Esta versión teatral de los capítulos de la novela
de El curioso impertinente del Quijote nació durante una lectura de
los mismos, en clase, con alumnos de cuarto año del bachillerato. Mientras
leíamos advertí que había allí dentro una comedia de enredos o una farsa.
Traté de ser lo más fiel al texto de Cervantes, agregando sólo lo necesario
y cambiando el orden de la exposición según las exigencias del discurso
teatral. Si bien en el Quijote, Leonela —la muchacha que trabaja en casa de
su señora Camila— tutea a su señora, no me pareció creíble al menos para
los argentinos y, por lo tanto, puse en su boca el tratamiento de usted para
con su ama.
En este texto teatral colaboró
eficientemente conmigo el actor y director teatral Sebastián Vázquez
Montenegro.
La acuarela que ilustra este trabajo es una obra original del artista argentino Walter Patricio Di Santo.
(Como homenaje a los cuatrocientos años
de la primera parte del Quijote
y a la querida memoria
de Alejandro Casona).
Acto Primero
La acción transcurre en dos lugares: El de las
afueras y casa de Anselmo en la antigua Florencia, escenario principal, y el de
la venta desde donde habla o lee el Cura. Dos músicas de fondo que se cruzan:
La italiana del Renacimiento. La tradicional española.
EL CURA.- (Con unos enormes pliegos escritos a
mano.) Respetable público. No. No es que no me conozcan. No me reconocen,
simplemente. Yo soy el cura, uno de los grandes amigos de don Alonso Quijano.
Soy un personaje que ya anda, por cierto, a dos años de los cuatrocientos. Si
abren la primera parte del Quijote, al final del capítulo XXXII, verán que le
solicito al ventero, el dueño de una hospedería, que me alcance aquellos ocho
pliegos escritos a mano, con un título grande que decía: Novela del
Curioso impertinente. Comprobarán que me dispuse a leerles a todos mis
ocasionales compañeros —no sabía de ustedes entonces— aquel cuento,
escrito al modo itálico, y con él abreviar y entretener la noche. Y que mis
amigos comenzaron escuchando este mismo principio.
En Florencia, ciudad rica y famosa de Italia, en la
provincia que llaman Toscana, vivían Anselmo y Lotario, dos caballeros ricos y
principales, y tan amigos que, por excelencia y antonomasia, eran llamados los
dos amigos por todos los que los conocían. Andaba Anselmo tan perdido de
amores de una doncella principal y hermosa de la misma ciudad, que se
determinó, contando con el parecer de su amigo Lotario, de pedirla por esposa a
sus padres, y así lo puso en ejecución. Y el que llevó la embajada fue
Lotario y el que concluyó el negocio, tan a gusto de su amigo, que en breve
tiempo se vio puesto en la posesión que deseaba, y Camila tan contenta de haber
alcanzado a Anselmo por esposo, que no cesaba de dar gracias al cielo, y a
Lotario, por cuyo medio tanto bien le había venido.
ANSELMO.- Me perdonarás, Lotario, que insista
con mi reproche por lo poco que vienes a verme últimamente. Tan poco que para
mí ya no estamos mereciendo que la gente nos siga llamando los dos amigos.
LOTARIO.- Nada puede suceder con nuestra amistad,
Anselmo. Lo que pasa es que al casado, a quien el cielo ha concedido mujer
hermosa, no ha de importunársele con continuas visitas.
ANSELMO.- ¡Importunarme! ¡Importunarnos! ¿Pero
por qué, si Camila no tiene otro gusto ni voluntad que verte en casa, que bien
sabe ella cuánto nos queremos?
LOTARIO.- De acuerdo. De acuerdo, Anselmo. Para
que no discutamos te prometo que, en adelante, iré a comer con ustedes dos
días en la semana y también en las fiestas.
ANSELMO.- Y yo te pregunto y te confieso.
¿Pensabas, amigo, que a los regalos que Dios me ha hecho de padres, bienes,
amigo y esposa, no puedo corresponder yo con agradecimiento? Y sin embargo,
Lotario, a pesar de todos estos dones, sabes que yo vivo últimamente como el
más despechado y el más desabrido hombre de todo el universo?
LOTARIO.- Aunque con seriedad lo digas, no te lo
creo.
ANSELMO.- Pues, créeme. No sé por qué desde
hace unos días me fatiga y aprieta un deseo extraño. Y puesto que ha de
hacerse público, quiero que sea en el archivo de tu secreto, confiando que, con
él y con el cuidado que pondrás en remediarme, yo me veré libre de tanta
angustia.
LOTARIO.- Explícate pronto que no acierto a dar
en el blanco.
ANSELMO.- Prontamente, con la confianza que te
tengo te lo hago saber. El deseo que me fatiga es pensar si Camila, mi esposa,
es tan buena y tan perfecta como yo pienso.
LOTARIO.- ¡Por Dios, Anselmo! ¡Desvarías!
ANSELMO.- Escúchame hasta el final. Lo que
sucede es que no puedo enterarme de esta verdad, si no es probándola,
probándola, del mismo modo que el fuego muestra los quilates del oro.
LOTARIO. - ¿Qué dices? ¿Poner a prueba la
bondad de Camila?
ANSELMO.- Te pido, otra vez, que me escuches.
Piensa. ¿Qué hay que agradecer que una mujer sea buena, si nadie le dice que
sea mala? De modo que por lo que te digo y por muchas otras razones, deseo que
Camila, mi esposa, pase por dificultades y que se acrisole y quilate en el fuego
de verse requerida y solicitada. Y si ella sale, como creo que saldrá, con la
palma de esta batalla, tendré yo sin igual mi ventura; podré yo decir que
está colmado el vacío de mis deseos.
LOTARIO.- ¿Anselmo, te estás burlando de tu
amigo?
ANSELMO.- ¿Burlarme? Todo lo contrario.
Precisamente, quiero, amigo Lotario, quiero que tú seas el instrumento de esta
obra de mi gusto.
LOTARIO.- ¿El instrumento?
ANSELMO.- Te explicaré. Muéveme a confiar en
ti, entre otras cosas, el ver que si de ti es vencida Camila, no ha de llegar el
vencimiento a todo trance y rigor, y así, no quedaré yo ofendido más que con
el deseo y mi injuria quedará escondida en la virtud de tu silencio. Así que
si quieres que yo tenga vida que pueda decir que lo es, desde luego has de
entrar en amorosa batalla, no tibia ni perezosamente, sino con el ahínco y
diligencia que mi deseo pide, y con la confianza que nuestra amistad asegura.
LOTARIO.- (Lo mira un buen espacio, como si mirara
otra cosa que jamás hubiera visto que le causara admiración y espanto.) No
me puedo persuadir, ¡oh amigo Anselmo!, a que no sean burlas las cosas que me
has dicho y requerido. Porque las cosas que has dicho, ni son de aquel Anselmo
mi amigo, ni las que me pides, las que se han de pedir a aquel Lotario que tú
conoces; porque los buenos amigos han de probar a sus amigos y valerse de ellos,
como dijo un poeta, usque ad aras, que quiso decir que no se
habían de valer de su amistad en cosas que fuesen contra Dios. Escucha, amigo
Anselmo, y ten paciencia de no responderme hasta que acabe de decirte lo que se
me ofreciera acerca de lo que te ha pedido tu deseo.
