A Ivette Marie, por si un día la asalta la soledad.
En aquel viejo templo
apenas sostenido por cariátides que se desmoronan.
Y espectros que deambulan con ojos y labios
calcinados,
te descubro espiándome desde un rincón.
—Oh, tú, mi antigua compañera.
Y te unes al desfile espectral,
para luego desvanecerte en la nada,
y regresar en las notas lánguidas de un adagio.