
5
I
El despertar del sol en la ciudad dorada
II
Se está quedando calvo.
III
Tantos años de muerte cotidiana,
IV
Las dos hojas cubiertas por la espuma
V
Sobre su desnudez, culebras infinitas
VI
Si con humo tejiera sus vestidos
VII
Estos hombres venecia, hasta el sueño sumidos
sobre la piedra extiende su caricia viscosa.
Los hijos de los tiempos se desprenden del barro
de sus últimos sueños.
La lividez del aire en su mirada ausente
penetra en sus gargantas, y sus lenguas
inquietas se revuelven
para dar vida al día que transitan.
Desayunan los verbos insípidos del alba
y reponen sus fuerzas delante del espejo.
En la pared el tiempo palpita igual que siempre.
Tres caries le carcomen el azogue
que fue blanco algún día.
En su pecho un reloj
regula las mareas del deseo.
Como cada mañana le sorprende
la mirada marchita de su imagen,
y se pregunta al fin
si es más feliz la vida al otro lado,
si el espejo separa
realidades contiguas o dispares.
con el alma vendida
por un plato a la mesa y un lugar en el lecho,
han gastado su fe y solamente
ante el espejo puede sentirse renacido.
Pero Sísifo sabe que la vida es eterna
repetición de muertes semejantes,
que sólo son posibles
las verdades ajenas, como el agua,
siempre igual, es distinta
y sin embargo es siempre el mismo miedo.
a su cara despojan de una sombra incipiente,
mientras piensa en lo absurdo de este rito sangriento
que la naturaleza destruye cada día.
La fuerza de los actos cotidianos impone
su camino a la mano.
Desinfecta su rostro.
El papel leve bebe la venganza del cuerpo.
que devoran los restos de otro día vacío
resbalan y retoman su camino hacia el fango
y vuelven a ser una, y vuelven a ser río,
y manan, se evaporan y caen sobre la piedra
de otra ciudad ajena donde todo es igual,
donde todos se viven sin saberse simétricos,
sin sentir como el alma se les va día a día
por un ávido ojo, desagüe de la ducha.
no serían tan leves como lo es su mano
cuando lenta abotona la camisa,
cuando la cremallera cierra sobre su centro
de gravedad doliente y abatida
y anuda la corbata alrededor del tedio.
en la rutina hiriente de los seres perfectos,
en la voz inaudible del narrador palpitan.
Desgajado del barro, perdidas las raíces,
este bosque errabundo, saturnal, multiforme,
vaga por las estancias de la ciudad rumiante.
Estos hombres venecia,
estos tristes objetos cotidianos,
estos tristes objetos de la historia,
que se creen engendrados por un dios impasible,
y se sienten por ello irrepetibles, únicos,
estos hombres desiertos,
estos hombres función,
estos seres de paja,
estos seres iguales, monótonos, fungibles,
caminan por las calles igual que las tormentas,
y pasan por el mundo como pasan los ríos.