Cuando mandó Antonino a sus agrimensores
para fijar las millas del Imperio,
se alzaba sobre el cerro, urbs munitíssima,
la gran Bérgidum Flávium.
Nuevos amos asientan sus deidades lascivas
donde antaño Rodianus lanzó sus llamaradas.
El caldero dorado rueda por la ladera
y Lug camina tras el sol poniente.
Hacia los montes áureos, los señores del roble
avanzan en la cuerda que, crueles, azuzan
roncas voces latinas. Por las calles resuena
el chasquido del látigo que golpea sañudo
el vigor de las duras espaldas atezadas.
Arañando la sacra piel de la tierra madre,
horadando su entraña, penetrando en la hondura,
quebrantando el solemne empaque de la piedra,
la insaciable codicia de la lejana Roma
proyectó la locura de violar las montañas.
Caerán —cayeron miles— bajo el bronco
grito rudo del torpe legionario.
cayeron, confundida su derrota
con el derrumbamiento de los montes.
Rojo queda el semblante de la tierra
del furor y la sangre de sus hijos.
Con los huesos de astures y galaicos
se cimentaron, imperecederas,
las vías del Imperio. ¡Vae victis!