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I

Algo hay que nos roe
y nos cierra la vértebra del miedo.
Hay que saber saltar sobre los llanos,
llamar
por su nombre a las cosas.
Nadie está libre de vacíos
ni se siente más nadie que ninguno.

II

Sí.
Es tan pequeño el nombre del secreto
que la pereza impide todo cambio.
Al alba llamará tanta calandria
y sentirá por fin que no está entera.
Es su tristeza el germen del poema,
este poema en danza sobre un sable,
sobre el hilo de ariadna o flor de harina,
donde ser sin sentir es todo un lujo.

III

Pálido es el corazón de las tinieblas,
la coraza del día,
el dolor del sencillo asentimiento.
Sobre todo la imagen descarnada
de los huesos sin sangre originaria.
Sobre todo el agua semejante.
Sobre todo el imán.
Sobre todo la nada en tanto aire.
Sí,
lo pequeño es tan dado a lo terrible,
a esta inmensidad de vicio chico,
al infinito aroma del silencio.

IV

Para vivir
no nos basta el recuerdo,
ni el futuro nos hace más precisos.
Sólo la duda llena
el silencio de frío y de cenizas.

V

Quizás,
tal vez,
no sé,
hay algo
que se hace sentir en cada línea,
que me habla de ti,
de esos días sin álgebras de lino
cuando el alma existía sin ayuda.

VI

También yo he sido niño.
Me dormía llorando y cada noche
creía que al final no era el adulto.

VII

Y si al fin ha de ser la voz de un mago
la que nos salve de esta certidumbre,
del pánico a la noche
y al día que nos halle diminutos.
Nadie está entonces libre del pecado
de esperar demasiado del ayer
ni de sentirse a salvo de secretos.

VIII

Hace historias que hablo
y nadie escuchará hasta hace siglos.
Es tan triste escribir
sabiendo que no hay nadie frente al mundo.
Era niño y temía
del silencio las sílabas y el llanto
de los ángeles líquidos.
Surge desde el principio esta palabra,
esta palabra inútil,
esta palabra alzada del vacío,
esta palabra intensamente tuya,
enteramente tuyo entre tus dedos.

IX

Cómo explicar al fin lo inexplicable,
cómo contarle al caos qué es el orden.
Quizás,
tal vez,
no sé,
o nada sirve
si es que la multitud nos atenaza.

X

Debemos conservar las esperanzas
de alcanzar lo imperfecto.
La trampa es aguardar a que algo llegue,
pues no llega la muerte para amarse.
Sí.
Nadie ha de ser más nadie que ninguno
más que aquél que se vive desde lejos.

XI

Y si el aliento falta,
es tan tonto pensar en las sirenas
como abrir el pulmón hasta los dientes.
Es ese algo ausente lo que hiere,
lo que hace sentirse despoblado.
Es la tristeza misma la que duele.