ANSELMO.- Bien sabes que me place oírte. Di lo
que quisieres, que no te interrumpiré.
LOTARIO.- Te hablaré con preguntas y con
ejemplos, porque —así como estás— tienes el ingenio como el de los moros.
Dime, Anselmo: ¿tú no me has dicho que tengo de solicitar a una mujer
recatada, persuadir a una honesta, servir a una prudente? Pues si tú sabes que
tienes mujer recatada, honesta y prudente, ¿qué buscas? Dime, Anselmo, si el
cielo o la buena suerte te hubiera hecho señor y legítimo poseedor de un
finísimo diamante, ¿sería justo que te viniese en deseo tomarlo y ponerle
entre yunque y martillo, y allí, a pura fuerza de golpes y brazos, probar si es
tan duro y tan fino como dicen? Cuentan los naturalistas que el arminio es un
animalejo que tiene una piel blanquísima, y que cuando quieren cazarle los
cazadores, usan de este artificio: que, sabiendo las partes por donde suele
pasar, las atajan con lodo, y después, espantándolo lo encaminan hacia aquel
lugar, y así como el arminio llega al barro, se está quieto y se deja prender
y cautivar, a cambio de no pasar por el cieno y perder y ensuciar su blancura,
que le estima más que la libertad y la vida. Tú me tienes por amigo y quieres
quitarme la honra, Anselmo, cosa que es contra la amistad. Y no sólo pretendes
esto, sino que procuras que yo te la quite a ti.
ANSELMO.- ¿Me dejas decirte que no te entiendo
del todo?
LOTARIO.- Que me la quieres quitar a mí está
claro, pues cuando Camila vea que yo la solicito, como me pides, cierto está
que me ha de tener por hombre sin honra, pues intento y hago una cosa tan fuera
de aquello que el ser quien soy y tu amistad me obliga. De que quieres que te la
quite a ti no hay duda, porque viendo Camila que yo la solicito, ha de pensar
que yo he visto en ella alguna liviandad que me dio atrevimiento a descubrirle
mi mal deseo, y teniéndose por deshonrada, te toca a ti, como cosa tuya, su
misma deshonra.
ANSELMO.- Con la atención que has visto he
escuchado, amigo Lotario, cuanto has querido decirme. Pero has de considerar que
yo padezco ahora la enfermedad que suelen tener algunas mujeres cuando están de
antojo. Así que es necesario usar de algún artificio para que yo sane, y esto
se podría hacer con facilidad, sólo con que comenzaras, aunque tibia y
fingidamente, a solicitar a Camila, la cual no ha de ser tan tierna, que a los
primeros encuentros dé con su honestidad por tierra.
LOTARIO.- Por favor, Anselmo.
ANSELMO.- Intenta sólo este principio y quedaré
contento.
LOTARIO.- No insistas, por Dios.
ANSELMO.- Escúchame, Lotario, y verás que
estás obligado a hacerlo y por una sola razón. Y es que estando, como estoy,
determinado a poner en práctica esta prueba, no has de consentir tú con que yo
dé cuenta de mi desatino a otra persona.
LOTARIO.- (Espantado.) ¿A otra persona? ¡Qué
enfermo estás! ¡Qué enfermo! (Tomando una rápida resolución) No, no
comuniques tu pensamiento a nadie, a nadie, que yo me haré cargo de tu empresa.
CAMILA.- (Con ansia y cuidado) Oh, esposo mío,
cuánto has tardado. Temí que te hubiera ocurrido algo malo.
ANSELMO.- ¿Algo malo? ¡Al contrario!
(Señalando a Lotario) Mira con quien me he encontrado.
CAMILA.- (Yendo al encuentro de Lotario.) ¡Lotario!
¡Nuestro queridísimo Lotario! (Va a besarlo. Lotario duda y le extiende la
mano. Juego fallido de saludos.) ¿Por qué nos tenías tan olvidados?
LOTARIO.- Eh... Ocupaciones, negocios. Ya sabes.
CAMILA.- Sólo te perdonaremos si te quedas a
almorzar.
LOTARIO.- Eh...
ANSELMO.- (Interrumpiendo.) Por supuesto que
almorzaremos juntos. Pero por unos momentos, Lotario se quedará a solas contigo
pues tengo un negocio forzoso que realizar. (Comienza a irse.) Volveré
en seguida.
CAMILA.- ¿Tan urgente es?
LOTARIO.- Te acompaño, Anselmo.
ANSELMO.- (Deteniéndose, pero en actitud de
partida.) De ningún modo. Es algo que debo resolver a solas. Tú, mujer, no
dejes de acompañar a mi amigo, en tanto vuelvo. (Sale Anselmo. Camila lleva
al vestíbulo a Lotario y va hacia la despensa para traerle algo de beber. Al
regresar se encuentra con Lotario con el codo sobre el brazo de la silla, y la
mano abierta en la mejilla.)
CAMILA.- ¿Un refresco, Lotario?
LOTARIO.- (Sin levantarse.) No. No. Muchas
gracias. Perdóname, Camila, pero aprovecharé a reposar un poco hasta que
vuelva Anselmo; estoy molido.
CAMILA.- ¿No descansarías mejor en el estrado?
Éntrate a dormir en él.
LOTARIO.- Gracias, Camila. Es tanto el sueño que
no me permite ya moverme. (Camila sigue con sus ocupaciones. Pasado un
tiempo, regresa Anselmo. Ve a Lotario acostado, aguarda inquieto que se
despierte. Éste lo hace, finalmente, y tiene con Anselmo una mirada de
complicidad.)
ANSELMO.- ¿La has requerido, amigo?
LOTARIO.- Hubiera sido una imprudencia.
Simplemente me dediqué a alabar a Camila de hermosa, diciéndole que en toda la
ciudad no se trataba de otra cosa que de su hermosura y discreción. Me pareció
un buen principio.
ANSELMO.- Ahora me ausentaré de nuevo, pero
antes te daré dos mil escudos de oro y otro tanto en joyas para cebarla.
(Sale en busca de lo prometido y retorna al instante con una bolsa.) Toma,
aquí tienes. Continúa que Camila no sabe de mi regreso. (Sale, pero
regresa inmediatamente como que se ha olvidado de algo. Al advertir que se
acerca Camila, busca dónde esconderse. Camila entra con una bandeja con grandes
rodajas de pan. Se dirige al comedor, pero antes se acerca a Lotario que ha
vuelto a su posición de descanso. Anselmo es ganado por la curiosidad y observa
desde otra habitación sin ser visto. Lotario abre un ojo.)
CAMILA.- (Disimulando.) ¿Unas rodajas, amigo
Lotario? (Lotario vuelve a negarse con un simple gesto de cabeza y retorna a
su posición de descanso. Camila sale hacia el comedor. Anselmo va hacia
Lotario.)
ANSELMO.- ¿Y bien, amigo, cayó Camila ante la
tentación de las joyas?
