Lo susurran las hojas de los árboles,
lo murmuran los ríos y las fuentes,
lo comentan en corro, bajo la parra augusta,
los campesinos de melados ojos.
Lo clama, sucesiva, la ondulante
fila de peregrinos en mil lenguas:
¡Cayó, cayó Lucerna, la dorada!
Se hundió en el blando barro de los sueños.
La arrastró hasta el olvido el turbión que, furioso,
derrumbó con estrépito la majestad del monte.