Lucerna • Paz Díez Taboada
A manera de prólogo

“Lucerna”, de Paz Díez Taboada

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Lucerna Ventosa, quae dícitur Karcessa,
urbs munitíssima..., est in valle víridis...
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Estas palabras de la Crónica del Pseudo-Turpín2 se refieren a la legendaria “Lucerna Ventosa, también llamada Carcesa, muy fortificada ciudad” sarracena que se suponía sita en el “camino francés”, la más larga y famosa de las rutas a Compostela o Camino de Santiago por antonomasia. Tratando de precisar su situación, la Crónica añade que est in valle viridis, o sea, “en el valle verde”, pero, ¿en cuál de los verdes valles del norte de la Península Ibérica por los que discurre el mítico Camino?

Cuenta la Crónica que un día llegó ante Lucerna Carlomagno con sus pares y mesnadas, la sitió y atacó, pero las rojas murallas de la ciudad infiel resistían los envites de los francos, por lo que el Emperante —así lo llama el Romancero Español— elevó sus ruegos a Jacob Bonaerges, el Hijo del Trueno, solicitando un milagro. Escuchó Santiago al cristiano y un fiero e impetuoso turbión rompió las murallas y arrolló casas y habitantes, hundiendo para siempre a Lucerna en un lago tranquilo y misterioso, en donde, convertidos en ágiles y ondulantes peces negros, nadan los sarracenos. Y la misma leyenda se narra en Anseïs de Carthage (h. 1200) y Guy de Bourgogne (p. 1211), dos chansons de geste del ciclo carolingio que aluden al rojo encendido de las murallas de la legendaria Lucerna: “Li mur... plus vermeil ke charbons en foyer” y “Murs vermeils...”, respectivamente; porque era frecuente que la épica medieval explotara asuntos ya tratados en las crónicas; aunque también, a veces, sucedía a la inversa.

A principios del siglo XX, el medievalista Joseph Bédier rastreó exhaustivamente el oculto camino de esta leyenda que, como todas, está ligada a una tierra concreta y basada en hechos históricos que la memoria colectiva retiene, aunque confundidos y amalgamados por la imaginación popular, que en ellos se proyecta. Descubrió Bédier que Ventosa era el nombre que recibía, desde la Alta Edad Media, la ciudad céltica Bérgidum, apellidada Flávium tras la conquista romana, que estaba ubicada en el cerro llamado aún hoy Castro de la Ventosa, próximo al pueblo de Pieros, en la comarca leonesa de El Bierzo —término que deriva, precisamente, del nombre de la citada ciudad céltica—; y averiguó también que Karcessa o Carcesa era topónimo derivado del antiguo nombre del río Cárcere, que discurre por un estrecho y sombrío valle al que da nombre, el Valcarce.3 Más le costó al estudioso francés precisar cuál era el valle víridis, pero, en “De la Santa Iglesia de Astorga”, tomo XVII de la monumental obra España Sagrada del padre Enrique Flórez de Setién, encontró que Santa Marina de Valverde era el antiguo nombre de la parroquia de Corullón, pueblo berciano próximo al Castro y al Valcarce.

Sin embargo, ¿de dónde brotó el turbión que arrolló a la pagana y opulenta Lucerna?, ¿cuáles eran los picachos en que los peregrinos franceses creyeron ver las ardientes murallas de la mítica ciudad?, ¿cuál el lago en que fue anegada..? Y quién sabe si aún nadarán allí los sarracenos que el Bonaerges convirtió en peces negros por su contumaz resistencia a las mesnadas cristianas... Pues, sí... Y ahora la leyenda nos retrotrae a un tiempo más lejano y al más bello lugar de la comarca berciana. Hemos de caminar hasta Las Médulas, con sus rojos picachos que, desde lejos y al fulgor del ocaso, semejan muros devorados por un incendio o flamantes torres de una ciudad en llamas. El espectáculo, aún hoy, es impresionante, asombroso. Y con asombro lo han contemplado, desde hace más de mil años, los ojos atónitos de tantos peregrinos santiagueros, atentos al misterio y expectantes del prodigio.