LOTARIO.- No he pensado en dar más puntada en
ese negocio, Anselmo, porque Camila me ha respondido tantas veces tan áspera y
desabridamente, que no tengo ya ánimo de volver a decirle cosa alguna.
ANSELMO.- Lotario, Lotario, y cuán mal
correspondes a lo que me debes y a lo mucho que de ti confío. Volví porque
pensé que había dejado abierta la puerta del depósito de las alhajas. Como
percibí que llegaba Camila me fui a otra habitación y desde allí —ganado
por la curiosidad y no por la desconfianza-- he estado mirando por el lugar que
concede la entrada de esta llave y he visto que no has dicho palabra a Camila.
LOTARIO.- (Descubierto y verdaderamente tocado.) Me
avergüenzo, Anselmo, de mis mentiras y me siento deshonrado y deshonrándote.
Me avergüenzo. Pero delante de ti juro que he de contentarte y no mentirte
más.
ANSELMO.- Te tomo la palabra, Lotario. Mañana me
ausentaré de casa por ocho días a la casa de un amigo de una aldea no tan
lejana. En la primera salida concerté con él que me envíe a llamar para que
todo parezca más verdadero. ¿Qué te parece?
LOTARIO.- Ya no sé qué decirte.
ANSELMO.- El tiempo se hará cargo de mis
aciertos. Pero aprontémonos para el almuerzo que ya escucho acercarse a Camila.
(Llega Camila y gestualmente los invita a dirigirse hacia el comedor. Van los
tres.)
EL CURA.- Fuése otro día Anselmo a la aldea,
dejando dicho a Camila que el tiempo que él estuviese ausente vendría Lotario
a mirar por su casa y a comer con ella; que tuviese cuidado de tratarle como a
su misma persona. Protestó Camila. Anselmo le replicó que aquel era su gusto,
y que no tenía más que bajar la cabeza y obedecerle. Asintió Camila pero
contra su voluntad. Vino al otro día Lotario y fue recibido con amoroso y
honesto acogimiento. Pero no pudo Lotario ver a solas a Camila, que ella siempre
estaba rodeada de sus doncellas, especialmente de Leonela, aunque ésta más de
una vez no cumplía con su señora y, siguiendo sus contentos, la dejaba —a
pesar de su ama— con el solo Lotario.
Pero el silencio en la lengua de Lotario, impuesto
por las virtudes de Camila, redundó en daño de los dos. Porque si la lengua
callaba, el pensamiento discurría y tenía lugar de contemplar, parte por
parte, todos los extremos de bondad y de hermosura que Camila tenía, bastantes
para enamorar una estatua de mármol y no sólo un corazón de carne. Mirábala
Lotario y consideraba cuán digna era de ser amada. Por eso mil veces quiso
ausentarse de la ciudad donde jamás Anselmo le viese ni él viese a Camila.
Culpábase a solas de su desatino; llamábase mal amigo y mal cristiano. Aunque,
en última instancia, comenzó a ver en Anselmo al único culpable.
En resumen: la hermosura y bondad de Camila,
juntamente con la ocasión que el ignorante marido le había puesto en las
manos, dieron con la lealtad de Lotario en tierra. Comenzó a requebrar a
Camila, con tanta turbación y con tan amorosas razones, que Camila quedó
sorprendida y perturbada y se retiró de su presencia, sin responderle palabra
alguna. Esto no desmayó la esperanza de Lotario; antes, tuvo en más a Camila.
Ella, habiendo visto en Lotario lo que jamás pensara, no sabía qué hacerse.
Hasta que se determinó de enviar aquella misma noche, como lo hizo, un billete
a Anselmo, donde le escribía estas razones.
CAMILA.- (Leyendo lo que ha escrito) Así como
suele decirse que parece mal el ejército sin su general y el castillo sin su
castellano, digo yo que parece muy peor la mujer casada y moza sin su marido,
cuando justísimas ocasiones no lo impiden. Yo me hallo tan mal sin ti, y tan
imposibilitada de no poder sufrir esta ausencia, que si presto no vienes, me
habré de ir a entretener en casa de mis padres, aunque deje sin guarda la tuya;
porque la que me dejaste, si es que quedó con tal título, creo que mira más
por su gusto que por lo que a ti toca; y, pues eres discreto, no tengo más que
decirte, ni aun es bien que más diga. (Llama con una campanilla y le
entrega el recado a un criado, quien parte inmediatamente.)
Acto Segundo
Cuadro Primero
Es a la nochecita del día del regreso de Anselmo.
Camila y Leonela conversan en un cuarto intermedio entre el vestíbulo y el
cuarto de servicio.
CAMILA.- Corrida estoy, amiga Leonela, de ver
cuán poco he sabido estimarme. Temo que Lotario considere mal mi ligereza, sin
que eche de ver la fuerza que él me hizo para no poder resistirle.
LEONELA.- Sin quererlo, he sido testigo de sus
insistencias, mi señora.
CAMILA.- Pero no lo has visto todo, como que no
sabes lo que sufrí durante los primeros días de ausencia de Anselmo. Empezando
por aquel en que Anselmo me mandaba a decir de palabra —como respuesta a mi
breve, pero urgente nota— que no me fuese de casa, porque volvería a la
brevedad. No sabes lo confundida que estuve entonces. Ni me atrevía a
permanecer en casa ni a irme a la casa de mis padres. En fin, decidí quedarme
sin referir nada a nadie acerca de los requerimientos de Lotario, cada vez más
insistentes. Bueno, pero, ¿por qué te cuento todo esto?
LEONELA.- Porque debe desahogarse, señora.
¿Cómo guardar dentro tanta pelea consigo misma? Diga, diga. Confíe en mi
absoluto silencio.
CAMILA.- (Retomando.) Gracias. Lo cierto es que
lloró, rogó, ofreció, aduló Lotario con tantos sentimientos que, al fin, me
rendí.
LEONELA.- Y era lo lógico, pero ¿no notó nada
el señor, al regresar esta mañana?
CAMILA.- Nada. Sólo me preguntó cuál había
sido la ocasión por la que le había escrito.
LEONELA.- ¡Qué encrucijada! ¿Y qué le
contestó, señora Camila?
CAMILA.- Que me había parecido, al principio,
que Lotario me miraba un poco más desenvueltamente que cuando él estaba en
casa, pero que ya había comprendido que todo era imaginación mía.
LEONELA.- ¡Y mi señor Anselmo, muy satisfecho!
CAMILA.- Más. Me dijo que podía estar bien
segura de lo errado de aquella sospecha, por dos motivos. Primero, porque él
sabía que Lotario andaba enamorado de una doncella principal de la ciudad, a
quien celebra en sus poemas —que yo podré escuchar esta noche cuando nos
visite— con el nombre de Clori. Segundo, que, aunque no lo estuviera, no
había de temer la lealtad de Lotario y de la mucha amistad entre los dos.
LEONELA.- ¿Quién será Clori, mi ama? Nunca
escuché ese nombre, pero me parece que, al pronunciarlo, a usted le tembló la
voz.
