Lucerna • Paz Díez Taboada
II
Luiserne, la sarracena

“Lucerna”, de Paz Díez Taboada

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Li murs... plus vermeils
ke charbons en foyer...

Anseïs de Carthage (h. 1200)

        Cuenta el Pseudo-Turpín —y es cosa cierta—
que llegó a la ciudad grande y dorada,
al pie de las murallas de Lucerna,
Carlos el Emperante con sus fuertes
y rubios capitanes. Peregrinos
a la siempre soñada Compostela,
marchaban por la ruta que en la altura
con luz de las estrellas está escrita.

        Mas ansiaban la gloria y tomar al asalto
aquellos muros rojos —carbones encendidos.
Sus corazones fieros, cerrados en las cotas,
deseaban trocar el gris en oro.

        —¡Bonaerges, escucha desde tu trono! Mira
cómo resiste terca la ciudad el envite
de mis mesnadas, cómo los viles sarracenos
defienden la dorada Lucerna del empuje
de mis mejores capitanes. Nadie,
ni Roldán ni Oliveros, ha logrado
franquear los portillos,
alcanzar las almenas,
ni derribar un tanto
de sus flamantes muros infernales.
Atiende mi clamor, Hijo del Trueno.
Lanza tu rayo y hiere, quema y derruye. Brote
el vengador turbión que para siempre
hunda y anegue en las malditas aguas
la oscura terquedad de la cerrada
ciudad del oro y de la luz, Lucerna.

        Y Santiago, el señor del más bello camino,
escuchó la oración del Emperante,
y un hambriento turbión que bajó de La Aguiana
asolagó por siempre la ciudad de los sueños
bajo el cristal del lago, sin salida.