Habiendo vivido en Toledo entre conversos y moriscos, no es de extrañar que mi próximo dueño fuera muy dado a artes de quiromancia, astrología y hasta al mal mentado hermetismo. Llegó a México por la mar de la Veracruz, como otros, desembarcando una mañana soleada y llena de buenos augurios. Tenía los ojos cansados de mirar a la mar, tundidora de cada crepúsculo. A poco andar por el puerto para airear la ropa y oler el aire de la nueva tierra, le llegó en vez el tufo de su mismo sudor y, ahuecando los brazos para aliviarlo, se sentó lo más galanamente que pudo sobre su baúl; de un pañuelo sacó una empanada de pescado y guardó un suspiro. Miró a los que tenían qué hacer y dónde ir. La mayoría se encaminaban hacia una iglesia improvisada. Unos pocos se reponían de la travesía a la sombra del árbol donde ataban las mulas los plateros de Guanajuato. Él no podía creer que ese mesías nazareno fuera el prometido, el triunfador, el vengador. Pero sí podía creer que en esta tierra norteña pero calorosa que pisaba se cumplirían las promesas del verdadero mesías. Un par de horas y los tres o cuatro colores de su entorno se hicieron menos colores, más blancos.
Pasado el mediodía, vio unas indias haciendo tiangue del lado de la plaza y, reparando en un pequeño pero bien provisto puesto repleto de una mercancía para él novedosa, sacó una monedilla y dióse a probar frutas desconocidas, cuales eran no otras sino mameyes y piñas olorosas de la tierra. Pensó que ésta iba a ser la tierra de la buena suerte. Para completar su placer, teniendo la boca llena del agua verdosa de una chirimoya, levantó la vista hacia el mar de cuyo abrazo se había desprendido para siempre. Y tragaba como si de la comunión se tratara, con esperanza, con alivio, con el líquido retenido balanceándose en la oquedad de aquella su sellada boca. Rememoró callado las congojas de su travesía. Cuánto hubiera dado en aquel trance por tener ante sí una huerta llena de naranjas que le dieran fuerza, o de tamarindos que limpian el riñón y renuevan a cualquier hombre cansado. Pero, al menos, ahora tenía algo nuevo en qué soñar. Miró la tierra estirando la mirada desde su mano hasta el horizonte, e hizo memoria del nombre de lo que le acababan de poner en la mano, pensando cuáles serían los frutales entre los pocos árboles que divisaba sobre las colinas. Le venía de hace más de dos lustros una afición por las plantas y sus propiedades. Ahora tenía algo nuevo en qué trabajar para ganarse el pan.
El tal hombre, mi dueño, dizque boticario y del todo experto en remedios contra la tiña y las liendres u otros males semejantes, venía por cuenta propia, sin amigos en México ni parentela en la vieja España, sin cartas de recomendación ni más fortuna en el baúl vacío que un hatillo con unos cuantos dijes moriscos plateados y empedrados de cuentas azules, unos arillos para la nariz o las orejas, dos o tres curiosas cruces de damasquinado, unas piezas de coral labrado en forma de mano tatuada de Fátima que traía escondidas en el cinto y otras tantas bagatelas de menor cuantía. Gastaba, como único atuendo, un almidonado cuello de puntas que el sudor había tornado amarillas, unas mangas verdes acuchilladas de morado y, tapando el delgado vientre, un cinturón de buen cuero cordobés con algunos pocos hilillos de oro desgastado. Su cabello era rojizo y algo grisado en las sienes, el bigote raído, la boca pequeña y atenazada, los ojos negros y vivaces bajo cejas en parte ralas que procuraba en vano disimular. No sabía si afeitárselas del todo o rellenarles de pintura las calvas. Maldito sea el puerto de Sevilla, pensó por última vez. Era todo lo pulcro que alcanzaba en lo relativo a su persona y sumamente cuidadoso y morigerado en su ceceoso hablar. Por un tiempo breve, mientras vendía los dijes o los cambiaba por loza colorada, bastante hermosa para ser loza india, estuvo asentado en México frente al palacio del virrey. Las calles hacían señales escrupulosas al horizonte clarísimo.
Allí, sobre el polvo que cruzaban dos o tres callejuelas empedradas, ayudándose de cuatro postes gruesos de madera y un techado de paja con cruz de palo en lo más alto, abrió un puesto de loza que pronto fue frecuentado por indias de diversas trazas, algunas de ellas con tocados en la cabeza y mantos bordados de colorines, mas otras descalzas y de aspecto ruin. Al cabo se les allegaron también unas pocas españolas fondonas y revoltosas, las más ya no demasiado mozas, que venían a la Nueva España a bien casar, deseando ser vistas junto al palacio a la compra de pucheros. Y, finalmente, un buen día apareció frente al puesto la joven esposa de un capitán que no podía hacerse de loza española por falta de mayores dineros. De contino se quejaba ésta de las rudas, chilosas, comidas del lugar y de cómo extrañaba las de su pueblo sevillano. Su tono era alto, rubio, y su faz afilada y ventiañera. Nunca se atrevió mi amo a plantarle conversación. Esta señora se acostumbró a visitar el puesto de loza después de misa de ocho, siempre muy cubierta la cabeza de una mantilla y siempre acompañada de un muchachuelo negro de Hispaniola, esclavo herrado de su marido, y comenzando por revisar la loza acabó por comprar maíz perlado y frijoles a una india y a una mulatilla de rostro indiado que, arrebozadas de rojo la una y de verdejade la otra, se sentaban muy graves en frente del puesto, a dos pasos del español, pero, a lo que ella podía juzgar, sin que éste les hablara. Ella no le dirigía razón a mi amo sino para inquirirle sobre precios.