CAMILA.- Podría haber sido, pero no. ¿Entiendes
por qué? Porque Lotario ya me había advertido que, cuando Anselmo regresara,
nos recitaría algunos poemas que, bajo el nombre supuesto de otra mujer, ha
escrito pensando en mí. Pero déjame que retome el hilo de mis inquietudes,
Leonela. Temo que Lotario no valore la pronta posesión que hizo de mi voluntad.
LEONELA.- No le dé pena, eso, señora mía. No
está el valor, ni es causa para que disminuya la estima, en que lo que se da se
dé pronto, si lo que se da es bueno. Más todavía: el que en seguida da, da
dos veces.
CAMILA.- También se suele decir que lo que
cuesta poco se estima en menos.
LEONELA.- No corre por usted esa razón, porque
el amor, según he oído decir, unas veces vuela y otras anda; con éste corre y
con aquél va despacio; a unos entibia y a otros abrasa; a unos hiere y a otros
mata. Y siendo así, ¿de qué se espanta, o de qué teme, si lo mismo debe de
haber acontecido a Lotario, habiendo tomado el amor por instrumento para
rendirla durante la ausencia de mi señor? Todo esto sé yo muy bien, que
también soy de carne y de sangre moza. Y más, señora Camila, cuando usted no
se entregó ni se dio tan en seguida, sino después de haber visto en los ojos,
en los suspiros, en las razones y en las promesas de Lotario toda su alma,
advirtiendo en ella y en sus virtudes cuán digno era Lotario de ser amado.
CAMILA.- En esto último, tenés toda la razón.
Sin embargo, mientras te escucho, Leonela, me vuelve el temor. ¿No será que,
porque me quieres, te has propuesto evitarme el sufrimiento?
LEONELA.- No, señora. Asegúrese de que Lotario
la estima como usted lo estima a él. Y viva con contento y satisfacción el
haber caído en el lazo amoroso y no sólo en el que dicen que tiene las cuatro
eses. ¿Las recuerda?
CAMILA.- ¡Qué mujer no! (Recobrada) Sabio,
solo, solícito y secreto.
LEONELA.- No sólo en ese lazo, que dicen que han
de tener los buenos enamorados, sino también en el del abecé entero. (Muy
desenvuelta) Porque Lotario es, según veo y me parece, agradecido, bueno,
caballero, dadivoso, enamorado, firme, gallardo,
honrado, ilustre, leal, mozo, noble, onesto,
principal, quantioso, rico, y las eses que dicen, y
luego, tácito, verdadero.
CAMILA.- (Riéndose, complacida.) ¿No te faltan
algunas letras, Leonela?
LEONELA.- La x no le cuadra, porque es
letra áspera; la y ya está dicha; la z, celador de tu honra.
CAMILA.- Voy descubriendo Leonela que tienes más
práctica en el amor que lo que yo suponía.
LEONELA.- Y no se equivoca, señora mía, que
tengo trato de amores con un mancebo bien nacido, de esta misma ciudad.
CAMILA.- (Turbándose.) ¿De esta misma ciudad?
¿Y has ido más allá de las conversaciones?
LEONELA.- ¡Por supuesto!
CAMILA.- ¡Ay, Leonela! Te ruego que no cuentes
nada de lo que te he dicho a tu joven amigo.
LEONELA.- Desde ya, señora.
CAMILA.- Y también te ruego que trates tus cosas
con secreto, para que no vengan a ser noticias de Anselmo ni de Lotario. (Llaman
a la puerta)
LEONELA.- Así lo haré, pero calle usted que
llega ya la esperada visita.
CAMILA.- Y veo que Anselmo se dispone a abrir.
Los dejaré solos algún momento.
(Leonela se dirige a su pieza de servicio, Camila a
la cocina. Al abrir Anselmo la puerta y entrar Lotario, se abrazan efusivamente
un buen rato. Luego charlan un poco confidencialmente.)
LOTARIO.- Cuéntame cómo han sido los días
lejos de tu casa.
ANSELMO.- Pensando en volver y escuchar
inmediatamente las buenas que tuvieras para darme.
LOTARIO.- Las de que tienes, ¡oh amigo Anselmo!,
una mujer que dignamente puede ser ejemplo y corona de todas las mujeres buenas.
Las palabras que le he dicho se las ha llevado el aire; los ofrecimientos se han
tenido en poco; de algunas lágrimas mías fingidas se ha hecho burla notable.
En resolución, así como Camila es cifra de toda belleza, es archivo donde
asiste la honestidad y vive el recato y todas las virtudes que pueden hacer bien
afortunada a una honrada mujer. Conténtate, Anselmo y no quieras hacer más
pruebas de las hechas.
ANSELMO.- Tus palabras me llenan de contento. Con
todo, no dejes la empresa todavía. Por supuesto, ya no con el mismo rigor, pero
prosíguela —aunque más no sea— por curiosidad y entretenimiento. ¿Tienes
el soneto del que me hiciste saber el motivo?
LOTARIO.- Lo tengo.
ANSELMO.- Pues aguarda que voy a buscarla. (Va
a hacerlo) No es necesario que aquí llega. (Camila viene con una bandeja
con vasos. Se saludan y se aprontan a festejar. Mientras festejan, por la puerta
de servicio se ve a Leonela ingresando a su mancebo.) ¿Sabías, Camila, de
nuestro nuevo enamorado?
CAMILA.- Lo poco que me has dicho. Pero que está
enamorado se le nota fácilmente en lo mudado del semblante.
ANSELMO.- ¿Le pedimos que nos diga uno de los
sonetos a su amada, de quien como no la conoces, podrá decirnos lo que quiera?
LOTARIO.- Aunque la conociera, no encubriría yo
nada, porque cuando algún amante alaba a su dama de hermosa y la nota de cruel,
ninguna ofensa hace a su buen crédito. Pero sea lo que fuere, éste es el
soneto que en esta última semana compuse a la ingratitud de Clori.
CAMILA.- ¡Ingratitud! ¿Y qué mujer puede ser
ingrata contigo?
ANSELMO.- Es cuestión de retórica, Camila. No
te apresures. Escucha.
LOTARIO.- (Recita)
En el silencio de la noche, cuando
ocupa el dulce sueño a los mortales,
la pobre cuenta de mis ricos males
estoy al cielo y a mi Clori dando.
Y al tiempo cuando el sol se va mostrando
por las rosadas puertas orientales,
con suspiros y acentos desiguales
voy la antigua querella renovando.
Y cuando el sol, de su estrellado asiento
derechos rayos a la tierra envía,
el llanto crece y doblo los gemidos.
Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento,
y siempre hallo, en mi mortal porfìa,
al cielo sordo; a Clori, sin oídos.
CAMILA.- Es hermoso, aunque algo triste, Lotario.
ANSELMO.- Es perfecto. Y ¡qué cruel la dama que
a tan claras verdades no corresponde!
CAMILA.- Luego, ¿todo aquello que los poetas
dicen es verdad?
LOTARIO.- En cuanto poetas, no la dicen; mas en
cuanto enamorados siempre quedan tan cortos como verdaderos.
ANSELMO.- (Sin fundamentos.) No hay duda de eso.
