Con su libro inmortal, Cervantes dibujó visiones y comprensiones
que todos los seres humanos en cualquier parte y en cualquier momento podían
identificar e, incluso, compartir. Una de ellas, acaso la más rotunda y
trascendente: el contraste entre lo deseado y lo poseído; lejanía abrumadora,
por ejemplo, entre lo que esperábamos de la vida y lo que la vida nos dio,
insalvable abismo entre lo que suelen ser las ilusiones de la juventud y los
naturales angostamientos que hereda la vejez. En la temprana primera parte de
sus vidas, los seres humanos imaginan que todas las opciones pueden resultar
posibles y todos los anhelos hacerse realizables. El transcurrir del tiempo
acarrea el desvanecimiento de esos espejismos. Vivir, crecer y envejecer, si
vamos aprendiendo adecuadamente lo que la vida pueda enseñarnos, acaso
signifique aceptar refugiarnos resignadamente en nuestros conquistados pequeños
espacios: centros innegables que logran resguardarnos de las promesas rotas y de
las desmentidas fantasías. De alguna manera, Cervantes con su Don Quijote supo
aludir al fuego de la vida, con su correspondiente suma de experiencias y
memorias, de ilusiones y desengaños. Las páginas de Cervantes dibujan, con
extraordinario acierto, una peripecia humana convertida en símbolo reconocible
porque, acaso, todos los seres humanos logramos distinguirla entre nuestros
propios aprendizajes.
De un libro inédito, aún en proceso de escritura.
La derrota de don Quijote, el fin de sus sueños, su
regreso a la cordura, plantean la fragilidad del ideal enfrentado a la realidad.
En ese enfrentamiento podría leerse también la vulnerabilidad histórica del
Imperio español. Su noción de grandeza, sus anhelos de universalismo se
desplomaron ante una fragilidad económica que lo obligó a depender cada vez
más estrechamente de naciones enemigas que se hicieron más y más fuertes a
sus expensas. Conflicto análogo al de la brillante locura de don Quijote
opuesta a la inexorable cordura de los bachilleres y de los curas. Sueño y
realidad: América era el sueño y España la realidad. ¿No trató, acaso, el
propio Miguel de Cervantes venir a América? En las decepciones de don Quijote,
en los fracasos de Cervantes, resuenan los ecos de aquellos Viajeros de Indias
que buscaron El Dorado y concluyeron sus días consumidos por la violencia
devoradora de las nuevas tierras. La individualidad victoriosa de unos pocos, se
impuso por sobre la brutal inclemencia de un destino grabado a hierro y fuego.
La fortuna era escasa y fueron pocos los elegidos. La literatura se encargaría
de describir las peripecias de esos pocos.
Del libro La voz en el espejo, Caracas,
Alfadil-Instituto de Altos Estudios de América Latina
de la Universidad Simón
Bolívar, 1993).