Como todas aquellas noches de luminares celestes, subía el vapor de los calderos y bajaba el nublado de la sierra. Se podía entrever el humeante horizonte desde el puesto de guarda vecino a mi caldero. El aire frío se templaba un algo con el olor a las tortillas de maíz blanco que nos habíamos acostumbrado a comer. Eran ya meses de espera en lugares tan apartados de nuestros terruños. Había, los más días, provisión de gallinas de la tierra y huevos, calabazas y unas frutas espinosas por fuera como las que asábamos en Cuba, meses atrás, antes de llegar a la Veracruz.
Estábamos todos la barba al hombro, temiendo alguna zagalagarda de los tlaxcatecas, nuestros amigos por necesidad. “Que cabra coja no tome siesta”, decía nuestro capitán.
Yo me guarecía con una manta basta sobre mi cabeza para resguardarla del frío y, a falta de alpargatas de suela entera, andaba presto sobre esta tierra rojiza que se pega a los pies. Dejando a buen recaudo mi caballo overo, mi sola posesión, siempre curaba de llevar un botijo de agua fresca, un ámpula de suero poderoso contra el veneno de sierpe y, por única vitualla, un menudo amasijo de plantas para el mal de estómago que a tantos aquejaba y que, siquier por suerte si por prudencia, yo nunca había padecido; mas, en cuanto a alimento, no llevaba ninguno. Como todos los de mi sangre, estaba hecho a comer sin llenarme, para andar ligero. De mi padre heredé poco más que una de las piedras de rayo que usaba el curandero de nuestro pueblo y, por tratarse de una pieza pequeña, la había llevado colgada al cuello de cuando mis doce años, en que me desgarré, como dicen los muchachos, de mi terruño, para no volver. Siempre fui ligero de pies desde mi mocedad de pastor en las montañas del Bierzo, y siempre de mucho caminar, de poco dormir y menos comer. Pasados los años mozos, me importaba algo andar descargado por estas desperdigadas tierras.
Cuando el día menguaba me ponía en camino hacia la serranía llevando conmigo mi baraja y mi librillo en la petaca y salía del real sin ser de nadie notado. Así, mientras mis compañeros consumíanse de cuidados y temores pensando qué nos guardaría la suerte una vez saliéramos de aquella provincia de Tepeaca, yo procuraba hacerme de la compañía de dos indios, naturales de ella, a quienes había curado las heridas cuando nos atacaron en lo de las puentes a la salida de México, muerto ya Mucteczuoma. Eran estos indios dos curanderos que, protegidos de Malintzin, habían quedado escondidos de nuestros amigos de Tlaxcala junto a la calzada de Iztapalapa en el real que habían levantado los tlaxcatecas. Harto sabían ambos de astrología por lo que pude barruntar de las señales y cometas que me describieron y aun de sinfín de hierbas milagrosas de los montes circunvecinos al lugar, para tratar toda manera de dolencia y hasta del mal de madre que acució a las indias desque llegamos, salvo de curar heridas de espada o lanza, donde la suerte quiso desconocieran toda ciencia sobre ello y así pude entrar yo a valelles, guiado por la extrañeza de sus protestas, pues no entendían qué mano habíase vuelto contra ellos, aquella noche medrosa, con intención de les matar.
Cuando los suyos buscaron alianza con México para darnos batalla conjuntamente, los dos curanderos no quisieron juntárseles y ello por haber visto señales en la tierra y en las plantas sobre lo que acontecería a los mexicas pasado el tiempo, tras lo de la batalla que nos dieron en las puentes de Otumba, de cómo toda aquella alteza devendría en ruina. Tras no poco cavilar, quisiéronselo ellos dos tratar de hacer llegar a oídos del gran Moctecuzuoma, meses ha, por medio de emisarios que le portaron el maíz disforme y las yerbas novedosas que habían sido halladas en los montes de Tepeaca. Mas él se las había recebido e tenido a mal y ansí había enviado a ciertos sobrinos suyos hechiceros a que buscaran y trajeran ante su temible presencia al mentado par de hue-hues tepeaqueños, que placíase de motejarles de viejos aunque no lo fueran. Velaba por entonces este gran señor en la casa negra de la antigua Tenochtitlan, envuelto en humo de copal, los libros abiertos en el suelo. Muerto Moctezuma, decidieron salir de su escondite y volver presto a su pueblo a espera de lo que sucediera; mas esa noche fueron heridos con fierro ante mis mismos ojos y viles caer como de mano invisible, sus menguadas y flacas figuras por el terroso suelo del real. Las cartas de la baraja una vez más me habían sabido servir. Anunciándome la venida de estos dos curanderos estrelleros y de varios fenómenos naturales, aunque extraños, que, decían las cartas, habrían de ocurrir; uno de ellos duraría allende el mar y el tiempo.
