Penúltima parte de El Taisnerio • María Eugenia Sáez
III

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Afincóse en la nublada sierra de Tepeaca hacia el año de 1575, cuando ya se comenzaban a sembrar allí trigo, membrillares y perales. No sabiendo mayor cosa de esos cultivos, se dedicó a oficios de orfebre, en un afán de lucrar; mas aun esto fue por poco tiempo, pues, no yéndole bien, abrió una tienda donde vendía candeleros, ciriales, candelas hechas por unos indios que de contino laboraban en ella, a más de casullas bordadas por sus mujeres que habían deprendido el oficio muy bien a base de mirar y callar. Trabajaban hasta poco después de haber caído el sol. En la penumbra de los candiles se iluminaban sus peninsulares entrañas de sorpresa ante la quietud y el buen hacer del grupo que lo rodeaba. Una vez, se aprestaron los unos a labrar un pequeño relicario de plata y piedras azules, echando mano a los dijes moriscos, un relicario estilo del lugar, mas pronto lo dejaron sin acabar por no haberles salido tan bueno como los del indio Crespillo, quien ya cobraba fama. Los indios adjuntos a la iglesia recibían todos los trabajos, que no los indios con quienes se juntaba mi amo quienes en vano esperaban un encargo de los frailes. Probó éste mi segundo amo diversos oficios y, al fin, se decidió por el de boticario, pues, como arriba se ha contado brevemente, algo sabía de hierbas, siempre y con tal de no tener que plantarlas él. Al poco de llegar a la sierra y trabar conocimiento con ciertos indios, miserables más que necesitados, que le ayudaban en sus afanes yéndole a los montes a por hierbas, se hizo, tras muchas pesquisas y algunos escasos dineros, con la petaca de Botello. Se la quitó a un indio moribundo.

Tras hacerse con la petaca de Botello y enterarse de la suerte que había corrido aquél en Tenochtitlan, comenzó también a creer en la transmigración de las almas y probó de interpretar las rayas y signos del libro chico que en ella halló guardado. En modo discreto, hizo por la sierra y pueblos comarcanos otras pesquisas sobre los dos indios que dieron su saber a Botello, mas todo sin fortuna. Sólo alcanzó a averiguar que, tras morir la Marcaida envenenada, como corrieron los rumores que había sido obra instigada por Cortés, que acababa de ser nombrado marqués del Valle de Oaxaca, desaparecieron por los montes y se encovaron. Desque tuvo la certeza que los indios de aquel Botello eran idos para no volver, perdió interés en la petaca, dejándome a mí de lado. Pero su curiosidad había sido azuzada, buena sustituta del miedo.

Oculto y olvidado el librillo de Botello, el hombre pasó a emplear su tiempo en aumentar su sapiencia de los muchos signos, rayas, cruces y letras raras que ilustraban las manos claramente pintadas en un tratado matemático que a las suyas vino a llegar por vía ignota, quizá por mor de alguna zaramulla cuarentona con pretensiones de casorio. Había vuelto a encontrar a su amor de joven en estas escrituras y lo anterior, los amores humanos, le sabía ya a poco.

 

Este tratado imprimióse en Alemania, gracias al banquero bávaro Jacobo Fugger, a poco de morir el Emperador en el monasterio de Yuste adonde se había retirado al renunciar al Trono, y era prolijo en describir afecciones del alma y el cuerpo con acopio de trazas y dibujos explicando así la podagra, el apostema, la cólera melancólica y el flujo sanguíneo, según se tuviera o no disposición bien hacia la lujuria o hacia el incesto, bien hacia la crueldad. Pero más que todo ello, abundaba el tratado en descripciones de manos y, entre ellas, mi amo estudiaba la propensidad hacia el homicidio signada en el monte de Marte con un pequeño cuadrado. En vano esperó toda su vida descubrir por la mano a un asesino, pues sólo se le solían allegar cortabolsas y ganapanes dados al celestinaje. Empero, muchas veces acertó en cuestiones de mujeres y apegos incurables. Ayudó a empreñar a una con la ayuda de un fraile que preparaba letuarios de zarzaparrilla. Andaba explicando el mal de madre a las doncellas afligidas, cuando el fraile se le desvaneció rumbo a Guatemala.

