Un aire leve ondula y riza el lago,
donde duerme Lucerna su existencia dorada.
Las luces del ocaso irisan sus fulgores
en los temblores curvos de la hondura.
En el fluir sin cauce de las aguas
vagan los sarracenos; sus perfiles
son comas y arabescos con que el tiempo
escribió en el misterio de las ondas
un quebrado renglón de interrogantes.
Emergen claridades. Como tela ondulada
se agita la corriente. Las airosas agujas
de las torres ocultas de la ciudad perdida
hieren el aire de la tarde. El cielo
se enrojece de sangre del viejo dios que muere.