Al pronunciar tu nombre,
evoco aquel paisaje
de sombra, que se pierde
en un recodo íntimo
del corazón. Temblando
contra el ocaso cárdeno,
late el sueño entrevisto
en la hondura del agua.
Oh azules, prisioneros
entre barro y castaños,
rodantes con las horas,
atados en el viento.
Ondulante y oscura
marea de memorias
que fluye bajo el halo
dorado de la tarde.
Atrás quedan, inanes,
varadas en la umbría,
las palabras ocultas
de un ayer olvidado;
pero, en el horizonte,
un viejo sol que muere
entre nubes escribe
con su sangre tu nombre.