El poder, triste ropaje de la criatura • Octavio Santana Suárez
XI
Monólogo contigo... Recuerdo tu semblante moreno en los días ásperos
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Monólogo contigo... Recuerdo tu semblante moreno en los días ásperos

Supongo que en alguna época te estimaste un ponderado soñador; ahora tu megalomanía se obstina en que todo debe quedar abreviado a escombros porque no se satisfizo tu ideal.

Te alimentas de tu egolatría y escoges las viandas de un mundo que trazas exacto a tu medida; ¿niegas que no admites en él a un igual?, lo consideras un intruso, competidor, y lo tratas de blanco perfecto.

Con poder y sin norte —tremendo peligro de las criaturas— dejas que la pausa interminable pudra cualquier iniciativa —largas y largas sogas de ahorcados, no te privas de tamaña ventaja.

Utilizas la persuasión —maestro de la farsa— y la coacción —experto en las ansias—, y eliminas aquello que disturbe, desnaturalice, ofusque y sustraiga a tus propósitos.

Siegas a tu antojo la inquietud que siembras en tu provecho; no explicas el porqué de la situación de marasmo ni el método que empleaste al objeto de salvarla —justifica tu intervención y basta.

Manifiestas con apenas disimulo tus preferencias en la secuencialización de los asuntos pendientes —valiosos en su totalidad—: a ritmo lento, las demandas de los opositores, y de arreglo rápido, las solicitudes de tu corte de aduladores.

Tu altanería te contuvo a perdonar la labor de los creadores y enfrentaste tu rostro impenetrable al cordial. Y en el mejor de los casos, sostuviste el burdo sentido común del vendedor ambulante.

¡Dios mío!, tu historia trascurre entre las disputas con tus contrincantes, la arrogancia intolerable y la codicia ilimitada, ¿ciertamente no impone lástima este hombre?

Tú, jefe de los amos, no renuncias ni a una cabeza de alfiler a la que concibas dentro de tu derecho inalienable de guardar y te aprecies con la autoridad de custodia, ¿preguntaste si tal prerrogativa te pertenecía?

Aseguras que te preocupas de amparar el orden legítimo; truhán, lo que predicas implica prohibir la reforma más nimia y conservar tus privilegios y los de la camarilla que te obedece.

Tus bastardos resisten en secreto, y en cuanto se les presentan las circunstancias propicias llevarán adelante la ofensiva que diriges agazapado en las bambalinas de tu circo.

¡Zorro...!, adiestras al débil en el rastreo y el acoso de tus víctimas, integrándolo en la jauría que te acompaña —¡envileces a los que con otro temperamento serían honestos!

Los figurines obrados con el fango de la mediocridad caminan oblicuos por el defecto de la cojera, y con las lenguas espesas de mentiras; les exiges hablar con el verbo tramposo y seductor.

Te descubrí en más de una ocasión impartiendo lecciones de astucia y de ferocidad; fanfarrón, ¿no comprendes que dichos ejercicios no sirven más que para salir del paso?, ¿y las soluciones?, ¿nunca sucederán?

Oculto, a la usanza del cazador, te observé —impedí que lo advirtieras— agachado al estilo del buitre alrededor del resto humano que acabas de morder —de esa manera acallas tu hambre insaciable.

Practicas la virtud tuerta de la palabra incumplida; y por ello, tomo asiento en un ángulo discreto —no me ves allí y conjeturo que la sombra constituye una bendición divina.

No te ilusiones con esconder la enfermedad: padeces —se te dibuja en la cara— la pasión de adquirir, y aborreces la obligación de restituir —ya la dolencia es crónica.

Tu vocación de ambiente, el de la chusma; tu pelea, un duelo de mi verdad contra tu falsedad, y la guerra de escrúpulos restringidos en la que te empeñas es la de los bandoleros.

Más que colaboradores, seleccionas a perros favoritos de hocicos babeantes de rabia, que a ratos pateas y por instantes acaricias —supuras resentimientos del color y el olor del pus.

Me llegaron noticias de tu malhumor, motivado por mis opiniones particulares en torno a tus criterios; los juzgué equivocados y lo dije exento de segundas intenciones. ¡No soy un traidor!

Desde luego, trabajar en tus proximidades equivale a desarrollar una paciencia paralela a la de Job. ¿Cómo sortear tus marrullerías?, la red de embustes que tejes enreda y amarga a la mente más clara.

Acaparador del brillo de no importa qué proyecto ajeno, rateas mis trofeos y te atreves a desacreditarme en tu reducto; ¿te pretendías califa?, ¿no percibes que tu trono es una cisterna en la república de los retretes?

La semilla de la envidia que te corroe de día y de noche exclusivamente necesita que la permitas germinar —no precisa ni agua, ni tierra, el abono lo suministra tu viento fétido interior.

Con la mayoría de edad, tus objeciones pesaron bien poco en mi alma —frenó la carrera en mi ingenuidad de juventud. Sobrevuelo por momentos —cada vez más dilatados— la libertad y los tributos que me reclaman tus esbirros, los pago a gusto.

Y, no obstante, después de un pacto roto —como tantos— no dudas en recurrir a una persona sabia. ¿Recuerdas el feo papel de Franklin en París?; el porte bondadoso ayuda en los pantanos del compromiso violado, ¡de qué modo apaciguaron los ánimos airados franceses por la deslealtad estadounidense sus grandes zapatones y las medias de lana!

Tus reflexiones son auténticamente hábiles, aunque no distingo signos de nobleza. Serpenteas con tu pragmatismo por los resquicios de los sofismas más sutiles —jamás reparé en tu conducta las ganas de aplicar la herramienta sana de los silogismos aristotélicos.

Donde únicamente existe carencia es en tu inteligencia que deformaste, ¿conseguiste por último contentar tu vanidad dislocada?; disciplino mi sinceridad al confesar que sufrí lo indescriptible en los saltos acrobáticos de tus pensamientos acorralados durante las fechas de tus postulados caprichosos.

Haz lo que te pida el cuerpo con tu tiempo, por mi parte me familiarizo con el mío —a la postre, queramos o no, ejecutará su función de sepulturero. En la soledad del camposanto, el silencio dictará quién de los dos mantuvo la razón despejada en la orilla de los vivos.

Preparas mi tumba, pero... ¿no aprendiste que el vuelo de los años también cava inexorablemente la tuya?, y mientras acostumbraste los ojos a su oscuridad, yo entretuve la mirada en la trasparencia del aire. Al fin ambos nos echaremos encima de la mortalidad. ¡Tú, criado fiel, me abriste el lecho!

El arma de los ruines —y tú eres el monarca en el reino de la perversidad— adopta la forma del engaño —¡qué tufo!—; a tus vencidos los reconozco uno a uno por el inconfundible aroma del desengaño que desprenden sus esperanzas destrozadas.

Tu biografía entera —me parece eterna— no confiere la oportunidad de entenderla, ¿cabría acaso que yo, que la conozco muy de cerca, alcanzara a imaginarla?; en realidad, opto por olvidar antes de tu ocaso el recorrido penoso que engendraste.