Kenzaburo Oe dio un Salto mortal
que abarcó 800 páginas.
Las agujas de un reloj previeron el viaje de Kizu
por carretera. La estación Shinjuku
no mostraba multitudes,
sin embargo, era de esperar
que en cualquier momento de aquel abril
—que llevaba un sábado en su Ford Mustang—
nadie tomara en cuenta tal evento. No importaba
pasar cerca o dejar de nombrar la estación en el relato.
En todo caso, Kizu viajaba solo por la carretera. Una iglesia,
—borrosa es mi lectura nocturna—
se atraviesa ante sus ojos y los míos casi ciegos
por una catarata.
Unos niños juegan en silencio
en el jardín de una escuela,
creo recordar.
La iglesia, la fe, la locura del fanatismo, alguien que toca
una puerta fuera de la novela, cerca de la casa que habito.
La iglesia, digo, un ex líder que habla del Salto mortal,
y así,
hasta que Fukushima anuncia otro salto hacia el vacío.
Aún no termino de leer. Me faltan muchas páginas por morir.