Regalos del Cielo • Ana María Ferreira P.
V
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La paz que se respiraba alrededor les hizo más placentero el regreso. Pero, de pronto, cuando ya habían recorrido más de la mitad del camino, un extraño sonido interrumpió sus pasos.

—Oye, Miguel, ¿escuchaste eso?

—Sí lo escuché, y parece que viene de las nubes que acabamos de dejar atrás.

—Me pareció como si alguien se estuviera riendo, pero eso es imposible, porque ya despachamos a todos los querubines y los ángeles que estaban con nosotros se han marchado hace ya un buen rato, así que aquí sólo quedamos tú y yo.

—Debe de ser alguna estrella o tal vez algún cometa travieso, pero para que estés tranquilo qué te parece si volvemos atrás y revisamos entre las nubes a ver qué encontramos —lo animó Miguel.

Ambos volvieron sobre sus pasos, escudriñando por aquí y por allá entre la gran cantidad de nubes que había alrededor, tratando de dar con la causa de tan imprevisto sonido.

Miguel fue el primero en ubicarlo y, agitando las manos en el aire, llamó la atención de Gabriel:

—¡Ven pronto que ya lo encontré!

Presuroso se acercó enseguida y, al asomarse entre las nubes a ver de qué se trataba, exclamó sobresaltado:

—¡Oh, Virgen Santísima! ¡Por todos los Santos! ¡Válgame Dios! Pero no puede ser, es un ¡querubín! Pero qué demo..., digo, qué puede estar haciendo aquí esta criatura, a quién de todos nosotros se le pudo haber olvidado?

Ciertamente, delante de ellos, sobre una nube color de rosa, reposaba un querubín; el sonido de la risa que antes los había alertado se debía a que estaba muy entretenido jugueteando con una traviesa estrella que seguramente había bajado del cielo sin pedirle permiso a nadie, flechada por tal belleza.

Gabriel se movía nervioso de un lado a otro, tan sorprendido y preocupado que no hacía más que llevarse las manos a la cabeza, hasta su bien alineado halo se le había corrido hacia un lado.

—¡Ay, Miguel!, ¿qué vamos a hacer?, esto es el fin, creo que esta vez nos quedaremos sin alas no sólo por una semana sino por toda la eternidad, porque estoy seguro de que hasta nos echarán del Paraíso.

Olvidando por un instante lo delicado de la situación, Miguel se distrajo con la escena que tenía delante, pero la voz agitada de Gabriel lo regresó a la realidad.

—¡Pronto, pronto!, saca de nuevo la lista que hay que volver a revisarla. Por más que lo pienso aún no logro entender cómo pudo haber sucedido algo como esto, si todo lo hicimos ordenadamente y con mucho cuidado.

Miguel metió la mano en su bolsillo y la sacó enseguida. Entre los dos revisaron uno a uno la cantidad de querubines enviados, así como sus datos. Después de hacer esto dos veces, al final todo coincidía, excepto que, que el querubín que tenían delante, no aparecía por ningún lado en la lista.

—Bueno, Miguel, no sé cómo lo haremos, pero tal vez aún estemos a tiempo de enmendar este terrible error y luego nos marcharemos de aquí sin que nadie se dé cuenta —ninguno de los dos era capaz de entender lo que estaba pasando, pero sin duda algo había salido mal—. Primero que nada, ahuyenta a la estrella y busca algo con qué entretener y mantener callado al querubín mientras yo pienso en lo que vamos a hacer para salir de este enredo.

“Regalos del cielo”, por Ana María Ferreira P.