. Éste amenaza con “muerte pública por lapidación” a quien viole tales órdenes. A continuación, un pasaje donde el lector podrá percatarse en pocas palabras de la tragedia de la estirpe de Edipo:
Ismena:
¡Ay! Reflexiona, hermana, de qué manera tan odiosa y tan infame se nos perdió nuestro padre al descubrir por sí mismo su doble falta, hiriéndose los ojos con su propia mano; cómo atentó, además, contra su vida la que llevaba un doble nombre, el de madre y esposa, con un trenzado nudo corredizo; y, por último, cómo en un solo día nuestros dos hermanos, dándose mutua muerte, los desdichados, llevaron a término su fatalidad común con recíproca mano” (Sófocles. Antígona, Edipo Rey, Electra. Trad. Luis Gil. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1969).
María Zambrano dice que la relación original del hombre con la divinidad se funda en el delirio. Este delirio es el de la persecución. A través de la razón, el delirio de persecución “pacta” con la divinidad y se transforma en amor. La condición para que este pacto suceda es perseguir; es decir, ir tras lo que persigue al hombre: ir tras lo divino (María Zambrano. El hombre y lo divino. México: Fondo de Cultura Económica, 1955).
Si asociamos lo que dice María Zambrano con la tragedia nos daremos cuenta de que Antígona va tras la divinidad del hogar porque su deber trágico como hermana del difunto Polínices es cumplir fielmente con sus exequias. Ella va tras su destino; no duda ni por un instante. Obrar como obra está de acuerdo con su ethos trágico. Antígona sabe su fin desde que decide violar el dictamen injusto de Creonte.
El mito de Antígona despertó el interés de muchas personas incluyendo al propio Sófocles. Desde la antigüedad, pasando por los distintos períodos de la historia, no solamente Sófocles sino gran cantidad de humanistas, filósofos, antropólogos, psicólogos y poetas se han preocupado con celo por desentrañarlo.
Hubo la interpretación de Georg Hegel, quien decía más o menos en estos términos que Antígona es el personaje que representa el poder cívico individual. Mientras que el contrapeso de la tragedia sería el poder de la polis o del Estado. Por lo tanto, la tragedia aborda temas tales como la esfera colectiva en contradicción con la individual, lo público en conflicto con lo privado, el sacrificio de la heroína y la liberación de la mujer.
Otra idea sumamente atractiva del filósofo Hegel, también citada por George Steiner en Antígonas es la oposición entre el mundo de los vivos y de los muertos, la oposición entre la ley de los dioses y la de los hombres. Aquí se quiere introducir el tema del Hades, que es el tema subyacente de la tragedia en cuestión.
Dice George Steiner citando a Hegel que éste considera a Antígona como un personaje con el deber sacro de impedir que el cadáver de Polínices sea devorado por los perros y por las aves de rapiña. ¿Debe actuar ella de acuerdo con las leyes de la familia antes que con las leyes de la polis? ¿Por qué? Porque ella es la hermana de Polínices y son deberes femeninos los relativos al entierro del hermano varón si éste no cuenta con madre o esposa.
Por lo tanto, antes de que se justifique si es así como Antígona debe o no actuar, hay algo más que pensar. ¿Quién impone la ley en la ciudad? ¿Y qué ha decidido Creonte, que es el tirano de la polis? Que Polínices permanezca insepulto.
Antígona no puede permitir que su hermano yazca en tierra presa de las fieras. Así, siguiendo la interpretación de Hegel, ella ha subordinado la ley de la polis a la ley humana, individual y religiosa. El acto de echar tierra encima del muerto hace retornar a su hermano al Hades, la casa de los muertos.
Por otro lado conviene decir que Antígona arrastra la culpabilidad de la casa de Layo. Pero la aflicción de Antígona es producida por la asunción de la culpabilidad de la casa paterna, específicamente la de Edipo. Él viola sin conocimiento las leyes de la familia y del parentesco y su hija Antígona lo sabe bien. Por eso, ella arrastra el estigma de Edipo y está en posición de ejercer el derecho y la piedad familiar, torcidos en línea vertical por su padre. Incluso puede decirse que también por su abuelo, pues Layo viola las leyes de la hospitalidad, ciertamente conexas con las de la familia.
