Ya entrado en años, pero no falto de algún vigor ni de cortesías, casó con una viuda, hija habida de un capitán extremeño en una india tlaxcateca en legítimo matrimonio. Ella era de color marrón claro, nariz aguileña y pecho ancho, aún no en la treintena y sí muy seria, tanto así que digo seria de nunca hablar. Una vez casada, se entregaba a él, eso sí, con bruscos redobles de su extendida pelvis en diapasón invariable y, para él casi dolorosa, a redobles también de impasibles palabras. Mascullaba en náhuatl y periódicamente tamboreaba, con las sílabas más cortas y entrabadas, ritmos feroces sobre el cónico hombro de él. No le dejaba que la mirara en la cara hasta que terminaba el tamboreo. Tampoco le dejó tranquilo una sola noche hasta sacarle varios hijos de los riñones. Así mismo, pero sin sacarle ninguno, había marcado por doce años el paso por el mundo de su anterior marido.
En honor de Luisa Xicotenga, quien fuera primera mujer de Pedro de Alvarado, si no me falla la memoria, la esposa de mi segundo amo hízose de llamar Doña Luisa y vestía a la usanza española, salvo sin ceñidores ni cintos y con el canoso pelo acordonado de rojo y largo hasta las canillas. Diole a mi amo tres hijos, de que murieron los dos primeros de viruelas salvándose un tercero, y dos hermosas mellizas a las que, por mucho que se afanó, no pudo dotarlas mínimamente ni, por ende, hallarles buenos maridos. Y así hubieron de entrar a un convento, algo a su pesar dellas según fue cosa manifiesta. Corrieron rumores de que la una al parecer estaba empreñada, que luego, en llamando a la Madre priora, fue probado no cierto. El menor de sus hijos varones, el que ayudó a entrar a las hermanas al convento de recogidas, fue fraile dominico y, en tanto vivió en Tepeaca, estuvo adscrito por un corto tiempo al Santo Oficio, dada su fama de varón muy recto y piadoso. Éste era un hombre de enjutas carnes y de muy pocas palabras, salvo grande lector de cuanto cayera en sus manos, muy caminador, la color entre cenicienta y blanca, mas rojizos la nariz, los belfos y el cabello. Nunca había tenido mujer ni grandes deseos de tenerla y no más de cinco veces pecó de incontinencia, confesando cada una de ellas.
El libro de la petaca fue entresacado de la pared de ladrillos o bloques de la nueva casa que construyó éste mi amo segundo para su familia y muchas veces leído por él y por éste su aprensivo hijo y llenado de comentarios glosados sus márgenes. Había crecido, desde que salió de las manos de Botello, con los apuntes y transcripciones del segundo amo sobre el Taisnerio y con ciertas anotaciones de su hijo dominico sobre filosofía hermética —poco más que comparaciones entre los dioses grecos y romanos de antaño, por un lado, y los personajes de la Biblia por otro— aparte de un adendo sobre deidades tlaxcatecas hecho de mano y tinta del hijo. En verdad, más desgracia le hubiera traído al fraile domingo ser sorprendido leyendo su biblia impresa en Génova que el mismo Taisnerio. En verdad el contenido de este último no podía llamarse herético, ni tampoco era lo suficientemente misterioso como para justificar tantas precauciones. En verdad, peores cosas leían los Oidores sobre lo que hacían y harían siempre los poderosos.
El librillo no era más que el pobre y reducido legado de un puñado de hombres sin suerte ni patria fija que se empeñaban en buscarle un misterio a su simplicísima vida. Cual ellos, era un acopio de borrones ininteligibles, una maraña de signos punzantes migrando de aquí para allá en sus páginas, escritos de diverso puño y en tintas diversamente coloreadas. En el año de 1650, habiendo muerto mi segundo amo hacía ya unos treinta años, este fraile, ahora su único hijo que quedaba, decidió irse de Tepeaca —o Segura de la Frontera como entonces dieron por mentar ese lugar— por ir a predicar la fe a los indios de las Californias, decían unos, mas por muy otras razones a saber. Ya no era dominico sino franciscano. Había tenido ciertos problemas con la orden de predicadores y le costó no poco trabajo que le aceptaran los frailes franciscos y le dieran nuevo hábito. Terminó, tras pasar unos años en la Nueva Vizcaya, en una misión de la Baja California, a la espera de ser trasladado. Siempre.
Como todas aquellas tardes de recogimiento entre penumbras, aquella en la que el antiguo fraile dominico salióse era una tarde de polvorienta falta de quehacer, cuando ella también, la parda tierra, se asentaba.
