Regalos del Cielo • Ana María Ferreira P.
I
¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Aquella mañana, cuando el sol aún bostezaba escondido entre nubes blancas, arriba en el cielo había comenzado el nuevo día. Las criaturas celestiales iban de un lado a otro mientras los ángeles entonaban su último cántico celestial antes de poder dispersarse pues estaban todos muy ansiosos por comentar la noticia que apenas y habían tenido tiempo de ojear antes de dirigirse al coro celestial.

La noticia que tanto les llamó la atención había sido publicada en la primera página del diario El Orbe bajo el título en grandes letras resaltadas: “REGALOS DEL CIELO”. Lo poco que pudieron leer fue suficiente para despertar su interés y curiosidad, sobre todo porque además de la reseña sobre dichos regalos también se mencionaba algo acerca de la significativa participación de todos los ángeles y sobre un portavoz celestial que pronto se presentaría ante ellos.

En cuanto terminaron los cánticos los comentarios entre ellos no se hicieron esperar: —Nuestra participación, pero... ¿de qué hablan? ¿Un portavoz? ¿Quién será el enviado? No hay duda de que se trata de algo grande, no creen?

Con esta novedad, la tranquilidad de aquella hermosa mañana se convirtió en un gran bullicio, que enmudeció de repente cuando la fuerte voz del Arcángel Gabriel se hizo presente —¡EJEM! Buenos días, amigos —comenzó diciendo mientras afinaba su garganta como para hacerse notar.

Todos voltearon al mismo tiempo y ninguno pudo ocultar su sorpresa al ver de quién se trataba. Nada más y nada menos que el Arcángel Gabriel, el más notable de todo el Paraíso. Su sola presencia inspiraba respeto.

Gabriel, de carácter intachable y gran personalidad, era alto, delgado y muy preocupado por su apariencia. Su halo, siempre bien alineado sobre su cabeza de largo cabello dorado bien peinado, su toga blanca bien ajustada a su cintura por un largo cordón dorado. Impecable.

—Me alegra encontrarlos a todos juntos. Creo que no hace falta presentarme pues ya saben quién soy e imagino que toda esta algarabía se debe a su curiosidad por saber más de lo poco que ya saben.

De nuevo los ángeles no pudieron contenerse y comenzaron a preguntar:

—Sí, sí, explícanos lo de los regalos y qué tenemos que ver nosotros en todo esto, además de... —y de nuevo se armó el alboroto.

—Ya va, ya va; silencio, por favor, ¡SILEEEEENCIO! Quiero que sepan que me han enviado hoy aquí para aclararles, en la medida que me es permitido, cualquier duda que tengan, y aunque sé que tienen muchas, si no prestan atención no escucharán nada de lo que les tengo que decir, ¿he sido claro?

Con estas palabras volvió la calma y Gabriel pudo continuar.

—Bien, hoy ha sido el día escogido por las Autoridades Celestiales para preparar y entregar, después de un largo proceso de creación, unos delicados presentes que serán enviados a unos cuantos afortunados habitantes del tercer planeta del universo, el planeta Tierra.

—¿Planeta Tierra? —murmuraron casi todos arrugando el entrecejo, algo confundidos con el nombre del planeta, así que Gabriel tuvo que aproximarse un poco más al borde de la nube donde se encontraba y señalarlo con el dedo.

—Miren, es ese que se ve allí abajo, el que gira alrededor del astro sol y tiene como satélite a la luna.

Al acercarse a Gabriel para disipar las dudas alguien hizo un breve comentario.

—¡Ah!, el planeta azul, el más ruidoso de todo el universo y que, según dicen los sabios, es como una Torre de Babel pues parece que entre ellos mismos nadie se entiende.

Gabriel sabía que tenía razón, pero trató de eludir el comentario lo mejor que pudo para evitar entrar en detalles que lo hicieran perder el tiempo en una absurda discusión que no los llevaría a ningún lado.

—Bien, bien, presten atención y sigamos, por favor. Ahora, todos ustedes han sido convocados a participar en este proyecto tan especial porque se nos ha encomendado la parte más importante y delicada: preparar y entregar los regalos del Cielo. De más está decirles que nos espera un día intenso y largo de trabajo. Supongo también que ya se habrán dado cuenta de que, por decisión de las Alturas Celestiales, he sido el escogido para dirigir todo el proceso, y el ángel Miguel, aquí a mi lado... —les indicó con un gesto pero para su sorpresa a su lado no había nadie. Disimuladamente trató de ubicarlo con la mirada pero no tuvo suerte—. ¡Rayos! ¿dónde se habrá metido? —murmuró entre dientes algo molesto y no le quedó mas remedio que continuar sin él su breve explicación—. Como les iba diciendo, el ángel Miguel, a quien todos también conocen, será mi asistente y a quien deberán acudir ante cualquier problema que se presente a partir del instante en que se inicie la jornada. Por ahora es todo lo que tengo que decirles. ¿Entendieron?

Aunque la mayoría asintió con un afirmativo gesto de cabeza, sin duda algo no había quedado del todo claro. Entre todos ellos, uno se abrió paso entre los demás hasta que pudo llegar al frente; miró a Gabriel con respeto y le preguntó:

—Creo que todo lo que has dicho está bien, pero hay algo por lo que hemos estado esperando con mucha ansiedad. Que seas un poco más claro sobre los regalos —al decir esto, el eco de las voces de los que estaban atrás apoyando lo que acababa de decir sirvió para que se animara a continuar—. Todos aquí quisiéramos que nos explicaras sobre la clase de objetos que son, o sea, ya que los tendremos en nuestras manos quisiéramos saber si son bienes materiales o espirituales, si son frágiles, si son de carne y hueso... —a medida que hablaba se iba agitando, de hecho se le escapó un improperio— o qué caray, qué demonios... ¡Ay! Digo, perdón, ¡UF! Creo que me pasé —ruborizado y apenado enseguida regresó a su lugar mientras los otros, sonriendo con cierta picardía, aguardaron por las palabras de Gabriel.

Gabriel, reflexivamente, los miró a todos por un instante mientras se rascaba la barbilla pensando en lo que acababa de escuchar, pero decidió no comentar nada sobre los regalos para que no se distrajeran antes de comenzar, así que simplemente les respondió:

—Ya lo sabrán a su debido tiempo. Tengan un poco de paciencia; por los momentos sólo prepárense para reunirse conmigo y con el ángel Miguel al otro lado del Edén, donde las nubes son más altas, traten de llegar lo más pronto posible pues no hay tiempo que perder.

Los ángeles, aún intrigados y sin haber aclarado el origen de su curiosidad, se marcharon ansiosos comentando lo que acababan de escuchar. Sabían que era algo muy importante, pues de no ser así no habrían llamado al Arcángel Gabriel para hacerse cargo de todo el asunto.

“Regalos del cielo”, por Ana María Ferreira P.