Regalos del Cielo • Ana María Ferreira P.
III
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Al tener tan cerca a los querubines, lo que más temía Gabriel estaba sucediendo. Las expresiones de sorpresa y los suspiros de ternura no se hicieron esperar. Por un instante Gabriel llegó a dudar sobre el buen desempeño de la misión.

—¡Epa! ¿Qué les pasa? ¡Vamos! ¡Dejen de mirarlos tanto y quiten esas caras de embobamiento, por última vez! Ha llegado el momento de dedicarnos todos juntos a cumplir con nuestro trabajo y así no defraudar la confianza que se ha depositado en cada uno de nosotros, ¿entendieron?

De inmediato cada quien ocupó su lugar y Gabriel comenzó eligiendo a los primeros cuatro querubines, cuyos nombres eran, según el orden de la lista: Sara, Daniel, Isabel, José. Al irlos nombrando alternaba su procedencia, ya fuera de nube rosa o azul, todos pasarían por el mismo proceso excepto por el color de su vestimenta y el de su manta.

Miguel los recogía de la nube donde se encontraban y los entregaba al primer grupo de ángeles, quienes los tomaban con delicadeza para bañarlos, uno a uno, con agua de lluvia, y perfumarlos con esencias de flores de primavera. Al terminar los pasaban al segundo grupo, quienes los vestían con delicados encajes de luz de luna y los envolvían en una suave manta tejida con lana de puro amor. De ahí pasaban al siguiente grupo, quienes le ponían en su bracito derecho un fino brazalete bordado con hilos de polvo de estrellas donde se leía claramente su nombre, el del solicitante y su dirección en la Tierra. Y al final pasaban al último grupo, el de los ángeles mayores, quienes eran los encargados de otorgarle a cada uno las bendiciones apropiadas en nombre de todos los Poderes Celestiales antes de enviarlos rumbo a su destino en la Tierra.

A medida que pasaban los querubines Gabriel se aseguraba de que cada uno de ellos fuera enviado correctamente; nada más pensar que alguno llegara a la dirección equivocada hacía que se le erizaran las alas.

“Regalos del cielo”, por Ana María Ferreira P.