Salmos compulsivos por la ciudad • José Carlos De Nóbrega
De soledades, pachucos y buenos salvajes

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La soledad americana revisitada

“Siempre ha de ser pobre la imaginación del cronista embelesado, frente a la realidad abrumadora de los hechos. Cada mentira que se estampa en las crónicas apenas es como una florecilla decorativa que juega sobre los músculos brutales del rudo capitán, o que se mece trémula e inofensiva sobre la vorágine auténtica de la selva tropical”.

Germán Arciniegas.

Se habla de la soledad americana a partir del proceso de conquista que asoló estas tierras y diezmó a la población originaria del continente, amén de la destrucción de una parte considerable de sus manifestaciones y objetos culturales propios. Resulta sintomático el caso de la conquista de México llevada a cabo por Hernán Cortés, de la cual comentaba Bernal Díaz del Castillo (1974):

“(...) porque ¿qué hombres ha habido en el mundo que osasen entrar cuatrocientos soldados, y aún no llegábamos a ellos, en una fuerte ciudad como es México, que es mayor que Venecia, estando apartados de nuestra Castilla sobre más de mil y quinientas leguas, y prender a un tan gran señor y hacer justicia de sus capitanes delante de él? Porque hay mucho que ponderar en ello, y no ansí secamente como yo lo digo, pasaré adelante...” (p. 285).

Lo que cuenta no es la rotunda victoria militar española relatada por sus cronistas y apólogos, sino más bien la épica de la desesperanza y la desilusión vivida en carne y hueso por los vencidos, los aztecas, quienes vieron desmoronarse los cimientos de su aquilatada civilización. El profesor Rogelio Esteller (1979) lo pone en obscena evidencia:

“La civilización azteca sólo comenzaba su ascenso victorioso cuando los forasteros, tenidos como dioses o teules por los méxicas en un principio, todo lo turbaron. De pronto aquel mundo que hizo pensar a Bernal Díaz en las cosas de encantamiento contadas en el libro de Amadís, saltó hecho pedazos” (p. 24).

Los aztecas experimentaron un peculiar estado de extrañamiento y abandono teológico, cosmológico y espiritual que se ha prolongado hasta esta resaca que es la Postmodernidad. Ha mediado, por supuesto, el proceso colonizador y de mestizaje racial, religioso y cultural que consolidó la condición bastarda del ser latinoamericano en el coito libertino del español con indias y negras. La bastardía implicaría posteriormente la conducta parricida de los libertadores en la consolidación de las repúblicas que van de México al Río de la Plata.

Hace más de cincuenta años, el poeta Octavio Paz abordó tal fenómeno de disgregación ontológica en la manada al publicar El laberinto de la soledad (1950). Al respecto, destaca Enrique Krauze (2000): “Nadie en México, salvo Octavio Paz, había visto en la palabra soledad un rasgo constitutivo, esencial digamos, del país y sus hombres, de su cultura y su historia” (p. 20). Si bien se centra en el caso mexicano, el resto de la América hispana se dejaría enseñorear por esa peculiar manera de estar solo en el colorido, soporífero y variopinto ámbito tropical. Ello sin excluir sus alcances en tanto problemática existencial del hombre universal: “El hombre es nostalgia y búsqueda de comunión. Por eso cada vez que se siente a sí mismo se siente como carencia de otro, como soledad” (Octavio Paz, 1978, p. 175). En lo que toca al ser latinoamericano, se percibe como un estado de orfandad, salvaje y vengador en unos momentos, lánguido en otros. Valga este paréntesis: la comunión esperanzada que era la revolución mexicana por un lado, y los setenta años del imperio clientelar del PRI como su detritus y antítesis. En tal sentido, Héctor Murena (2004) es por demás lapidario: “La soledad, con sus múltiples emisarios, pesa sobre nosotros y nos deforma. (...) ese sentimiento que lleva la impronta de esta soledad sin par, es el sentimiento que nos distingue, es nuestro sentimiento nacional” (p. 85). Invade la cultura popular sin piedad. Tal es la dialéctica del enmascaramiento en la festividad: “Y es significativo que un país tan triste como el nuestro tenga tantas y tan alegres fiestas” (Octavio Paz, 1978, p. 47). El hombre de a pie, envuelto en el vaho alcohólico y en el lúbrico efluvio vaginal, no hace más que gritar su soledad al mundo. La fiesta, la libación y la danza desatadas hasta el amanecer, los chistes y denuestos adobados por el chile de la coprolalia y la violencia machista, son apenas sucedáneos por medio de los cuales se pretende evadir la soledad durante los fines de semana. Al igual que la ilusoria alegría del carnaval de Río de Janeiro: detrás de las comparsas que se pasean contoneándose en el sambódromo, luego de un año de preparativos, viene aparejada la realidad patente en el retorno a la miseria rutinaria.