Desde numerosos estudios basados en la tragedia de Antígona, George Steiner, teórico e investigador, propone que Antígona puede ser observada según cinco oposiciones fundamentales para él, las cuales se dan entre el varón y la mujer, el viejo y el joven, el vivo y el muerto, el ser humano y los dioses, finalmente entre el individuo y la sociedad en que vive.
Para nosotros una razón de peso para el estudio de Antígona es la oposición, confrontación o choque entre los vivos y los muertos. Nuestro ensayo versa especialmente sobre esta dicotomía.
Así pues, la muerte de Antígona representa un sacrificio, un acto ritual de total y plena autoconciencia, en que ella consigue su entrada a la morada de los muertos para reunirse con su clan, el clan de Layo. Este gen, familia o casa paterna según se prefiera es una raza maldita y fue condenada según la fatalidad a las calamidades, desastres y errores que suponen su fin trágico.
Como nos dice George Steiner, “Antígona es perfectamente consciente de lo que le sucederá...” (George Steiner. La muerte de la tragedia. Caracas: Monte Ávila, 1970), pues ella se rebela en contra de su tío Creonte y de su tiranía, optando por violar el statu quo de la ciudad y enterrando simbólicamente a su hermano. Por un lado debe quebrantar las leyes impuestas por un hombre, su tío; y por otro, debe obedecer la ley divina cumpliendo con el rito del entierro y el duelo de su hermano. Esto a pesar de saber que Etéocles, muere defendiendo la ciudad como un héroe patrio. Sin embargo, el pueblo de Tebas y nosotros, muy lejanos cronológicamente de aquellos tiempos, reconocemos en todo esto la tragedia no solamente de una heroína y de un tirano, sino que nos vemos allí reflejados con claridad y nos situamos de ella quizá tan cerca como lo estuviera cualquier ateniense u otro ciudadano griego de la época, ya que la tragedia sin lo humano sería algo vacío y carente de sentido.
En su Poética, Aristóteles nuevamente nos arroja luz para que sepamos por qué nos deleita y nos horroriza a la vez la tragedia de Antígona:
Necesariamente este tipo de incidentes (horribles y piadosos) se dan entre amigos o enemigos o entre quienes no son ninguno de estos dos. Enemigos contra enemigos, nada tiene de piadoso ni en hacer o en pensar hacerlo, a lo más en el sufrimiento mismo; nada hay entre quienes no son ninguno de estos dos. Pero cuando el sufrimiento surge entre amigos, como, por ejemplo, el homicidio o intento de homicidio del hermano contra el hermano, del hijo contra el padre, de la madre contra el hijo, o del hijo contra la madre, o alguna otra cosa tal, es esto lo que ha de buscarse (Fernando Báez. Poética de Aristóteles. Mérida: Universidad de Los Andes, 2003. Pág. 227).
De tal forma que nada hubiera de interesante para los antiguos espectadores de Antígona ni para los actuales si la tragedia sucediera entre dos enemigos, sino lo que atrae es que el terror suceda dentro de una misma casa, bajo un mismo techo y entre dos hermanos que son las dos caras de una misma moneda. Para unos Etéocles es el héroe de la ciudad mientras que para otros, como Creonte, Polínices es el homicida de ese héroe. Uno es la sombra del otro.
Hemón, hijo de Creonte, se rebela en contra de su padre; esto como uno de los indicios que nos hacen pensar que Creonte es inflexible como una barra de acero. No decimos “equivocado” porque justamente tanto él como Antígona tienen razón.
Uno, por un lado, por salvaguardar el respeto que el Estado se debe a sí mismo, el imperio de la ley y pensar que protege la dignidad de los tebanos; por el otro, ella, por guardar los preceptos religiosos y por demostrar amor a través de un acto noble pero atrevido y condenable según las leyes del Estado aunque preservando la ley de la familia. Otro indicio que tenemos acerca de la intransigencia de Creonte es el parecer de los mismos tebanos con respecto a la injusticia de Creonte y el destino de Antígona. Y en tercer lugar, los dones adivinatorios de Tiresías presagian que la sentencia de muerte para Antígona encierra un error grave. Así Tiresias se lo hace saber a Creonte y éste no le hace caso. Es decir, estamos a la vista de una enorme estupidez humana, casi como la de Antígona pues aunque sea un gesto hermoso haber echado tierra sobre el cadáver de su hermano, ella trágicamente infringe la ley de la ciudad con conocimiento de lo que le vendrá encima.