Con todo y por mucho que seguí encareciéndoles me lo revelaran, nunca pude conocer cuál; muy en balde era mi porfiar, que ellos mismos lo desconocían. Una vez recuperados de sus heridas, se les hizo costumbre el sentarse a mi vera en el suelo frente a mi caldero de hierbas digestivas a deprender juntos los unos de los otros palabras, unas en su lengua y otras castellanas, para las partes del cuerpo y para las dolencias y curas dél.
¡Yaotll! Tlacatle, totecue, tloquee, naoaquee, iooalle, checatle: a ca nelle ca axcan, myxpantzinco nyquyztiuytz, myxpantzinco nacitiuytz, myxpantzinco nytlacueiacxoluytiuytz, nytlaviltectiuytz: in nymaceoallli ananyqualli... Tlacatle, totecoe, in mahan piltontli, conetontli, in atl, in tepetl: aço oquycac, aço omononotz...
¡Enemigo! ¡Oh dueño, Oh Señor, Oh señor de lo cercano, de lo lejano [el que está junto a todo y junto al cual todo está]. Oh noche, Oh viento [invisible, impalpable]! En verdad ahora yo [me atrevo a] vengo a aparecer ante Ti, a allegarme junto a Ti. Será la manera de mi hablar como quien va saltando camellones, o andando de lado... ¡Oh dueño, oh señor, la ciudad [nuestra] es un bebé, un infante! Por ventura acaso ha escuchado, acaso se ha exhortado a sí misma...
Andando los días y las semanas, pude tenerlos a mi lado de ayudantes, en calidad de aprovisionadores del real, y, al caer cada noche, junto al fuego, mostrarles las propiedades de las gemas de mi anillo de amatistas que me protegía la salud de mi mano derecha, la de la espada, del orín de hierro. Descubrí junto a ellos lo que era volver a ser muchacho. Les mostré la pólvora, la pimienta y las otras especias preciosas e aun, cierta vez que supe hacerme con ello, del agua de solimán. Siempre me guardaron cierta reverencia.
En cambio Bernal nos miraba socarrón, quizá riéndose para sí de nuestros esfuerzos. Pero a mí no se me daba en nada tal risa mordida, pues ante mis ojos tenía todavía las pepitas de naranjo que plantó su esperanza en el polvo junto a la pared de un cú y las muchas instrucciones que dio a los sacerdotes o papas del lugar para que cuidaran de que no se lo comieran las hormigas. Es común condición de los hombres de razón, el no contentarse con batallar, sino querer dejar algo propio en el lugar a vez que llevarse algo del mismo. El mismo toma y daca nos traíamos él con los papas, como yo con los dos indios. Poco antes de que el sol cayera, como una naranja en el polvo de Tabasco y en el de Tepeaca, recogía yo mis cosas y me disponía a sentarme junto a mis dos indios despojados y a mirarme en sus ojos de espejo humeante y opaco. Tezcatlipoca. Todo lo miraban y todo lo escuchaban con suma atención y agudo genio. Pasaban las lunas.
Acaso, en medio de mis lecciones señalaban con un gesto mudo, a Cortés que se paseaba por la empalizada con la cabeza descubierta y espeluncada al relente de la noche, sin poder dormir. Le había dado la Malintzin regalada a Don Pedro Puertocarrero para que la desflorara y luego, cuando supo, por el fraile mercedario, que no ganaría México sin ella, se la había pedido de vuelta y el joven asintió como si Marina no valiera nada, como si no fuera la mujer más casta, valiente y hermosa de estas tierras, la única de la que no me atrevo a tener ni un mal pensamiento. Yo asentía sonreído, cubierta mi calva con la raída manta y, mitad por signos mitad en palabras, comulgaba con ellos: “Sí; el capitán Malinche también puede enfermar y herirse como nosotros; también él puede morir”. Pero ambos los dos, inmóvil el cuerpo aunque desasosegados los ojos, no reían conmigo, como si recordaran de un mal sueño, que diría el poeta.
Sabía yo, por las cartas, que Cortés había de tener muchos trabajos y ello hasta ser desposeído de su honra y que, por su denostado empeño y el de su valido en Corte, el duque de Béjar, luego había de recobrarla con creces, llegando así a ser señor de mucha renta y de una mujer española, moza y de muy alta cuna, y desta arte se lo había dicho, curando que no estuvieran presentes algunos de mis compañeros hidalgos. Malinche, la esforzada Doña Marina, con su hijo a cuestas, no parecía curarse dello. Sus ojos, granos de cacao oscuro fermentado, su faz un ánfora, y su ser entero un altar ante el cual de nuevo depositaba Cortés su diaria ofrenda. El capitán era hombre muy cuidadoso de las apariencias. Llevaba a todas horas la barba lavada y decía todos los días sus cuentas fervorosamente ante la Virgen. Un poco rala la su barba, había de cuidarla y regalarla mucho. Para que nadie se le desmandara, sufría la hambre en silencio y lo aguantaba sin maldecir ni decir chocarrerías de soldado; lo que no sufría era que ninguno se permitiera una blasfemia o un chiste de sodomías ante su presencia.