Empero, mucho antes de que saliera de misa la señora de la mantilla, habían colocado sus cestos de mercancía sobre el frío suelo las dos mujeres, con aire cómplice y vagamente cazador, apenas levantaba el sol aquel polvo claro de los raídos huaraches hacia arriba a las tapadas pero dispuestas rodillas. “Buen día señoras nos dé Dios y que podamos hacer hoy buen mercado”, solía decirles mi segundo amo cortésmente, sin curar de si le entendían, entresacando la cabeza de la puerta que abría su puesto al mundo, catando sobre sus faldas el paño que cubría la cesta llena de pasteles de maíz recién hechos. Ellas solían mirarle de reojo y llegaron por fin al pasar los días a brindarle uno que otro, relleno tales veces de sobras de una especie de perdiz, otras de gallina, lo que él luego respondía con una corta reverencia y quitándose su avejentado sombrero. Así se comía su primer tamal que en esas mañanas de recién llegado le sabía a buena vitualla. Qué gran gusto era poder oler junto a sí la harina caliente del maíz mexicano cuando el resto del aire no olía por toda la plaza sino a ladrillo demasiado nuevo. Ni espliego, ni tomillo, ni romero, ni yerbabuena aquí. Habría de plantarlos y hacerse un cocimiento de menta para saludar el día. La cabeza aún no le sudaba porque no se había alzado el sol.
Del otro lado, en la pared trasera del puesto de loza, posterior que carecía de puerta y ventana, se sentaba a descargar sus bultos y a desgranar maíz un grupo parlero de indias ataviado muy distintamente al de enfrente; los hábitos de éstas eran blanquecinos, luengos y bordados en el pecho, sin rebozo sobre los hombros pero acaso con un modo de velo o toca plegada sobre sus crines negras, cuando no con cintas verdes y encarnadas entretejidas con el cabello. Los rostros eran atezados y los belfos prietos y llenos de líneas como hilachas. Apenas mascullaban unas palabras en español y se dedicaban a hablar entre ellas en una variedad de lenguas que era maravilla ver cómo se entendían; si por sonidos si por silbos serpentinos o por señas, vendían casi todo su haber de tamales, fogosos chiles o ajíes, mameyes y unas frutas pequeñas parecidas a nopales, a los indios que andaban la plaza a través, llevando éstos consigo mercancía o trayendo mensajes de un rincón de la ciudad a otro, o buscando ocupación y buscando nuevo amo. Chillaban acaso alarmadas a sus niños cuando sentían acercarse un coche de caballos, sin que nadie se asomara a su ventanilla, mientras el otro español del puesto de membrillos y peras las miraba impasible y sin curiosidad.
En cambio mi amo las contemplaba amable, cuando daba para ese menester media vuelta a su choza al mediodía y una hora antes de que cayera el anochecer, en que ellas recogían sus petates y se iban al lado de sus parientes en las chozas de las afueras. Entonces se le allegaban al puesto de loza unos pocos soldados españoles y mi amo les regalaba con chocolate caliente servido en jarros de arcilla y les hacía chistes y les recitaba picardías del sevillano Mateo Rosas de Oquendo:
Por vino beben pisiete,
bríndanse con sigarrones,
las narises son volcanes
y las bocas son fogones.
Por la salsa tienen chile,
por velas queman ocote,
las damas mascan copal
y es su fruta el esapote
Así iban pasando los meses, sin cosa que de contar valiera ni novedad alguna más que las procesiones y fiestas del lugar. Mi amo fue una vez a Cholula y pernoctó allí con una mujer española, que algo de parentela común tenía con él, madre de varios pequeñuelos indiados y muy necesitada de compañía al parecer. Zaramulladas que se traería. Volvió algo más quieto pero ya no quiso volver a verla ni salió de la ciudad. Cada vez hablaba menos y se movía menos.
