Regalos del Cielo • Ana María Ferreira P.
VII
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Jadeante, casi sin aliento y mirando hacia atrás como si lo estuvieran persiguiendo, llegó al lugar donde impaciente lo esperaba Gabriel.

—¡Ay!, no sabes lo que me ha pasado allá arriba, resulta que yo entré y... —pero Gabriel no lo escuchaba, lo único que captaba su atención era la carpeta que Miguel había encontrado.

—¡Gracias, gracias, amigo! sabía que podía contar contigo —de un jalón se la arrebató, la abrió y, con manos temblorosas, comenzó a buscar un buen candidato.

—Veamos, éste no, éste tampoco, éste cambió de idea... ¡Ajá..! Aquí está, hay uno que reúne todos los requisitos, ahora necesitamos ponerle un nombre a la criatura, que por cierto casi se come la punta de mi cordón mientras tú no estabas. A ver, como está en una nube color rosa, debería llamarse... Susana, Adela, no, no... ¡Ana¡ ¿Qué te parece Ana?

Miguel lo miró algo resentido por su falta de delicadeza, pero como ya estaba más tranquilo lo pensó por un instante y luego le respondió:

—Ana, está bien, es precioso y apropiado para este querubín, además sabes que significa: “La Llena de Gracia”. Sí, sí, ese me gusta, ponle ese.

Gabriel continuó:

—Ahora vamos por la dirección del solicitante; a ver, a ver, aquí está, calle... —pero no le dio tiempo a terminar la frase, porque de pronto de la nada un profundo silencio envolvió el lugar y, de las alturas celestiales, un extraordinario resplandor se abrió paso a través del cielo, y con su cálida luz cubrió enteramente el espacio donde se encontraban los ángeles y el querubín.

Paralizados, Gabriel y Miguel observaron la escena con gran inquietud, pues sabían lo que estaba ocurriendo y quién se hacía presente. Gabriel susurró:

—Creo que nos pillaron, amigo, estamos acabados.

Con tristeza los dos tocaron sus alas como por última vez, bajaron la cabeza en señal de obediencia y se prepararon para aceptar con suma humildad y respeto el merecido regaño, así como, por supuesto, el merecido castigo. A todas éstas, el querubín que tenían delante se había entretenido tanto con los cordones de Miguel que, en vez de llevarlo atado a su cintura, ya iba bajando por sus caderas, quiso acomodárselo pero en ese momento se sintió incapaz de hacer cualquier movimiento que perturbase la seriedad del momento.

—¡Saludos, hijos míos!

La voz que escucharon distaba mucho de ser severa, más bien era cálida y afectuosa. Los ángeles se miraron sorprendidos y, aunque el temor disminuyó en sus corazones, con suma atención se dispusieron a recibir el mensaje que estaba por venir:

—Mis queridos ángeles, no os apenéis, no habéis hecho nada más que cumplir con vuestro deber, por lo cual os felicito como ya he felicitado a todos los demás. Este hermoso querubín que habéis encontrado no es un olvido vuestro ni un error en la lista. He sido Yo mismo quien lo ha colocado sobre esa nube y quien ha pedido a una estrella del firmamento que lo entretuviera por un momento. No pudo partir antes porque aún no estaba listo ni era el momento indicado, pero ha llegado la hora de entregarlo a quienes con tanta paciencia lo han estado esperando. Su nombre será Paloma, ave mensajera de paz y de ventura que habrá de anidar en el corazón de quienes tanto la ansían. Por tanto, no os preocupéis más, que de este querubín he de encargarme Yo personalmente, así que, no temáis más por vuestras alas y marchaos ya, mis fieles ángeles, que el descanso os lo tenéis bien merecido. ¡Ah..!, esperad un momento, por favor, que hay algo más. Primero, para ti, Miguel, tengo algo especial, aparte de lo valiente y bondadoso que eres he visto lo bien que has trabajado, por tanto creo que te has ganado unos puntos extras que, sumados a los que ya tenías, te hacen merecedor del honor de ser, de ahora en adelante, un Ángel Guardián. ¡Felicidades, mi querido ángel! Segundo, y no menos importante, aparte de tu descabellada idea, Gabriel, de todos es sabido que para entrar al Sagrado Templo Mayor se necesita ser llamado o tener cita previa, o sea, entrar sin permiso amerita una seria amonestación. Pero, en este caso especial, he tratado de convencer a las demás autoridades del Templo de su inocencia, porque no ha sido entera vuestra culpa aunque de ninguna manera justifico lo que hicieron. A partir de hoy, que quede claro, no olvidéis nunca que siempre hay una razón para todas las cosas que suceden a nuestro alrededor. Ahora sí, aprovechad vuestra suerte y marchaos, ya que aún me queda mucho por hacer y también Yo he de partir.

Con estas últimas palabras la luz fue desapareciendo tal y como había aparecido, en profundo silencio, llevándose con ella al hermoso querubín, tan aferrado a la punta del cordón de Miguel que terminó por llevárselo también y, al mismo tiempo, como por arte de magia, la carpeta de los solicitantes también desapareció.

—¡UF! ¡Qué maravilla! Qué susto que hemos pasado, Miguel, de la que nos hemos salvado, amigo mío, y además eres todo un Ángel Guardián, te lo tienes bien merecido, te felicito.

Pero Miguel no lo escuchaba; estaba tan sorprendido que aún no salía de su asombro, hasta que sintió el espaldarazo de Gabriel.

—¡Vaya! Soy nada menos que un Ángel Guardián, ¿verdad? ¡Ya verás! Seré el mejor y todos los querubines que habitan en el mundo entero estarán seguros bajo mi protección, y en las noches me brindarán el deleite de escucharlos cuando me reciten esa oración que tanto me gusta: “¡Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni...” —no pudo continuar; tanta emoción lo conmovió a tal punto que tuvo que usar la larga manga de su blanca toga para enjugarse las lágrimas y sonarse la nariz.

—Vamos, Miguel, tú serás el mejor de los guardianes, pero recuerda que hemos pasado un buen susto, menos mal que no pasó de ahí, porque estuvimos a punto de hacer una locura, además estoy muy cansado y ya es hora de irnos como bien nos han pedido. Sólo espero que en el camino no encontremos ninguna otra sorpresita —terminó diciendo mientras echaba una discreta miradita a los alrededores.

A medida que se iban alejando, arriba, muy alto en el cielo, se escuchaba el eco de sus angelicales voces canturreando alabanzas plenas de gozo, que no hacían más que alborotar la paz del firmamento. Bueno, en honor a la verdad sus voces no eran para nada angelicales, más bien eran bastante desafinadas, o sea, sin ton ni son. Por esa razón jamás habían sido invitados a participar en el Coro de Ángeles Celestiales.

Después de un rato volvió la calma, por lo que todos asumieron que ese par de ruidosos ángeles habría llegado al final de su camino y que por fin descansarían de tanto desatino, pero lamentablemente tal suerte no les duró mucho tiempo. En medio de un profundo silencio se escuchó un gran estruendo que estremeció hasta la más lejana estrella del firmamento.

Gabriel y Miguel habían vuelto a unir sus voces para concluir sus alabanzas con un desafinado ¡ALELUYA! (y no precisamente el de Mendelsohn), acompañados por el eco de una gran carcajada...

“Regalos del cielo”, por Ana María Ferreira P.