CAMILA.- (Ya tan descuidada del artificio de Anselmo
como enamorada de Lotario.) Si has compuesto otro soneto u otro poema, dilos
que te escucharemos fascinados.
LOTARIO.- Sólo los primeros versos, que me he
prometido, por razones obvias, no prolongar esta visita del reencuentro. En los
próximos dos días de la semana los veré por más tiempo. (Negaciones de
Anselmo y Camila). Está bien. Seamos salomónicos. Todo el soneto e
inmediata despedida. (Camila y Anselmo asienten resignadamente.)
ANSELMO.- (Después de aplaudir entusiastamente.) ¿Y
qué dices de nuestro poeta, Camila?
CAMILA.- (Que más que nada aplaude con los ojos.)
Que bien merece que Clori le corresponda prontamente.
ANSELMO.- Me sacaste las palabras de la boca.
LOTARIO.- Gracias, amigos. Un último brindis y
hasta mañana. (Brindan. Se saludan. Se va Lotario. La luz se irá perdiendo
hasta la completa oscuridad. Música.)
Cuadro Segundo
Vuelta la luz, que será la de un nuevo anochecer.
Se observa caminar a Lotario hacia la casa de Anselmo. Poco antes de llegar, ve
que sale el desconocido amante de Leonela de la misma. Aprieta el paso, pero el
mancebo se pone rápidamente fuera de su alcance. Lotario se debate mentalmente,
movido por los celos, pensando en Camila. Vacila. Se enoja. Enfurece. Decidido
llama a la casa. Anselmo sale presto a recibirlo.
ANSELMO.- Hola amigo. (Rápidamente advierte
la turbación de Lotario.) ¿Te ha ocurrido algo, Lotario? ¿Sí? (Ante
la gestualidad de Lotario que da a entender una respuesta afirmativa,) Pasa,
pasa. ¿Para qué están los amigos? (Se ubican en el vestíbulo.)
¿Cosas de amores, no?
LOTARIO.- (Recobrando gradualmente su firmeza.)
Sábete, Anselmo, que hace muchos días que he andado peleando conmigo mismo,
para no decirte lo que no es posible ni justo que más te encubra. Sábete que
la fortaleza de Camila está ya rendida, y sujeta a todo aquello que yo quisiera
hacer de ella.
ANSELMO.- Ahora eres tú quién está de burlas. (Gesto
negativo de Lotario. Preocupándose) ¿No? ¿Y cómo es que has tardado tanto
en descubrirme tal verdad?
LOTARIO.- Ha sido, amigo, por ver si era algún
liviano antojo suyo, o si lo hacía por probarme y también ver si eran con
propósito firme tratados los amores que, con tu permiso, con ella he comenzado.
ANSELMO.- Continúa, que estoy en el colmo de las
impaciencias.
LOTARIO.- Creí asimismo que ella, si fuera la
que los dos pensamos, ya te hubiera dado cuenta de mi solicitud; pero, habiendo
visto que se tarda, conozco que son verdaderas las promesas que me ha dado de
que cuando otra vez hagas ausencia de tu casa, me hablará en la recámara donde
está el escondite de tus alhajas.
ANSELMO.- (Pasmado y encolerizado de golpe.)
¿Eso te ha prometido? Me parece que; ¡ah, Dios!
LOTARIO.- No. No quiero que corras a ninguna
venganza, que hasta ahora no ha cometido pecado sino con el pensamiento. Y hasta
podría suceder que, desde éste hasta el tiempo de ponerlo en obra, Camila
cambiase de parecer y naciese en su lugar el arrepentimiento.
ANSELMO.- ¿Qué me aconsejas hacer, Lotario?
¿Qué me aconsejas?
LOTARIO.- Finge un día de estos que te ausentas
otra vez y quédate escondido en tu recámara, pues los tapices que allí hay y
las otras cosas te ofrecen mucha comodidad, y entonces verás por tus mismos
ojos, y yo por los míos, lo que Camila quiere. Y si fuere la maldad que se
puede temer antes que esperar, con silencio, sagacidad y discreción podrás ser
el verdugo de tu agravio.
ANSELMO.- (Callado por un buen espacio, mirando al
suelo sin mover pestañas.) Tú has obrado, Lotario, como yo esperaba de tu
amistad. En todo he de seguir tu consejo. Saldré y regresaré —al poco tiempo—
para ser testigo. Pero lo haré ahora mismo que ahí oigo que llega. (Aparece
Camila, que saluda prudentemente a Lotario y se incorpora a la conversación.) ¡Qué
suerte que ya estés aquí, esposa mía, porque debo partir inmediatamente por
otro forzado e inesperado llamado de negocio! Lotario te lo explicará todo. (Sale
sin esperar respuesta.)
LOTARIO.- ¿Te lo explico?
CAMILA.- Primero, sabe, Lotario, que tengo una
pena en el corazón que parece que quiere reventar en el pecho. Y es acerca de
la desvergüenza de Leonela que ha llegado a tanto, que cada noche encierra a un
galán suyo en esta casa, y se está con él, tan a costa de mi crédito, que
queda a campo abierto de ser juzgado por quien le viere salir a horas tan
inusitadas de mi casa.
LOTARIO.- (Con dudas de Camila.) ¿Y por qué no
le pones freno?
CAMILA.- (Dolorida) ¿Y tú me lo preguntas? Eso
es lo que me fatiga: que no la puedo castigar ni reñir, por ser ella
depositaria de nuestro secreto. (Llora angustiadamente.)
LOTARIO.- (Arrepintiéndose.) No te apenes,
querida, por la insolencia de Leonela, que ya ordenaré remedio a su insolencia.
Pero debo confesarte rápidamente que lo que temías me ha sucedido. Vi a un
joven saliendo de tu casa y fui instigado por la furiosa rabia de los celos.
CAMILA.- ¡Celos de mí! ¿Cómo has podido?
LOTARIO.- Más aun. Le he contado a Anselmo tu
poca lealtad, aunque —por ahora— de pensamiento, para con él.
CAMILA.- ¡Contárselo a Anselmo! Nunca imaginé,
Lotario, que fueran tantas tu maldad y tu torpeza.
LOTARIO.- Tienes toda la razón. Toda la razón,
pero no debemos perder tiempo.
CAMILA.- (Enojada.) ¡Perder tiempo! ¡Si lo
hemos perdido todo!
LOTARIO.- Todo no. Concerté con tu esposo que se
esconda en la recámara dentro de unos minutos para que compruebe tu poca
lealtad para con él. Te pido perdón por mi locura y consejo para remediarla.
CAMILA.- Me cuesta creer que los celos te hayan
puesto tan loco, Lotario; tan insensato, tan injusto para conmigo. (Iluminándose.)
Espera. (Apurada.) Ándate ya de esta casa e ingresa nuevamente, cuando
Leonela te llame. Y cuando te hable, respóndeme como no sabiendo que Anselmo
nos escucha.
LOTARIO.- (Sorprendido pero favorablemente.) Por
favor, Camila, declárame tu intención para que pueda guardar con más
seguridad todo lo que viese como necesario.