Un personaje arquetípico latinoamericano que ilustra una de las aristas de nuestra soledad, es el pachuco. Su desenfadado vestir, esa terca asunción de no ser ni mexicano ni gringo, la orgullosa y paradójica condición de sentirse distinto y —por ende— excluido, anteceden otras modalidades conductuales tales como las del niuyorrican y el crossover, bien conocidas en la actualidad. Su referente cinematográfico y tutelar fue encarnado por el actor mexicano Germán Valdés, Tin Tan, otro de los héroes enmascarados de México, esta vez en la indumentaria, el habla y el estilo, al igual que los luchadores El Santo y Blue Demon. Es muy curioso que el actor no aceptara de buenas a primeras el nombre artístico, onomatopeya del sonido de la campana o el cencerro, pues presentía ser víctima de la coprolalia mexicana: chinga a tu madre haciendo sonar el cencerro que lleva al cuello. El pachuco, muy a su pesar, es otro de los hijos de la Malinche, la amante de Cortés: “La Chingada es la Madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El ‘hijo de la Chingada’ es el engendro de la violación, del rapto o de la burla” (Octavio Paz, 1978, p. 72). Se sublima la bastardía a través del culto a la Virgen de Guadalupe, intercesora entre los mexicanos y un Dios en consecuencia más accesible. Tal orfandad es vivida y sufrida en soledad, en el contrasentido de las máscaras que intentan ocultar la mácula, la condición y el estigma de ser un hijo de puta.

En otro orden de ideas, abundan en nuestra historia los casos de políticos y artistas latinoamericanos sumidos en la soledad. La connotación redunda en el fracaso de los proyectos políticos de largo aliento (la Colombeia Mirandina o la Gran Colombia Bolivariana), truncados en un contexto de mezquindad partidista, caudillista y personal. Se suman los nombres de Francisco de Miranda, Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Manuelita Sáenz. La literatura registra ese cerco en soledad si consideramos casos como los de Juan Rulfo, Arguedas y, en especial, César Vallejo. Es el exilio y la exclusión del escenario político y estético convencional.

Permítase —en este punto— una reflexión sobre Aura, noveleta de Carlos Fuentes en la que se recrean los demonios del alma mexicana que se aturde en soledad. El número 815 de la calle Donceles, más que la vetusta y anticuada casa de la viuda del general Llorente, es el ámbito intemporal en el cual pasean su desgracia los personajes. Constituye un mundo aparte, enclave de la soledad y la desesperanza, que ratifica el cordón umbilical, no cíclico —allí es imposible el mito de la Edad de Oro cantada por Virgilio— , habido entre el presente y el pasado. El oropel patente en el francés decadente del general Llorente manifiesta no sólo la caída del emperador Maximiliano de Habsburgo en México, sino también la falsa conciencia —cebada en la nostalgia— de su mismísima viuda, atrapada en un culto onanístico y piadoso que repite ad infinitum:

“Ella no te habrá escuchado, porque la descubres hincada ante ese muro de las devociones, con la cabeza apoyada contra los puños cerrados. (...) piensas en el roce continuo de la tosca lana sobre la piel, hasta que ella levanta los puños y pega al aire sin fuerzas, como si librara una batalla contra las imágenes que, al acercarte, empiezas a distinguir: Cristo, María, San Sebastián, Santa Lucía, el Arcángel Miguel, los demonios sonrientes, los únicos sonrientes en esta iconografía del dolor y la cólera” (Fuentes, 1981, página 27).