Un día viernes por la noche, estando mi amo encerrado en su aposento, es decir, dentro de su puesto de venta de loza, sintió unos toques sobre la tabla de la puerta y, apercibiéndose a ocultar un rollo de pergamino en el colchón de paja del camastro, dio casi de bruces con un soldado beodo que le importunaba a que le leyera la mano para ver, de todas las cosas en este mundo dejado de la mano de Dios, si iba a ser engañado de vuelta por su mujer, no otra que la criada nubilísima de la señora de la mantilla de encaje. Del todo alarmado, mi amo negó conocimiento alguno de tales artes divinatorias, mas, para despedir más prontamente al soldado, le obsequió con una infusión para los riñones y con unas hierbas fortificantes que habían de hacerle acudir presto a su “muy fiel mujer que sin duda os está esperando angustiada y llena de celo por vos” y satisfacerle con ello de dudas. Así libró mi segundo amo, por el momento, de una mayor indagatoria; pero, con todo y esto, quedó medroso y apesadumbrado. Una vez más tornó a pensar en la mar interminable. Volvió a anhelar cada amanecer, cuando el sol se seca del mar.
Para rehacerse del susto, determinó de dejar de vender loza india y, en vez, abrir un puesto de venta de agua de cebada, ahora que un su amigo toledano vendíala en sacos, a decir verdad sin mayor ganancia, a tiro de ballesta del palacio virreinal. El toledano partió hacia las minas de plata de Guanajuato y le dejó el puesto.
Aun así, no conciliaba el sueño profundo y pasaba las noches en vela deseando librarse de su enojosa e inexplicada desazón, ni ya saludaba tan calorosamente a las que a diario veía frente a su antiguo puesto de loza. Tarde se le congració una de las indias, la del manto colorado, belfo de hilacha y pecho aún redondo que hubiera podido darle solaz, pues al parecer no tenía marido por aquellos lares. Tarde para la india, para su hija y para él. Fue un par de madrugadas. La cosa no dio para más. La india siguió vendiendo chiles y mascando un poco de copal regalado. Él la sonreía de vez en cuando; palmeaba la cabeza de la niña cuando le pasaba al lado; pero nunca más le pidió a la india de comer.
Se dedicaba a mirar los pardos bloques, el enrejado de balcones y emparrillado de ventanas, a todo lo largo y ancho del enorme cubo virreinal que tenía ante sí, como si quisiera pintarlo en su imaginación. Se acordaba de Sevilla muchas veces y otras tantas de Toledo. No sabía si los extrañaba. Se le habían reducido ambas ciudades a una, en la imaginación. Cuando rememoraba el angustiado y veloz empacar de sus últimos días en Toledo, le venían a la mente sin que pudiera evitarlo las miradas y los pasos de las hembras nocturnas por las callejuelas del puerto del Guadalquivir. Un aleteo de lechuza.
Quería, empero, no volver a soñar con la mar de tantos meses de espera y travesía. Aunque no se atemorizó de ellas como los otros viajeros de su grupo toledano, las recientes inundaciones del México se la habían traído a la memoria, quiera que no. Le parecía que lo que veían sus ojos no era más que el telón de un paisaje oculto. Se sentía el habitante de una ciudad sumergida. Del espacio cuadriculado y pardo, volvía los mismos cansados ojos hacia la inmensa planicie y no alcanzaba a ver otro edificio alguno, ni restos de altos cúes aztecas, salvo un modo de roca que parecía escapar de la tierra que la rechazaba, la figura en piedra de basalto de la precaria catedral siempre en obras; cataba por toda la plaza regados los pequeños montones aplanados de gentes como masas de maíz a medio cocer. Qué erguidos se le antojaban los sevillanos de allende el mar. Aun así, no parecían curar del Santo Oficio estos indios, quizá debido a su condición de nuevos cristianos. Dejando de reparar en ellos, dirigía sus ojos hacia lo alto del cubo.
Se asomaban hombres de alambrados bigotes, cuyas cabezas emergían entre la gorguera de una larga y negrísima vestimenta y el ala oscura del sombrero, encorvados, salidos a los aleros, como si estuvieran ávidos de tragar el polvo de oro que levantaban los caballos o de arrebatar la turquesa que develaban las nubes del cielo. Alguno que otro de los pequeños, o de los viejos, era sobreviviente de alguna matanza y de ellos algún otro tenía grabado en su ceño un rencor anciano indescriptible. La maledicencia rezumaba entre estos españoles. Se echaban éstos de lado al pasar las capas con una lentitud reconocida e insoportable. Dirigió su mirada a otra cosa. Mujeres españolas, sirvientes indios y pajecillos mulatos, apenas le eran bultos entre la penumbra de una ventana entrecruzada de barrotes de negrísimo hierro. Parecíale que el espacio de cuarenta pasos entre la pared del palacio y su puesto se había reducido. No eran éstos los tiempos del bondadoso virrey Mendoza ni del fraile Motolinía cuyo nombre aún resonaba entre indios.
Resolvió, pues, dejar este lugar sin despedirse de nadie, e irse a otro sitio, uno ni muy cercano ni muy apartado, a varias leguas de la ciudad de México, a emprender otro oficio, para con ello no ser importunado ni por soldados ni por sus propios pensamientos y temores. Así, tras escasas deliberaciones, se avecindó en Tepeaca. Empero, ciertos sucesos lo fueron despojando de su miedo, tornando éste en curiosidad.