Fue la insaciable codicia del pueblo-rey —como denominó a Roma el Vizconde de Chateaubriand— la que proyectó la ruina móntium que dio origen a Las Médulas. Desde los imponentes Montes Aquilianos, cuya cumbre más elevada es La Aguiana (< Aquilana), diversos carriles tallados en la roca viva hacían confluir las aguas de lluvias y neveros en los túneles que el sudor de los esclavos —los humillados amos y señores de aquellas tierras vencidas— había abierto en las entrañas del monte, y por aquellos túneles se colaba el turbión, arrollando a su paso piedra y tierra, hasta llegar a unos desaguaderos y cribas situados más abajo, en donde se escogían y lavaban las pepitas de oro. Luego, abriendo unas compuertas, se dejaba que aguas, barros y limos siguieran la pendiente hasta remansarse en lo que es hoy el Lago de Carucedo. Así, horadado como un queso de Gruyère y atravesado una y otra vez por la furia del agua, el monte acabó por derrumbarse, mostrando desde entonces sus rojizas entrañas descarnadas. Y, en el sereno Lago de formación artificial, nadan unos delgados peces negros que los lugareños conocen bien: los pescan y se los comen.

Pero lo que no pudo averiguar Bédier —fue explícito al rendirse ante el misterio— y que nadie ha desvelado todavía es en dónde estaba Lucerna, la ciudad que el Pseudo-Turpín identificaba con Ventosa y Carcesa en las tierras del Valverde; Lucerna, la ciudad que el ciclo carolingio soñó como la sarracena Luiserne, bien defendida por sus rojas murallas pero hundida para siempre en un extraño lago por el ruego airado del Emperador Carlomagno y por obra y gracia del Apóstol Santiago.

A despecho de desecaciones y otras salutíferas modernidades, en las tierras del Noroeste español había y aún hay muchos lagos y lagunas en donde se supone que está asolagada una ciudad pagana y perversa que fue castigada por poderes sobrenaturales. Es la vieja leyenda de La Ciudad Sumergida que atraviesa toda Europa, de este a oeste, y cuyo más antiguo testimonio se encuentra en el Timeo de Platón (s. V a.c.). Así, en Galicia, Doniños, Cospeito, Antela...; Saliencia, en Asturias; Isoba y Ausente, en León... o Villalverde de Lucerna, en el oscuro Lago de Sanabria, la más famosa de todas las ciudades sumergidas españolas gracias a Unamuno que, conocedor de la Crónica latina, la rebautizó Valverde de Lucerna. También en el mar hay ciudades sulagadas; por ejemplo, en la costa lucense, la de Estabañón (del gr. stephanionen), frente a la playa de Area (en Faro). Y, como en la bretona Is, de la que habló el francés Renan, la ciudad sumergida —cualquiera que ella sea y en dondequiera que se halle— vive en las aguas una vida misteriosa, como en sueños, de la que da señales a ciertas horas y en ciertos días del año: al amanecer del de San Juan o a las doce de la noche del 31 de diciembre.

Sin embargo, de todas las ciudades sumergidas, ninguna más inquietante que la proteica Lucerna, que fue Ventosa asentada en el viejo Castro céltico, y Carcesa oculta en el Valcarce; que enseñoreó el locus amœnus del Valverde e irguió sus muros llameantes en Las Médulas; que duerme para siempre el sueño del misterio bajo el cristal del Lago de Carucedo... Y que aún, arropada en la leyenda, avanza por el Camino de Santiago, discurre, una y diversa, por las páginas de nuestra literatura —Gil y Carrasco, Unamuno, Casona, Cortezón...— y vive, imperecedera, en la memoria de las gentes del Noroeste...

 


  1. Aunque el latín escrito no tiene tilde para indicar la sílaba tónica de las palabras, las escribimos con ella para que puedan pronunciarse correctamente los vocablos latinos. Además, téngase en cuenta que, en el latín clásico, “c” ante “e, i” se pronunciaba “k”: Lukerna; que “ll” eran dos eles: val-le; que “g” ante “e, i” se pronunciaba suave —no como nuestra “j”—; y que, en los grupos “qu” + vocal, se pronunciaba la “u”: quae > cuae.
  2. Crónica latina que se creyó escrita por el franco Turpín, arzobispo de Reims (Francia), en el siglo IX. Es la parte IV del “Líber Sancti Iacobe”, contenido en el códice que los gallegos llaman O Calistiño, o sea, el Códex Calixtinus (s. XII), que se guardaba en la catedral de Santiago de Compostela, de donde ha desaparecido recientemente, y cuya autoría se atribuyó, falsamente, al papa Calixto II.
  3. Como en otros casos, al unirse el apócope de “valle”, val, al nombre del río que por él discurre, aquél acabó dando nombre a éste; así Val del Cárcere > Valcarce; Val del Oza > Valdoza > Valdueza; Val del Orna > Valdorna > Valduerna; Val del Avia > Valdavia, etc.