He allí una referencia a la tirantez entre la revolución mexicana y la Iglesia Católica: el 16 de julio de 1928, el general Obregón, hasta entonces sobreviviente de la Pandilla Salvaje y Mítica de la Revolución, murió abaleado por un fanático católico. Lo cual ensangrentó al país en la barbarie de caudillos y cristeros, estigma violento que aún soporta sobre sí el pueblo mexicano (no dejemos de lado que un arzobispo de Puebla había sido asesinado muchos años después, en la también apóstata —respecto al antecedente revolucionario— impiedad de la gestión de Salinas de Gortari). Por lo tanto, pese al relativo marco fantástico de la narración, Fuentes no obvia su preocupación por la historiografía mexicana evidente y perseverante a lo largo de su obra. El nudo gordiano radica en el envilecimiento de la conciencia histórica por la simulación.

Aprovechando esta ocasión, permítasenos citar a Octavio Paz:

“La simulación, que no acude a nuestra pasividad, sino que exige una invención activa y que se recrea a sí misma a cada instante, es una de nuestras formas de conducta habituales. Mentimos por placer y fantasía, sí, como todos los pueblos imaginativos, pero también para ocultarnos y ponernos al abrigo de los intrusos. La mentira posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, el amor, la amistad. Con ella no pretendemos nada más engañar a los demás, sino a nosotros mismos. De ahí su fertilidad y lo que distingue a nuestras mentiras de las groseras invenciones de otros pueblos. La mentira es un juego trágico, en el que arriesgamos parte de nuestro ser. Por eso es estéril su denuncia” (Paz, 1978, página 36).

Esta larga cita viene a colación en el estridente y cerrado mundo expuesto a la intemperie que es el 815 de la calle Donceles. Es máscara e impermeable cáscara que esgrime el mexicano medio bajo el oprobioso fardo de su soledad. Lo cual se extiende en las idas y vueltas compulsivas que agobian el hecho escritural, no importa el género: “Revisas todo el día los papeles, pasando en limpio los párrafos que piensas retener, redactando de nuevo los que te parecen débiles, fumando cigarrillo tras cigarrillo y reflexionando que debes espaciar tu trabajo para que la canonjía se prolongue lo más posible” (Fuentes, 1981, página 33). Las memorias del general Llorente son el espejo y la muñeca rusa que embargan a Felipe Montero en el presente y el inquietante futuro novelado, hasta el punto de descubrirse en aquel otro yo. Aura viene a ser una emulsión de la viuda y nada más, pues su danza caótica y rota remeda a la sobrina degollando —sin duda en un rito propiciatorio respecto a la relatividad del tiempo— a un macho cabrío, otro detalle que nos remite al discurso terrorífico: la sustitución de nuestro cuerpo pecaminoso por el otro, víctima necesaria del sacrificio. De tal manera, Fuentes excita y perturba nuestros sentidos.

Valgan, como cierre en suspenso, estos versos de Vallejo (1979) que se explayan en su soledad andina vivida en el París de 1936:

De todo esto yo soy el único que parte.
De este banco me voy, de mis calzones,
de mi gran situación, de mis acciones,
de mi número hendido parte a parte,
de todo esto yo soy el único que parte.

De los Campos Elíseos o al dar la vuelta
la extraña callejuela de la Luna,
mi defunción se va, parte mi cuna,
y, rodeada de gente, sola, suelta,
mi semejanza humana dáse vuelta
y despacha sus sombras una a una.

Y me alejo de todo, porque todo
se queda para hacer la coartada:
mi zapato, su ojal, también su lodo
y hasta la doblez del codo
de mi propia camisa abotonada.

 

Referencias bibliográficas

  • Arciniegas, Germán (1974). Estudio preliminar en Historiadores de Indias. USA: Grolier-Jackson.
  • Díaz del Castillo, Bernal y otros (1974). Historiadores de Indias. USA: Grolier-Jackson.
  • Esteller, Rogelio (1979). La expresión de la muerte en el mundo azteca prehispánico. Valencia, Venezuela: Ediciones del Rectorado, Universidad de Carabobo.
  • Fuentes, Carlos (1981). Aura. México: ERA.
  • Krauze, Enrique (2000). “La soledad del laberinto”. En Letras Libres, México, octubre de 2000, año II, número 22. Páginas 20-27.
  • Murena, Héctor (2004). El pecado original de América. Maracaibo: Universidad Católica Cecilio Acosta.
  • Paz, Octavio (1978). El laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica.
  • Vallejo, César (1979). Obra poética completa. Caracas: Biblioteca Ayacucho.