El poder, triste ropaje de la criatura • Octavio Santana Suárez
XXIII
Lágrimas de desesperanza sobre la más triste de las miserias humanas
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Lágrimas de desesperanza sobre la más triste de las miserias humanas

Charlatán de vacía palabrería y mente insuficiente, ¿no te basta con el coro de admiración que entona tu comparsa?; tus argumentos nunca molestan... no les pongo atención; cuando consiguen allanar mis oídos experimento algo parecido a cuando abro los ojos y la lámpara encendida del dormitorio invade mis pupilas —tu discurso evoca el delirio de los locos. Enemigo, con tal de salvar la cara afirmas que no te ocupas de mí y que el abatimiento de perseguido lo debo a una percepción perturbada, ¿a cuántos desarmaste con el arma de la confusión?... no, no permitiré que llenes mi cerebro como colma el corazón un amigo.

Hábil cabeza torcida, jamás pagas de tu bolsillo el tributo de existir... mandas que actúen en tu provecho las fuerzas prehumanas. ¡Caramba!, intentas asustarme con mentiras, ¿acaso intimidan tus máscaras de realidad engañosa?, ¿con idéntico aceite pretendes lubricar tu maquinaria infernal y frenar los engranajes de mi trabajada independencia? Prefiero, prefiero las ocurrencias de tu mariconería divertida a las ardientes chispas de tu talento envenenado —no me atrevo a culparte por las cornadas que propinan tus hermanas Tontería y Vanidad.

Jodido calibán intelectual, conservas la fe en ti a puñetazos... no quieres que dejen de llamarte pastor y castigas a los tuyos a que constituyan rebaño; indudablemente, tus viejas mañas y la candidez de los más jóvenes estrechan a tu alrededor el camino de la lógica, ¿por qué animarías tanta descomposición en aquella generación de promesas?, sicario. ¿Lo que menos tolero?, que tus discípulos consideren dignos y en orden el bandidaje y la corrupción... semejante ejército de moscas cojoneras pica, pero no detiene mi vocación por la carrera.

Hieres al pensamiento en las propias esencias de su autonomía; ¿vivir significa una guerra permanente contra los demás hasta la irreparable derrota del naufragio inevitable?; a la hora de extender el brazo, ¿a qué viene el desprecio de que, de hacerlo, lo hagas con el izquierdo?, los que se aventuraron a pedirte ayuda huyeron escaldados, ¿no quedaste mejor en las ocasiones que diste la espalda?; ni siquiera los que lo sacrificaron todo a tus caprichos están seguros de obtener tu apoyo: no insistas, tu medicina produce infección; ¿desde que comencé a padecer tu mal no me diagnosticaron úlceras de estómago?, terminaré ignorándote... recordaré una pesada indigestión.

Fúnebre cruz levantada encima del sepulcro de las nobles aspiraciones, ¿reconociste en tus mártires los sagrados testigos que tiran de la verdad?, tu descarada astucia descubre tobillos destrozados y después golpea, ¿qué sabes de los sufrimientos que provocó tu aviesa conducta? Siempre que sacudiste mi blanda debilidad, planté voluntad e ingenio en solares de incertidumbres, ¿no doblegué por esta vía los impedimentos con que procuraste obstaculizar mi marcha?; por verme sometido a tus aguas criminales, ¿no imaginaste que mi mirada disfrutara con navegar por el mar de las estrellas?

Cuentas con demasiadas luchas interiores, temores y temblores, escrúpulos, angustias de conciencia, astillas del espíritu y penas de la carne. Tus reflexiones me sonaron a eructos... el destino no gozó de instrumento más útil que tu impertinencia para echarme fuera de mí, ¿no llegué así a ser lo que no había sospechado ser? Primero entendí la trágica sentencia del poeta... “no hallo nada que no sea absolutamente empeorable”, y luego aprendí a manejar una excavadora, ¿palada a palada no lograste enterrar la ética bajo una gruesa capa de escombros?, ¡qué catástrofe esa de acumular ruina sobre ruina!

Aunque no olvide, practico el perdón... tú, ni perdonas ni olvidas; igual que las linternas y farolas alumbras con pobre luz de noche, y yo hablo de un relámpago sostenido que rompe con el día. ¿Y por tamaño arrojo a prueba de fuego me apodas incendiario?, ¿comprenderás que me obligas a mantener prendida la esperanza que constantemente apagas? Dices que te sientes capaz de cualquier cosa, ¡claro que a los demás no les restan sino restos!, apenas el aire que respiran; ¡ay por tus amenazas!, según Homero la ira endulza al hombre más que la miel, ¿y no adviertes que el reino natural te desafía crepúsculo a crepúsculo con la muerte?

Me influye la justicia, ¿y a ti?, las pérdidas y ganancias; tú, eternamente del lado de las treinta monedas, yo profundicé en el ejemplo que impone la corona de espinas. ¿Te crees despierto porque andas en un mundo de almas condenadas y de demonios?, yo juraría que vas de sonámbulo... quizá no errara Calderón en lo de que nuestro mayor delito radicara en nacer. ¿Ahora te interesa mi alegría?, la oculto en cuanto sales a escena —por supuesto que en un descuido quebrarías mis piernas. Ya, ya nadie te demanda benevolencia, muchos nos contentaríamos con una brizna de respeto a los derechos de cada uno.

A mí me apasiona razonar, y en ti el razonar sirve exclusivamente a tus pasiones; incluso en tus equivocaciones tuvimos que mendigar tu clemencia... y sucedía muy a menudo. Me tildas de ingrato; por casualidad, ¿agradeciste un solo favor?... no, no paseemos juntos por el mismo mercado: no soportaría cómo vendes cuerpo y libertad.... yo no vendería ni lo uno —por asco— ni lo otro —no admite cadenas. Ningún exceso emocional, ninguna aberración óptica mueve la pluma que escribe —mientras un proceder honesto vigile el portal, poco puede una farsa que frecuenta sótanos de alquiler.