Regalos del Cielo • Ana María Ferreira P.
II
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Gabriel llegó al Edén primero que los demás. Aprovechó el momento de soledad para repasar mentalmente todo el proceso y el plan de acción. Según su apreciación todo estaba listo, excepto que Miguel seguía sin aparecer y, para colmo de males, era él a quien se le había enviado la lista en donde se especificaban detalladamente todas las instrucciones a seguir, y esto sí que era preocupante.

—¡Dios mío! Pero en dónde se habrá metido, ¿será posible que no se acuerde de todo lo que conversamos ayer? —murmuró Gabriel inquieto y bastante nervioso.

Miguel era algo más bajo que Gabriel y no tan preocupado por su apariencia. De hecho, estaba algo gordito pues siempre comía de más, y qué decir de las golosinas. Su toga blanca, atada a duras penas por el largo cordón dorado, nunca le caía hasta los pies pues se desviaba al tener que cubrir la curva de su prominente barriga. Pero indudablemente tenía un gran corazón, era muy colaborador cuando no se distraía y algo sentimental, pero era el mejor amigo de Gabriel, por eso lo propuso como su ayudante ya que era una buena oportunidad para que pudiera ganar unos puntos extra que tanta falta le hacían para llegar a ser algún día un Ángel Guardián.

Los minutos pasaban y a Gabriel le parecían horas. Los demás estaban a punto de llegar, por lo que comenzó a impacientarse por la ausencia de Miguel, así que, lo más bajito que pudo, comenzó a llamarlo:

—Miguel, Miguel, ¿dónde estás? Mira que el tiempo vuela y sabes muy bien que hoy tenemos mucho qué hacer. Miguel, vamos, aparece, ¡¡¡MIGUEEEEEEEEL!!! —pero terminó alzando la voz.

De sopetón, como salido de la nada, de entre un par de nubes no muy lejos de allí asomó tranquilamente la figura de Miguel.

—¡Ya voy, ya voy!, pero, ¿quién me solicita con tanta prisa?

Gabriel enseguida lo ubicó con la mirada e incrédulo lo encaró furibundo.

—¿Que quién te solicita con tanta prisa? ¿Será posible? ¿Es que en realidad no te acuerdas de qué día es hoy y todo lo que tenemos que hacer?

Miguel, con un gesto de seriedad, hizo un esfuerzo por recordar qué había de especial para hoy. Después de un poco de concentración exclamó:

—¡¡¡AH!!! ¡Claro!, lo de los regalos, pero qué memoria la mía, la verdad que no tengo disculpa. Verás, es que en el camino, justo cuando iba a reunirme contigo y los demás ángeles, no pude evitar contemplar la belleza de los regalos que han sido colocados a nuestro alrededor; entonces me entretuve con algunos de ellos, y te lo juro, Gabriel, se me pasó el tiempo sin darme cuenta.

Sí que tenía razón. Gabriel había sido el primero en ver de cerca la cantidad de nubes, como algodón de azúcar en suaves tonos de rosa y azul, donde reposaban hermosos querubines adormecidos por el vaivén de la cola de miles de estrellas fugaces, como para quedar hechizado por toda una eternidad.

—Sí, sí, claro que tienes razón, son todo un primor, pero recuerda, mi querido amigo, que se nos ha encomendado una gran responsabilidad, y si algo, por muy pequeño que sea, llega a salir mal, tú y yo nos quedaremos sin alas por toda una semana. ¿Entendiste? ¡SIN ALAS! —concluyó asegurándose de enfatizar la última frase.

Al oír aquello la cara que puso Miguel fue todo un poema. Nada más pensar en la posibilidad de perder sus bien ganadas alas lo hizo volver a la realidad, salir de donde se encontraba y en un ¡tris! volar junto a Gabriel. Hurgando en uno de los bolsillos de su blanca toga sacó la lista.

—Aquí está, ¿ves? Está un poco arrugada, pero no la perdí —se la entregó algo nervioso; en ella se detallaba el nombre, características y domicilio de cada uno de los querubines, de allí su gran importancia.

Para entonces, después de solucionado el primer problema, ya los demás ángeles habían llegado. Gabriel, después de saludarlos, con lista en mano y con Miguel a su lado, les dijo:

—Gracias por su puntualidad. Primero que nada me imagino que al venir hacia acá habrán tenido la oportunidad de ver de cerca los regalos y entender el porqué de mi discreción. Espero que también hayan tenido tiempo para entender que el destino de todos esos querubines, de ahora en adelante, estará en nuestras manos.

Los ángeles, muy animados y deseosos de comenzar, escucharon con atención las instrucciones de Gabriel y Miguel. Luego, para organizar mejor el trabajo y seguir correctamente los pasos de la lista, dividieron a los ángeles en grupos. Gabriel se encargaría de nombrar, de cuatro en cuatro, a los querubines. Miguel verificaría su procedencia, nube rosa o azul, luego los pasaría al primer grupo de ángeles, éste al segundo y así consecutivamente hasta el último querubín.

—Así que, por el momento no nos queda más que decirles: ¡manos a la obra! —con esta sencilla frase el Arcángel Gabriel, con el consentimiento de Miguel, dio comienzo a lo que sería un día muy especial entre todos los días del Paraíso.

“Regalos del cielo”, por Ana María Ferreira P.