Regalos del Cielo • Ana María Ferreira P.
IV
¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Las horas fueron pasando casi sin darse cuenta. Hacia el mediodía hicieron una breve pausa, la cual todos aprovecharon, no para descansar, sino para mimar a los querubines que iban quedando. Luego continuaron su labor hasta que fue despachado el último de los querubines. Para entonces, ya había comenzado a oscurecer y los ángeles cansados iban estirándose un poco batiendo sus alas, levantando una suave brisa que a todos reanimó.

—¡Ah! ya terminamos —corearon los ángeles. Estaban listos para marcharse, pero antes se sentaron alrededor de las nubes vacías para conversar un poco sobre los detalles de la jornada y de lo mucho que habían disfrutado el día, aparte de recibir muchos elogios de Gabriel y Miguel por su colaboración y magnífico trabajo. Después de un rato se levantaron, se despidieron y se retiraron cansados pero muy satisfechos por haber cumplido sin problemas la misión encomendada.

Gabriel y Miguel, como encargados del proceso, serían los últimos en marcharse. Antes debían asegurarse de que todo había salido bien, ya que al día siguiente tenían que rendir cuentas sobre todo el proceso del envío de los querubines ante las autoridades del Altar Mayor del Sagrado Templo.

Gabriel iba revisando de arriba abajo todo lo que estaba escrito en la lista.

—Bien, ya todos se han marchado y parece que todo está en orden. ¿Revisaste ya todas las nubes, Miguel?

No hubo respuesta así que volvió a preguntar:

—¿Que si ya revisaste las nubes?

Adormecido, Miguel respondió:

—¡Ah, sí, sí..! Las nubes, todo revisado y en orden.

—Entonces es hora de que nos vayamos a descansar. Toma tú la lista y guárdala que mañana tendremos tiempo de escribir el informe.

Miguel la tomó y, enrollándola lo mejor que pudo, la metió de nuevo en el bolsillo derecho de su blanca toga. Mientras tanto, detrás de ellos el sol se iba quedando dormido para darle paso a la luna llena.

Antes de tomar camino, Miguel no pudo evitar echar una última mirada hacia las nubes vacías.

—Creo que voy a extrañar a todas esas preciosas criaturas por un largo, largo tiempo. Eran tan tiernos y tan chiquititos que me hubiera gustado tenerlos a todos por siempre bajo mi protección —a medida que hablaba sus ojos se humedecían de pura nostalgia.

—Yo también los voy a extrañar, pero me consuela saber que ahora están en un lugar del planeta Tierra llenando de luz, amor y alegría el hogar al que han sido destinados, así que no te preocupes, porque después del éxito que hemos tenido hoy, estoy seguro de que pronto se nos encomendará otra misión y tú volverás a ser el mejor ayudante que se pueda tener.

—Gracias Gabriel, pero es que yo..., ¡Ah! nada, nada, tienes razón, mejor nos vamos que ya anocheció —esbozando una gran sonrisa y estrechando a Gabriel, juntos se marcharon contentos atravesando un sin fin de nubes de algodón, canturreando muy bajito de su imaginación unas notas sin entonación.

“Regalos del cielo”, por Ana María Ferreira P.