CAMILA.- No hay nada que guardar. Limítate a
responderme según te pregunte. Anda, que ahora sí que se nos acaba el tiempo. (Lotario
sale, como empujado.) ¡Leonela! ¡Leonela! (Va en su búsqueda. Muy poco
después ingresa Anselmo y marcha hacia el escondite. Camila regresa con Leonela
y se dirigen a la recámara, seguras de que Anselmo ya está allí escondido.)
CAMILA.- ¡Ay, Leonela amiga! ¿No sería mejor
que antes que llegase a poner en ejecución lo que no quiero que sepas, porque
no procures estorbarlo, que tomases la daga de Anselmo que te he pedido, y
pasases con ella este infame pecho mío? Pero no lo hagas, que no es justo que
yo lleve la pena de ajena culpa. Primero quiero saber qué vieron en mí los
atrevidos y deshonestos ojos de Lotario que fuese causa de venir a descubrirme
un tan mal deseo como el que me ha descubierto, en desprecio de su amigo y en
deshonra mía. Ponte, Leonela, a esa ventana y llámale que debe estar en la
calle esperando cumplir su mala intención.
LEONELA.- ¡Ay, señora mía! ¿Qué es lo que
quiere hacer con esta daga? ¿Quitarse la vida o quitársela a Lotario? Mejor es
que disimule su agravio y no dé lugar a que este mal hombre entre ahora en esta
casa y nos halle solas. Mire, señora, que somos débiles mujeres, y él es
hombre, y determinado. Mire que como viene con aquel mal propósito, quizá
antes de que usted ponga en ejecución el suyo, hará él lo que le estaría a
usted más mal que quitarse la vida. ¡Mal haya mi señor Anselmo, que tanta
mano ha querido dar a este desvergonzado en su casa! Y ya señora, una vez que
usted lo mate, como pienso que quiere hacer, ¿qué hemos de hacer con él
después de muerto?
CAMILA.- ¿Qué, amiga? Lo dejaremos para que
Anselmo lo entierre, pues será justo que tenga por descanso el trabajo que le
lleve poner debajo de la tierra su misma infamia. Llámale, acaba, que todo el
tiempo que tardo en tomar la debida venganza parece que ofendo a la lealtad que
debo a mi esposo. (Anselmo se dispone a salir, pero lo detiene el deseo de
saber en qué para todo esto. Cae Camila desmayada.)
LEONELA.- (Arrojándose encima de una cama.) ¡Ay,
desdichada de mí, si tuviese la desventura que se me muriese aquí y entre mis
brazos la flor de la honestidad del mundo, la corona de las buenas mujeres, el
ejemplo de la castidad..!
CAMILA.- (Volviendo en sí. Irónica.) ¿Por qué
no vas, Leonela, a llamar al más leal amigo de amigo que vio el sol o cubrió
la noche? Acaba, corre, aguija, camina, no se apague con la tardanza el fuego de
cólera que tengo, y se pase en amenazas y maldiciones la justa venganza que
espero.
LEONELA.- Ya voy a llamarle, señora mía. Mas ha
de darme primero esa daga, porque no haga cosa, en tanto falto, que deje con
ella que llorar toda la vida a quienes bien le queremos.
CAMILA.- Ve segura, Leonela amiga, que no lo
haré. Yo moriré, si muero, pero ha de ser vengada y satisfecha de que llore
aquí sus atrevimientos, nacidos tan sin culpa mía, quien me ha provocado. (Después
de un juego de irse y no irse, sale Leonela. Camila, consigo misma.) ¿No
fuera más acertado despedir a Lotario, como otras veces lo he hecho, que
ponerlo en condición de que me tenga por deshonesta y mala, siquiera este
tiempo que he de tardar en desengañarle? Mejor fuera, sin duda; pero no
quedaría yo vengada ni la honra de mi marido satisfecha, si tan sin
consecuencias y tan a paso llano se volviera a salir de donde sus malos
pensamientos le entraron. Pague el traidor con la vida. Sepa el mundo que Camila
no sólo guardó la lealtad a su esposo, sino que le dio venganza del que se
atrevió a ofenderle. Mas, con todo, creo que fuera mejor dar cuenta de esto a
Anselmo, pero no, que —como ya ocurrió cuando le escribí— no habrá de
creer a su esposa por defender tanto a su amigo. (Comienza a pasear con la
daga desenvainada, dando desconcertados y desaforados pasos y haciendo ademanes
como que le faltara el juicio y no fuera delicada mujer sino un rufián
desesperado.) Mas, ¿para qué hago yo tantos discursos? ¿Tiene, por
ventura, una resolución gallarda necesidad de consejo alguno? No, por cierto.
¡Afuera, pues, traidores! ¡Aquí venganzas! ¡Entre el falso, venga, llegue,
muera y acabe, y suceda lo que sucediere! Limpia entré en poder de lo que el
cielo me dio por mío; limpia he de salir de él y, cuando mucho, saldré
bañada en mi casta sangre y en la impura del más falso amigo que vio la
amistad en el mundo. (Anselmo, que mira y escucha todo desde su escondite,
se dispone a salir, pero regresa al advertir que vuelve Leonela con Lotario de
la mano. Al verlo, Camila, traza con la daga en el suelo una gran raya.)
Lotario, advierte lo que te digo: si por ventura te atreves a pasar de esta
raya, más aun, a llegar hasta ella, en el momento en que vea que lo intentas me
pasaré el pecho con esta daga. Y antes de que me respondas quiero que me
escuches algunas cosas, que después me responderás según te agrade. Lo
primero que quiero que me digas es si conoces a Anselmo mi marido y en qué
opinión lo tienes. Lo segundo si me conoces a mí. Y no pienses mucho lo que me
has de responder que no es nada difícil lo que te pregunto.
LOTARIO.- (Entendiéndole rápidamente.) No
pensé, hermosa Camila, que me llamabas para preguntarme algo tan fuera de la
intención con que yo aquí vengo. No lo harás por dilatarme lo prometido,
porque más fatiga el bien deseado cuando la esperanza está más cerca de
poseerlo. Pero para que no digas que no te respondo, digo que conozco a tu
esposo Anselmo, y nos conocemos desde nuestros años más tiernos. Y no quiero
decir lo que tú también sabes de nuestra amistad, para que el amor, que me
lleva a agraviarla, no se haga poderosa disculpa de mayores errores. A ti te
conozco y tengo en el mismo concepto que él te tiene. Que, a no ser así, no
habría de ir yo contra las santas leyes de la verdadera amistad.
CAMILA.- Si eso confiesas, enemigo mortal de lo
que debe ser justamente amado, ¿con qué rostro osas aparecer ante quien sabes
que es el espejo donde aquél se mira. Pero ahora caigo, ¡desdichada de mí!
que debe de haber sido alguna desenvoltura mía, que no quiero llamarla
deshonestidad, pues no habrá procedido de deliberada determinación, sino de
algún descuido de los que las mujeres que no tienen de quién cuidarse, suelen
hacer inadvertidamente. Si no, dime: ¿cuándo, ¡oh traidor! respondí a tus
ruegos con alguna palabra o señal de cumplir tus infames deseos? ¿Cuándo tus
amorosas palabras no fueron reprendidas con aspereza por las mías? ¿Cuándo
tus promesas y regalos te fueron creídas y admitidas? Pero, pensando que si has
perseverado tanto en tu intento amoroso ha sido por algún descuido mío, es que
quiero castigarme y darme la pena que tu culpa merece. Y para que veas que
siendo conmigo tan inhumana, no es posible dejar de serlo contigo, te he traído
como testigo del sacrificio que pienso hacer a la ofendida honra de mi marido.
