No sé cuál será mi estado natural
tal vez
el barro.
Ahora,
cuando estamos en el mismo tren
la misma olvidada camisa
será camisa papel
camisa de nada.
¿Qué puede haber tras las paredes?
¿Tras los rostros indecisos
de las sombras
de la tarde
cargada de nombres?
Que todo sea
como las olas lo sembraron.
No sé si soy yo.
Palpo mis pies rozando el empedrado.
Tuvimos que callar
contar hasta el fin
volver.
Materia mía
no estás en mí
sino en el aire
óvalo de vida
razón sin epitafio
baile de sombras que escriben sombras.
Tocar la puerta buscándome,
romper el ruido,
no estar.
Luego,
lo oscuro del olvido
mi cabello
mis manos en lo incierto del barro.
Ya no más.
Todo ha sido sobre las hojas deslumbrantes.
Ven.
No dejes de venir.
Después de un aullido
de fuego de memorias
quién diría que no somos todavía
las luces del azul.
Seremos lo que nos ata
lo que nos dobla
lo que nos deja siempre.
Que vuelva el tiempo,
las hojas que se queden en el amarillo del cielo.
Mi único ritual,
hablar ahora.
Un paso,
una elocuencia lógica
podemos acabar callados
olvidados en la misma recurrencia.
Busco algo de mí
para hilvanar esta tierra,
digo y desdigo mi muerte,
cada momento sospecho mi silencio.
El andar de mi piel
lleva todavía los restos de algún latido,
de alguna hoja muerta.
La sangre quiere añadirse a las horas
al tiempo horadado por rumores
de sombras maquilladas.
La sangre guarda en su lecho
un poco de flores.
Y una voz
repite nuestras voces en un eco remoto
que no habla
pero afirma el secreto de los días.
No esperaré mi voz
no confundiré mi espacio con las nubes
por ahora,
las palabras llegaron al punto de partida.