A la memoria de Miguel Barco, pintor.
Quizá porque nunca tomaste en serio tu arte
anduviste siempre a medio camino
entre el genio y la locura.
Tampoco te importó mucho la vida
y cuando la Gran Enamorada vino a buscarte
hacía ya tiempo que habías hundido tus pies
en el polvo de los días.
Cuando la nostalgia nos cae encima, Miguel,
se vuelve siempre inoportuna
y nos asedia a ratos con recuerdos.
Ahora mismo no puedo evitar recordarte
con tu risa hilarante cuando hacías alguna travesura
como aquella de colgarle un rótulo a mi puerta
con la leyenda:
“Aquí viven Rimbaud y Verlaine”
sólo para provocar la curiosidad de mi vecina.
Había que ver la cara que nos puso cuando dijo:
“¿y ahora, qué nueva pajarería es esa?”
y todos reímos.
O cuando me trajiste Archipiélago Gulag quemándote las manos
y luego nos pusimos a leer a Gramsci cuando estaba prohibido.
Ahora, me cuentan, la gente en Cuba lee a Gramsci,
sin tomar tantos riesgos.
¡Los tiempos cambian, Miguel, los tiempos cambian!
Pero, qué lástima que ya no estés.
¡Que te hayas escondido!