Torno a decirte que lo que más me fatiga es que algún descuido mío haya
engendrado en ti tan desvariados pensamientos y es a eso lo que quiero castigar
con mis propias manos. Pero antes de hacerlo, quiero matar muriendo y llevar
conmigo a quien me acabe de satisfacer el deseo de venganza que tengo. (Arremete
contra Lotario con la daga desenvainada, queriendo frustradamente clavársela en
el pecho.) Pues la suerte no quiere satisfacer del todo mi justo deseo, a lo
menos no ha de ser tan poderosa que, en parte, me quite que no le satisfaga. (Y,
haciendo fuerza para soltar la mano de la daga, que Lotario la tenía asida, la
saca y guía su punta hasta herirse levemente en la axila izquierda, dejándose
caer en el suelo como desmayada. Lotario acude con presteza, despavorido y sin
aliento a sacar la daga y se tranquiliza al ver lo superficial de la herida,
admirando la sagacidad de la hermosa Camila. Leonela, entre tanto, llora.)
LOTARIO.- ¡Ay, Camila! ¿Por qué has hecho
esto? Yo, yo soy el único culpable de toda esta desgracia. ¿Quién habrá de
perdonarme? ¡Ay, Camila, mujer honrada!
LEONELA.- (Toma en brazos a Camila y la coloca en el
lecho..) Vaya, señor Lotario, a buscar a un médico que en secreto la sane.
¿Qué le diremos a Anselmo de su herida, si mi señor llega antes de ser
curada?
LOTARIO.- No me vengas con preguntas que no tengo
la cabeza para consejos. Ocúpate, más bien, de detenerle la efusión de sangre
que yo me voy a donde nadie me vea. (Se retira con muestras de dolor y
sentimiento.)
LEONELA.- (Cura la herida de Camila y la ata lo
mejor que puede.) ¡Ay, mi señora querida! ¿Dónde se habrá de encontrar
una esposa tan honesta como tú? ¿Dónde?
CAMILA.- Cobarde debes llamarme, Leonela. Y de
poco ánimo, que me ha faltado el tiempo para quitarme esta vida tan aborrecida.
¿Qué he de hacer ahora? ¿Le contaré a Anselmo todo lo sucedido?
LEONELA.- No, mi señora, porque lo pondría en
obligación de vengarse de Lotario. La buena mujer está obligada a no dar
ocasión de riñas a su marido. Hágame caso.
CAMILA.- Tienes razón. He de seguir tu parecer.
¿Pero cómo le explico a Anselmo la causa de esta herida, que él no podrá
dejar de ver?
LEONELA.- No sé qué decirle, señora, porque
yo, ni aun burlando, no sé mentir.
CAMILA.- Veo que si no hemos de saber dar salida
a esto, lo mejor será decirle la verdad desnuda.
LEONELA.- No tenga pena, señora: de aquí a
mañana yo pensaré qué le digamos. Quizás, por ser la herida donde es, la
podrá encubrir sin que él la vea. Sosiéguese, señora mía, y procure calmar
su alteración para que mi señor no la encuentre sobresaltada, y lo demás
déjelo a mi cargo, y al de Dios, que siempre acude a los buenos deseos. (Anselmo
sale en busca de Lotario por el espacio que las mujeres se han ocupado de
dejarle. Y sale tan congratulado con la perla que ha hallado en el desengaño de
la bondad de su esposa. Al encontrarlo se dan profundos abrazos, aunque Lotario
no se muestra contento del todo.)
Tercer Acto
Es de noche. Anselmo y Lotario vienen hacia la casa
del primero. En la otra punta, la casa de Lotario.
ANSELMO.- Parece increíble, Lotario, que ahora
que quedó claramente demostrada la honra de Camila y lo ejemplar de tu amistad,
me insistas en que no quieres entrar a casa y esto, no sólo para esta ocasión
sino por mucho tiempo.
LOTARIO.- Te lo repito. Aunque tú no lo
adviertes, no puedo sufrir las malas caras que me pone Camila y con mucha
razón, después de todo lo pasado. Y mira que no te señalo como el último
culpable.
ANSELMO.- (Cerca de la puerta.) Está bien.
Aceptaré que aquí nos separemos, mientras pienso cómo pueda solucionar la
diferencia sin que tengamos que confesar a Camila nuestra estratagema.
LOTARIO.- Gracias, amigo. Yo también pensaré en
ello mientras paseo entre las estrellas.
ANSELMO.- Tú te vas a pasear. Yo, en cambio,
vengo vencido por un sueño irresistible, que bien tiene su parte en la
aceptación provisoria de tu negativa.
LOTARIO.- Duerme entonces, Anselmo. Duérmete
pronto y gracias, otra vez, por tu comprensión.
ANSELMO.- Mil gracias a ti, Lotario. Jamás me
cansaré de agradecer que me hayas levantado a la más alta felicidad. (Se
abrazan efusivamente. Lotario se retira, mientras Anselmo lo ve partir con
agradecida admiración. Ingresa a su casa. Empieza a despojarse de sus
vestiduras. Va a dirigirse a su dormitorio, cuando escucha pasos que vienen de
la habitación de Leonela. Presta visible atención. Va en busca de su daga. Se
decide a abrir la puerta, pero no puede porque se le ofrece resistencia. Tanta
fuerza hace que, finalmente, la abre y entra a tiempo para ver a un hombre que
salta de la ventana a la calle. Cuando acude con presteza para conocerlo se ve
abrazado por Leonela.)
LEONELA.- Sosiéguese, señor mío, y no se
alborote ni siga al que de aquí saltó, que es cosa mía, y tanto, que es mi
esposo.
ANSELMO.- (Ciego de enojo saca la daga y amenaza a
Leonela.) Mira que puedo llegar hasta a matarte si no me confiesas la verdad.
LEONELA.- (Llena de miedo.) No me mate, señor,
que yo le diré cosas de más importancia de la que se puede imaginar.
ANSELMO.- Dilas, ahora. Si no, muerta eres.
LEONELA.- (Suplicante.) Por ahora será
imposible, según me ve de turbada. Déjeme hasta mañana que entonces sabrá de
mí lo que le ha de admirar. Pero quédese seguro de que el que saltó por la
ventana es un mancebo de la ciudad que me ha dado la mano de ser mi esposo.
ANSELMO.- Está bien. Agradece que tenga ánimo
de esperarte hasta mañana a primera hora. Pero sabe muy bien lo que te
sucederá, si intentas engañarme. (Le muestra la daga. Leonela tiembla.
Anselmo cierra la puerta con llave y se retira sonoramente. Camila, que ha
escuchado ruidos, le sale al encuentro.)
CAMILA.- ¿Qué ha sucedido, esposo mío?