¿Y Antígona? Aquí no caben dudas. Por más que intenten los racionalistas hallar una culpa en Antígona, lo más que cabe decir es que su pecado es una felix culpa. La heroína va a la muerte por haber tomado sobre sí la defensa de la religión, el partido de los dioses, que, sordos y ciegos, la han abandonado” (José Alsina. Tragedia, religión y mito entre los griegos. Labor; Barcelona, 1971. Pág. 56).
Lo que se destina para Antígona es una muerte horrible; ella será sepultada viva en una pétrea caverna por haberse atrevido a sepultar a Polínices, mostrándose como una joven valiente y revolucionaria del orden público y de las leyes impuestas sólo por un hombre como ya hemos señalado, mortal, rey terrenal y recién llegado, y por lo tanto efímero. Pero para ella son más importantes las leyes de los dioses, ésas que la religión impone para el rito de los muertos y que no necesitan estar escritas para estar vigentes y cuya violación le resulta más horrorosa que la funesta decisión de su tío de sembrarla viva en medio de las rocas.
Finalmente, han insistido algunos críticos en la soledad del héroe sofócleo, como es el caso de Antígona, que va a la muerte sin que su acto heroico haya sido comprendido ni por los hombres, ni, cree la infeliz doncella, por los dioses (Op. Cit. Págs. 51-52).
¿Pero qué tiene de especial un rito de entierro para que le demos tanta importancia?
En primer lugar se asiste al fin de la vida profana del difunto, para que éste luego pase a otro nivel ontológico. Luego, sabemos que se cava un hoyo en la tierra, que simboliza el reencuentro de la persona muerta con la Madre Tierra, de la cual todo nace, brota y renace para la vida cada cierto tiempo. Mircea Eliade, historiador de las religiones, nos habla de un “sistema del mundo” en las sociedades tradicionales, en donde cabe para nosotros la sociedad griega antigua. Para este autor hay varias características de dicho sistema pero nos bastan dos de ellas: “a) Un lugar sagrado constituye una ruptura en la homogeneidad del espacio; b) esta ruptura simboliza una “abertura” merced a la cual se posibilita el tránsito de una región cósmica a otra (del cielo a la Tierra, y de la Tierra al mundo inferior)” (Op. Cit. Pág. 32).
¿No es acaso una tumba el sitio sagrado en donde se da esta conexión con la otra región cósmica y a la vez se da esa ruptura con la homogeneidad del espacio?
Triste o felizmente para Antígona, ella decide y opta por la ley de la familia o ley de la sangre, acarreando su muerte, pero habiendo honrado los lazos sanguíneos y a Hades, la divinidad de los muertos, adonde se precipita a sabiendas de su acto heroico. Las palabras que Creonte profiere se hacen una profecía fiel: con el único con quien te vas a desposar será con el Averno. Parece bastante escabroso el destino de la heroína sofóclea pues ella efectivamente se precipita a las regiones infernales, y tras ella también Hemón, su primo hermano y prometido a la vez.
Así que entre las cosas que Antígona dice echar de menos —el tálamo nupcial, los hijos, la amistad— y que la vida no le otorgó, al menos una no le falta, que es el amor de su novio, llegando éste incluso a perseguirla hasta los infiernos con su muerte; a las regiones bajas descienden, a las cuales los antiguos honraban dando golpes con las palmas abiertas de las manos sobre el suelo, encima de la tierra, umbral que separa un cosmos del otro, la región de los vivos y de los muertos.