Gozaba yo de merecida fama de hombre de buena pro y algo latino; confiaba entonces en que el capitán Malinche como le llamaban, el hue-hue de Malintzin, el viejo de Malinche, se holgaría mucho de mi información, en lo cual no cometí mayor yerro, salvo en confiarle lo de su esposa Catalina a quien las cartas marcaban como ave agorera en el camino de Cortés. A solas, la cabeza descubierta ante su presencia, él sentado y yo de pie al principio, osé decirle finalmente, solicitando antes repetidas veces su venia a mor de advertimiento, que en las cartas había visto que Catalina la Marcaida había de morir envenenada por unas hierbas de este lugar, una vez saliese de Cuba en pos del marido y, en diciéndole esto, tornó a ponerse pensativo, mas luego tornó a mirarme muy más fijamente. Me demandó por mis desapercibidas salidas nocturnas del real y, pues yo le hice saber que iba a por hierbas y a aprender curas de unos indios cristianados de los montes cercanos a Tepeaca, al trasponer los maizales, me solicitó suave y amorosamente, con palabras harto mansas, que le mantuviera informado de cuanto aprendiera de mis indios y que desde ya me los daba para que los herrara como a esclavos con la “G” de guerra, si ello apetecía, pues “recordad que esta gente nos guisa en calderos y come nuestras carnes”. Yo con templadas razones me negué a herrarlos, aduciéndole que eran éstos de los que habían avisado a Montezuoma sobre la caída de México, muy valiosos por su sabiduría natural, y muy en guisa de lealtad conmigo desque hube de salvar sus vidas. Apremiados por la llegada del fraile de la Merced cuyos pasos ya se oían junto a nos, acordamos que, pues éramos algo deudos por parte de nuestras madres, yo le informaría a Cortés, muy a sazón y prolijidad, de cuanto supiera y que él, de lo suyo, “sabed Blas que os juro en mi conciencia”, como él solía, que cuidaría de que yo no fuera importunado por las guardas y velas del real, ni en mis salidas ni en mis entradas. De lejos, víamos el humo de los cúes subir hasta las estrellas de México.
Pues al astrólogo Botello no le aprovechó su astrología, que también allí murió con su caballo. Pasemos adelante y diré cómo se hallaron en una petaca deste Botello, después que estuvimos en salvo, unos papeles como libro, con cifras y rayas y apuntamientos y señales, que decía en ellas: “Si me he de morir aquí en esta triste guerra en poder destos perros indios”. Y decía en otras rayas y cifras más adelante: No morirás. Y tornaba a decir en otras cifras y rayas y apuntamientos: Sí morirás. Y respondía la otra raya: No morirás. Y decía en otra parte: Si me han de matar también mi caballo. Decía adelante: Sí matarán. Y de esta manera tenía otras como cifras y a manera de suertes que hablaban unas letras contra otras en aquellos papeles, que era como libro chico. Y también se halló en la petaca una natura como de hombre, de obra de un jeme hecha de baldres, ni más ni menos, al parecer, de natura de hombre, y tenía dentro como una borra de lana de tundidor. (Bernal Díaz del Castillo; Historia verdadera de la conquista de la Nueva España; cap. cxxviii).1
Así pues con cifras y rayas y apuntamientos y señales salí de Tepeaca, ni más ni menos, como lo habían dicho claramente las cartas: un prodigio pequeño; pero prodigio, sin duda, el que lo pequeño logre subsistir la adversidad.
- Del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: “jeme”, “baldres”, “natura”.
jeme. (Del lat. semis, mitad). 1. m. Distancia que hay desde la extremidad del dedo pulgar a la del índice, separado el uno del otro todo lo posible. 2. m. coloq. palmito. Tiene buen jeme. 3. m. Hond. Medida de longitud para plantas, equivalente a unos doce centímetros.
baldre. No aparece en el Diccionario de la RAE.
natura. (Del lat. natura). 1. f. naturaleza. 2. f. Mús. Escala natural del modo mayor. 3. f. p. us. Partes genitales. 4. f. ant. Conjunto de cosas semejantes por tener uno o varios caracteres comunes.