Toda clase de materia singular residía en este tratado neolatino que mi amo se esforzaba en transladar a la lengua castellana. Menudeaban en él, por caso, algunas predicciones sobre el futuro de España y de su imperio, en abigarrada mezcla con menciones de astrólogos del pasado que tuvieron desastrado fin en razón a su trato con hombres poderosos a quienes, hablando mor toscano, desplacía todo augurio adverso a la adquisición de fortuna o al acrecentamiento de la propia. Mi nuevo amo supo entonces, llegada su traducción a esta parte del tratado, digo que supo entonces, por ingerencia de una india de sueltas y amplias carnes con quien había trabado conocimiento, conocimiento de tipo no muy católico, de lo acontecido a los indios tepeaqueños con Montezuma cuando fueron a llevarles las plantas dichas, y de lo que acontesció a Botello con lo de Cortés y la Marcaida, y resolvió no tener trato mayor con poderosos, si fuera el caso que por azar del destino se le allegaran. La necesidad llevóle empero a darse a leerles las manos a trueque de comida a las pobres gentes con que se trataba. Pese a toda su anterior prevención y su veteranía en estos asuntos y otros semejantes, cayó en desgracia por algún tiempo, siendo encarcelado y amonestado, para luego ser dejado en libertad, sin mayor daño. El Taisnerio que él llevaba traduciendo quedó en poder de la Inquisición; mi amo se deshizo por un tiempo del original, que puede que esté hoy en algún archivo catedralicio o en poder de un monasterio. Dejo que se dé la noticia como la recoge la investigadora Margarita Peña:

El Santo Oficio siguió proceso entre los años de 1581 a 1584 a Pedro Suárez de Mayorga, natural de Sevilla y vecino del pueblo de Tepeaca, en el obispado de Tlaxcala, “por supersticioso”, ya que en su poder se halló un tratado de quiromancia, astrología, numerología y artes divinatorias, códice que aún se guarda en el Archivo General de la Nación en México. El Taisnerio no era, sin embargo, más que una traducción de una obra monumental escrita en latín por el belga Joannes Taisnier, publicada en Colonia en 1562 bajo la protección del poderoso banquero Jacobo Fugger, y embarcada de contrabando desde España a la Nueva España junto con varias otras lecturas prohibidas. Su traductor español echaba las cartas y predecía calamidades, según las supersticiosas lecturas de manos que hacía por los pueblos de la sierra de Tepeaca. No le fue hallada mayor culpa y así, a poco más de un mes de encarcelamiento, fue dejado en libertad con todos sus menguados bienes, siéndole retenido solamente el Taisnerio, librillo que llevaba, entre otras varias cosas escritas en sus márgenes, una protesta de fe en la Divina Providencia de Nuestro Señor, amén de unos pocos malos versos, incluido un soneto “a la ropa” sobre el estado de un alma desvestida de la gracia salvífica. No se le encontró ninguna otra escritura (ni su Biblia genovesa que leía a escondidas). Tampoco, por más que se buscó, se halló libro alguno en su casa, dejando de lado alguna obra piadosa, aunque era público que leía la Diana de Montemayor y otros libros pastoriles y de caballerías.

Al menos, así lo atestiguó la joven esposa del capitán sevillano, escoltada por su negrillo, por el soldado casado y la treceañera embarazada y soliviantada.

Quedé, pues, emparedado entre los bloques de la casa que por entonces se había podido, por fin, comenzar a construir ése, mi segundo amo, Suárez de Mayorga, quien antes de que llegara a buscarle el Santo Oficio tuvo la maña de ocultar la petaca y a mí dentro de ella. La Inquisición sólo dio con copia del Taisnerio en traducción hecha por mi amo, como tengo dicho en otra parte (el original se le halló luego a un fraile). Como su manutención deste mi antiguo segundo amo dependía de los grabados y signos del Taisnerio, puso asaz cuidado en transcribir parte no pequeña dél al interior de mis tapas y es así que en mí fue agregado este nuevo material al de Botello.

Verdaderamente, empero, no volvió a atreverse a leer manos sino a los de su familia, como se verá.