Lo que queremos es subrayar la importancia que reviste el cumplimiento del entierro en su carácter simbólico valiéndonos de este asunto del entierro o no de Polínices; saber por qué es mejor para Antígona quedar bien con los preceptos religiosos, divinos e intemporales que con las leyes profanas, humanas y transitorias. A este respecto leamos lo que nos dice Lida de Malkiel:
En efecto, el culto del héroe celebrado ante su tumba es el factor más importante (...) en el desarrollo de la tragedia griega. Además la importancia de la sepultura era muy grande para el hombre vulgar de entonces, con su idea muy imprecisa de inmortalidad personal y con restos (...) de antiquísimos modos de pensar: el que está enterrado puede resurgir, como resurge la semilla depositada en tierra, pero el que no ha sido devuelto a la Madre Tierra no revivirá; el que carece de tumba carece hasta de la oscura inmortalidad de la especie. De ahí la importancia de la sepultura en el Ayante y en la Antígona... (María Rosa Lida de Malkiel. Introducción al teatro de Sófocles. Buenos Aires: Editorial Losada, 1944. Págs. 37-38).
Uno de los ritos de mayor interés para nosotros es obviamente el entierro. A través de dicho rito, se da la despedida entre los vivos y los muertos y se realizan o se patentizan nuestras creencias de ultratumba tanto como nuestra visión del cosmos y de la vida; a saber, preguntas tales como: ¿Qué vendrá después de esto? ¿A dónde irá nuestro muerto ahora? ¿Estará bien en el mundo del más allá? ¿Qué necesita para su viaje a ese otro lugar, si es que existe uno? Etc.
Esta clase de cuestiones se nos aclaran un poco más leyendo lo que dice Mircea Eliade a propósito del enterramiento.
En la muerte, se desea reencontrar la Tierra Madre y ser enterrado en el suelo natal. “¡Trepa hacia la tierra, tu madre!”, dice el Rig Veda (X, XVIII, 10). “A ti que eres tierra, te meto en la tierra”, está escrito en el Atharva Veda (XVIII, IV, 48). “Que la carne y los huesos retornen de nuevo a la tierra”, se dice en las ceremonias funerarias chinas. Y las inscripciones sepulcrales romanas delatan el temor de tener las propias cenizas enterradas en suelo foráneo y, sobre todo, el gozo de reintegrarlas a la patria: hic natus, hic situs est (CIL, V, 5.595: “Aquí nació, aquí fue depositado”); hic situs est patriae (VIII, 2.885); hic quo natus fuerat optans erat illo reverti (V, 1.703): “Allí donde nació, allí ha deseado regresar” (Op. Cit. Pág. 105).
Si para unos es horroroso morir y ser enterrado fuera del suelo patrio, nos preguntamos qué habría significado para esas mismas personas si supieran que iban a ser devoradas por los buitres. Y sin sepultura, que creemos es un requisito indispensable para pasar al otro mundo y ser recordados como muertos; es decir, pertenecientes a una comunidad que merece nuestro respeto. De tal forma que nosotros creemos que honrar a un muerto significa o implica, mucho más si es nuestro consanguíneo, satisfacer a la divinidad anfitriona, sepultándolo bien tapado bajo tierra, con una losa o con una piedra, o como se usaba entre los navegantes antiguos grecorromanos, enterrando un remo sobre el lecho mortuorio. En fin, con un cipo en que esté inscrito un epitafio con al menos el nombre del difunto, sus atributos mientras compartió con nosotros o el lugar de donde provenía por nacimiento.
Vale decir que existe una rama de la epigrafía que estudia las inscripciones de los antiguos epitafios griegos y romanos, así como también de otras culturas que acostumbraban enterrar a sus muertos. Veremos que los griegos y los romanos antiguos de clase poco adinerada efectuaban entierros mientras que los nobles y aristócratas los incineraban.
No en vano nos dice José Alsina que Homero era de la aristocracia griega o al menos sus grandes poemas eran recitados para y desde la aristocracia, que reinó durante los tiempos del poeta hasta mediados del siglo VI a.C, con el advenimiento de la democracia. Cito este caso en particular porque en la épica a los muertos se les prendía en una pira funeraria como fue el caso de Patroclo, aunque ya hablaremos de eso con un poco más de detenimiento.