Lucerna, aquí o allí. Lucerna, dónde.
Allá, en el Castro airoso, batido por los vientos,
humillado su orgullo en los muros enanos
de lo que fue una vez Bérgidum Flávium.
Lucerna, allí, bajo la sombra humilde
de los chopos lanzales, junto al fluir del Cárcere,
encerrada entre llantos y susurros
del sombrío y doliente valle víridis.
Quizá Lucerna aquí, en la hondura glauca
de las aguas, en donde reina el ágil
garabateo de los peces negros,
durmiendo para siempre su leyenda
en el barro del Lago. Asolagada.