El poder, triste ropaje de la criatura • Octavio Santana Suárez
XVIII
La Universidad duele
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La Universidad duele

Considero indispensables las garantías individuales, el arbitrio equilibrado de los conflictos y el mantenimiento de la seguridad de cada cual; ¿que por qué doy tanta importancia a unos hechos aislados?, ¡endiablada argucia facciosa!, porque con demasiada frecuencia la transgresión del derecho imprescriptible que asiste a una sola persona —incluso el de rebelarse frente a un atropello— constituye el prólogo del insolente atentado impune contra el resto —cuestión bien notoria de simple oportunidad. La falta de imparcialidad en las autoridades origina de forma ineludible un ambiente de auténtica incertidumbre e incomodidad donde los saludables choques de una convivencia académica jamás tendrían que haber rebasado el plano de la sensatez característica del saber —permanecer en pie a costa de adhesiones inquebrantables no mide ningún grado del conocimiento que se calcula. La situación irrespirable favorece a que los perjudicados, hartos de la desigualdad, descubran que el engaño metódico, la grosera bellaquería y el abuso de violentar la frontera del buen criterio componen el Norte; a lo peor esta gente abandona el sano camino de reclamar, toma por su cuenta los privilegios de la camarilla que mangonea y con ella precipitan el culo en los lodos hediondos. ¿La historia?, una mujer que los siglos preñaron en toda esa suerte de casos; un cierto poder ejecutivo pasa entonces de los órganos presuntamente responsables a las manos de cualquier juez de sus causas particulares o vengador del vil castigo que padeció. Por culpa de no imponer cordura a tiempo para acabar con el endemoniado ciclo, unos pocos decidieron buscar asilo en los tribunales; y del éxito cabe imaginar que la cola de peregrinos irá en aumento —unos y otros necesitan fármacos que combatan el atroz dolor de cabeza. Debido a que antepongo la prescripción de Locke a la de Hobbes, apuesto por la coexistencia pacífica en lugar de prolongar una pelea irracional; no conviene avergonzar con la moneda de las promociones dudosas una marcha normal, tampoco tratar la perspectiva futura de cargos como un asunto de beneficencia, ora tú y ahora tú —soborno y espuela, ¡malditas conductas viciosas!—; creo mejor dejar de lado rápidamente la bochornosa zafra de voluntades que convierte a trabajadores ejemplares en cómplices vulgares —¡adviértase que guardan reverencia mientras sacan provecho propio!, ¡ay por los recursos presupuestarios que tornaran escasos!, crecerían los desgarros. Y es que si prima regir con la tiranía del voto —traidor disfraz de la democracia— el número esconde la horrible cochambre de las vivezas que empleó en conseguir su objetivo. ¡Vuélvase al consenso primero y sincero de cuantos participaron en que fuera posible la Institución! ¿Cómo ocurre que con tal abundancia de ciegos nadie vea la ruina del país?, la crisis entre gobierno y sociedad, hasta ayer exclusivamente ética, devino ya en debacle generalizada, ¿los astutos preferirán quizá las alegrías sofocantes de las prostitutas y ganar a río revuelto alguna pendejada? Recuérdese el viejo proverbio castellano: “cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”.