Aquel niño pudo tocar a la Muerte con sus manos,
palpar su rostro
acariciar tal vez su larga cabellera.
Muy astuta la Muerte
invitó al niño a recorrer juntitos
los caminos.
Se les vio cabalgar por las llanuras.
La Muerte desataba sus cabellos
y apagaba sonrisas.
El niño tropezó con la muerte aquella tarde
cuando del cielo cayó, delante de sus ojos,
un ave lacustre moribunda.
Poema inspirado en el dibujo del mismo título realizado por Miguel Ángel Mondragón Ruiz.