ANSELMO.- Acabo de ver cómo un hombre saltó a
la calle desde la ventana de Leonela, a quien he encerrado bajo llave porque me
ha prometido contarme grandes cosas y de importancia. (Camila se turba.) Y
porque no quiero faltar a mi palabra de escucharla a la mañana temprano, ya
mismo me voy a dormir, aunque no sé si pueda por la alteración que todavía me
sacude. (Camila silenciosamente le prepara la cama. Anselmo cae pesadamente
sobre la misma y después de unas vueltas y revueltas empieza a roncar. Camila
entonces junta las mejores joyas que tiene y algunos dineros y sale. Se dirige
presurosa hacia lo de Lotario, quien pasea por las cercanías. Cuchichean
mientras se acercan a la casa. Lotario ingresa, mientras Camila queda afuera
sumamente inquieta. Lotario regresa a las apuradas con un bolsón de viaje. Se
ponen en camino.)
LOTARIO.- Ya ves que me he quedado sin palabra.
Vayamos a un monasterio del que es priora una hermana mía. Allí estarás a
cubierto, mientras yo me ausento de la ciudad por unos días. (Andan hasta
que la oscuridad lo invade todo. Música)
(Luz. Al apreciar Anselmo las primeras luces se
levanta de un salto, se viste liviano y de prisa y va hacia la pieza de Leonela.
Golpea.)
ANSELMO.- Vístete, Leonela, que me dispongo a
entrar. (Abre con la llave. Ingresa. No encuentra a Leonela. Sólo halla
puestas unas sábanas anudadas a la ventana. Vuelve triste a decírselo a
Camila. No la halla ni en la cama ni en toda la casa. Se asombra. Va a la
recámara y ve sus cofres abiertos. Percibe que faltan las más de sus joyas y
cae en la cuenta de su desgracia. A medio vestir, corre hacia la casa de Lotario
a contarle su desdicha. Llama desesperadamente. Aparece un criado.)
CRIADO.- Señor Anselmo, no está mi señor en
casa. Ha faltado en toda la noche y he comprobado a la mañana que se ha llevado
consigo todos sus dineros.
ANSELMO.- ¿Se ha ido solo? (Ignorancia del
criado.) Gracias. (El Criado cierra la puerta y Anselmo se dirige hacia
su casa, a la que encuentra vacía, totalmente sola. Va hacia el vestíbulo. Se
sienta. Queda ensimismado un rato.) Heme aquí, en un instante, sin mujer,
sin amigo, sin criados, desamparado hasta del cielo que me cubre, y, sobre todo,
sin honra. (De pronto va a vestirse como para emprender un viaje y sale.
Camina. Se deja caer junto a un tronco de un árbol, dando tiernos y dolorosos
suspiros hasta callar, vencido. La luz indica el paso del tiempo. Casi al
anochecer ve que viene un hombre desde la ciudad.) Salud, buen ciudadano.
¿Qué buenas traes desde la ciudad?
CIUDADANO.- Las más extrañas que se hayan oído
por estos días. Se dice públicamente que Lotario, aquel grande amigo de
Anselmo el rico, se llevó esta noche a Camila, mujer de Anselmo, que tampoco
aparece.
ANSELMO.- ¿Y cómo se sabe todo eso?
CIUDADANO.- Porque lo ha dicho una criada de
Camila a quien anoche halló el gobernador descolgándose con una sábana por
las ventanas de la casa. No sé puntualmente cómo pasó el asunto. Sólo sé
que la ciudad está admirada, porque no se podía esperar hecho tal de la mucha
amistad de los dos señores, que dicen que era tanto, que los llamaban los
dos amigos.
ANSELMO.- ¿Sábese, por ventura, el camino que
llevan Lotario y Camila?
CIUDADANO.- Ni por pienso, puesto que el
gobernador ha usado de mucha diligencia en buscarlos.
ANSELMO.- Vaya con Dios, señor.
CIUDADANO.- Quede usted con él. (Se marcha.)
ANSELMO.- (Una vez sólo y desgarradoramente.)
¡Ay, Dios! ¡Dios, mío! ¿Adónde iré a pasar mis últimas horas, que siento
que se me acaba la vida? Sólo me queda un lugar. Sólo me queda un amigo, aquel
en cuya casa pasé los ocho días de la insensata prueba. (Se levanta como
puede y se dirige, a duras penas, hacia la casa de su amigo. Camina. Música de
venta. En otro ángulo de la escena aparece el Cura.)
EL CURA.- Cuando su amigo lo vio llegar (Se
ve al amigo abrirle la puerta, contemplarlo y abrazarlo.) amarillo, consumido
y seco, entendió que de algún grave mal venía fatigado. (La escena juega
con la realización simultánea de lo que el cura va contando.) Pidió luego
Anselmo que le acostasen y que le diesen lo necesario para escribir. Hízose
así, y lo dejaron acostado y solo, porque así lo quiso, y aun que le cerrasen
la puerta. Viendo el señor de casa que era ya tarde y que Anselmo no llamaba,
acordó de entrar a saber si pasaba adelante su indisposición, y hallóle
tendido boca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre la mesa
portátil, sobre la cual estaba con el papel escrito y abierto, y el tenía aún
la pluma en la mano. (El amigo llega hasta él, después de haberlo llamado,
y tomándolo de la mano y viendo que no le responde, y hallándole frío, ve que
está muerto. Se acongoja, llora, y finalmente lee el papel escrito por la misma
mano de Anselmo.)
AMIGO.- (Lee.) Un necio e impertinente deseo
me quitó la vida. Si las nuevas de mi muerte llegaren a los oídos de Camila,
sepa que yo la perdono, porque no estaba ella obligada a hacer milagros, ni yo
tenía necesidad de querer que ella los hiciese; y pues yo fui el fabricador de
mi deshonra, no hay para qué... (Han entrado unos criados del
amigo. Entre todos se llevan hacia el interior de la casa a Anselmo muerto. La
luz de la casa del amigo va apagando gradualmente.)
EL CURA.- Dícese que, aunque Camila se vio
viuda, no quiso salir del monasterio, pero tampoco hacer profesión de monja
hasta que, no muchos días después, le vinieron las noticias de la muerte de
Lotario en una batalla, en el reino de Nápoles. Entonces sí hizo profesión, y
acabó en breves días la vida, a manos de tristezas y melancolías. Éste fue
el fin que tuvieron todos, fin nacido de un tan desatinado principio. (Deja
los pliegos sobre la mesa. Al público.)
Bien me parece esta novela, pero no me puedo
persuadir de que esto sea verdad; y si es fingido, fingió mal el autor, porque
no se puede imaginar que haya marido tan necio que quiera hacer tan costosa
experiencia como Anselmo. Si este caso se pusiera entre un galán y una dama,
pudiérase llevar, pero entre marido y mujer, algo tiene de imposible; y en lo
que toca al modo de contarlo, no me descontenta.
No sé qué diréis vosotros —perdón, qué dirán
ustedes—, hermanos trasatlánticos de mi lengua, de estos apenas tres
capítulos de la obra maestra de Cervantes. Me gustará saberlo. Mil gracias.
Lunes, 17 de febrero de 2003