Toyomasa, el pequeño que vivía con el abuelo,
escribió el diario de Higashimura.
Allí dice, con la anuencia de Ziko y Zuien,
santos monjes del nuevo templo,
del castigo por haber sacado del viejo convento
las estatuas de Buda.
Luego, la disentería se regó como un silbido largo.
La muerte se insinuaba en las calles.
Pero el abuelo, con sus medicinas, salvó muchas vidas.
“Nuestra familia se remonta a Yasutoki Hojo y tiene
setecientos años de antigüedad,
por lo que continuará existiendo. De seguro que volverá
a florecer”.
Entonces siguió viviendo el viejo.
Un día, muy anciano,
a los setenta y cinco,
murió, pero fue distinto.

Viejo pescador fumando su pipa, de Katsushika Hokusai.