Regalos del Cielo • Ana María Ferreira P.
VI
¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Gabriel, siempre tan pulcro, estaba hecho un desastre, y con las manos temblorosas trataba de secarse el sudor que le cubría la frente. Miguel alejó a la estrella y luego trató de conseguir algo con qué distraer al querubín, pero como no había nada alrededor le dio las puntas de su largo cordón dorado, el que trataba de atar la toga alrededor de su amplia cintura.

Gabriel continuaba caminando de un lado a otro pensando hasta que, de pronto, tuvo una idea:

—¡Ya lo tengo!, Miguel, ¡ya lo tengo!, ven pronto, acércate y escúchame bien, sé que lo que te voy a pedir no está bien, pero es lo único que se me ocurre en este momento —Gabriel lo tomó por el cuello y, bajando la voz, casi susurrando, como para que nadie más lo escuchara, le explicó:—. Vas a ir a lo más alto de las colinas del Edén, donde se encuentra el Sagrado Templo Mayor; ahora no debe haber ni un alma allí, dentro entonces vas a entrar a la Nave Central, la más grande y alta, y vas a ubicarte en los archivos principales. Allí buscarás una gaveta bajo el título de “MORTALES”; la abres, allí deberás encontrar la carpeta con la lista de los que solicitan querubines así como sus direcciones. En cuanto la tengas en tus manos me la traes enseguida, ¿entendiste? —no hubo respuesta inmediata, porque Miguel lo miraba perplejo.

—¡Vamos!, no te me quedes mirando, apresúrate —dicho esto, Gabriel lo despachó con un leve empujón.

Miguel había escuchado aquellas palabras sin poder medir la magnitud real de lo que le estaba pidiendo Gabriel. Ni siquiera tuvo tiempo de pensar, simplemente se dio media vuelta y corrió lo más rápido que pudo atravesando nubes y sorteando cometas y estrellas mientras trataba de llegar a lo mas alto del Edén. Fue tal su carrera que apenas tuvo tiempo de detenerse cuando, de repente, se encontró frente a frente con los dos imponentes portones de la entrada del Sagrado Templo Mayor. Eran tan altos que parecían perderse en el infinito. Vacilante abrió sigilosamente uno de ellos, asomó primero la cabeza por si acaso y luego entró, dejándola entreabierta para cuando tuviera que salir o en caso de emergencia...

Delante de él, custodiada a ambos lados por dos inmensas figuras protectoras, se encontraba la antesala que daba acceso a la Nave Central del Sagrado Templo. La atravesó despacio y entró a la Nave Central; allí se sintió empequeñecido ante la grandeza del lugar. Sus altos techos eran obras de arte pintadas hermosamente por los grandes artistas de todas las épocas, las columnas que dominaban el lugar y que sostenían toda la Nave Central eran sumamente altas y blancas y estaban decoradas con elaborados relieves tallados a mano y perfectamente alineadas por todo el corredor cuyo piso brillaba tanto como el sol. Al final se encontraba el magnífico e imponente estrado, hecho del más fino oro y la más pura plata donde se sentaban, en grandes sillones de terciopelo rojo, cada una de las Autoridades Celestiales.

Al ver la magnitud de todo aquello Miguel se sintió mal, y hasta dudó por un instante sobre lo que estaba a punto de hacer, desafiar las Leyes Celestiales, pero también estaba su amistad con Gabriel y lo mucho que lo necesitaba, así que, a pesar de todo, decidió seguir adelante.

Los archivos eran estilizados y relucientes muebles blancos de seis gavetas cada uno. Se encontraban hacia la izquierda y la derecha del pasillo ordenados perfectamente entre las altas columnas blancas. Miguel, sumamente asustado, comenzó por los de la derecha, y mentalmente iba recitando los títulos que iba leyendo: “Mortales Católicos”, “Mortales Ateos”, “Iglesias del Mundo”, “Bendiciones”, “Castigos”... al leer este título tragó en seco pero continuó... “Santos”, “Ayudas”, “Solicitudes”...

—Por fin, aquí debe estar —susurró bajito mientras abría en silencio la gaveta. Siguió buscando, pasando sus temblorosos dedos por todas las carpetas, hasta dar con la de “Mortales Solicitantes”.

La sacó lentamente y, al tenerla en sus manos, se sintió algo aliviado, pero era tal su desesperación por marcharse del lugar que sin querer al cerrar la gaveta lo hizo de golpe, lo cual causó un sonido tan fuerte que resonó en toda la cavidad del Templo. Miguel, mirando hacia todos lados como esperando un ejército de guardianes, aferró la carpeta contra su pecho y, aterrado, corrió despavorido sin siquiera mirar atrás. Pasó por la antesala, cruzó el portón que había dejado abierto y lo cerró con descuido, y desapareció del lugar tal y como había aparecido, bajando las colinas del Edén llevándose por delante todo lo que se le atravesara en el camino.

“Regalos del cielo”, por Ana María Ferreira P.