Pero no todos se disponían para el sueño. Divisó, a pocos pasos, unos nopales cargados de rojo fruto y un par de mestizos no tan blancos como él. Los gruesos cabellos rapados sobre las sienes y las orejas, casi desnudos de cintura para arriba, disputaban entre sí, y una india joven, de manta rayada, a duras fuerzas retenía a uno de ellos por los jirones de algo blanco que no se distinguía si era huipil o camisa, mientras el otro se tambaleaba con un puño en alto; poco más allá, lo que parecía ser un grupo variopinto se entretenía al son de una guitarruela gangosa, las plantas de sus pies se tostaban junto a la fogata de un caldero lleno de un engrudo blanco humeante; sobre sus cabezas sombreros o gorras de fieltro y, en sus manos, platos de comida servidos por la otra mujer del grupo, una india conocida pero poco agraciada, con su cara larga y sus pechos largos y caídos agrietados en los pezones fuera de su túnica rayada y fuera de sí los ojos achicados del pulque y la lujuria. Recordó haberle dado confesión a la mujer, escuchando impasible el rosario de fornicaciones que negara su cuero bajo la amplia túnica rayada. Iban todos descalzos. Al lado de la nocturna fogata, olía a pulque agrio —como se ha dicho en mi página primera— a saliva espesa y a dorado mezcal. Salía un poco de luz de lámpara de aceite de dos de las casas de bloque y techo de paja, una de ellas con una pequeña elevación que marcaba la presencia de su familia, Suárez de Mayorga, aunque sólo quedara ya la madre de otrora cinco hijos, la sin-nietos, la de piel de pergamino, de piel de venado tamborilento. El polvo pardo del suelo se adormilaba, la brisa era cómplice y el último vapor de luz llenaba los rincones y fisgaba bajo el alero del techo del pequeño convento donde sólo sonaba el metal de la campanilla, del soso puchero y de los nudos de disciplina monjil.
Los lomos de los montes estaban al acecho y se los pintó en su imaginación erizados de castillos como en las estampas que había visto de la España de Santiago. Sobre ellos se le parecieron las figuras del pasado domingo y recordó el círculo de emplumados danzantes aztecas y a los volatineros enmascarados. Muchísimos años atrás, siendo niño, había visto a uno de ellos volar en mil colores y desprenderse fugaz del amarre para depositarse, casi sin chillido, bajo los cascos de la comitiva de recepción del nuevo virrey Fray García Guerra, el que moriría envenenado cuando se alzaron los negros con su mulata reina, el que se fue pudriendo lentamente en 1612.
Recordó asimismo la expresión indómita tras la reja del convento, días ha, en una de sus hermanas, la preferida de su padre, la blanca de ojos negros y expresión desbocada, mientras que en el anhelo del terreno rostro de la otra, desprovista por mor propia de una virginidad que pudiera dar algún sosiego a los muchos años de encierro que la aguardaban, se sugería un peso inadmisible, deleitoso, irrenunciable.
La memoria le puso ante sí también el polvo estampado por los cascos del pesado alazán blanco del nuevo capitán, su capa roja al viento, su sombrero negro inmóvil, como el del Inquisidor General que le había procurado la capitanía, su traje de doble brocado y la cabeza de bigotes tiesos virada hacia él, hacia su facha de dominico indiado, mirándole fijamente mientras atravesaba a galope el pueblo. Rezagada, intentando ir a su lado, en una yegua zaina, una mujer mestiza y pelinegra de divinos ojos aztecas y fino rostro orlado por las plumas blancas de un sombrero, las ondas del cabello ahuecándole las sienes, descubriendo las perfectas orejas de que colgaban ristras de perlas, casi hundida en su vestimenta esponjosa, de blanco y colorado como la del volatinero. Doña Beatriz Maseztcasi. Había leído la mano de ésta, olorosa a flor de guayabo, suave y coloreada como la tierra, una tarde en que los mismos ojos suplicantes le habían buscado. Había visto los mismos ojos suplicantes y oscuros de noche estrellada y primer sueño, yermos de conocimiento, encendidos de constelaciones ignotas, en los de la niña precoz de la alquería de San Miguel de Nepantla, ojos vedados a los libros de imaginación los de esta pequeña Juana Inés, como lo estaban los cansados ojos de él. Y ahora sentía miedo de que lo que su padre le había contado volviera a hacerse verdad en su persona. En pos de un espacio descalabrado, de un horizonte más despejado, emprendía ahora el camino hacia el Norte en ese año de 1650.
Vio reflejar en un cántaro semivacío de agua pero lleno de estrellas, su delgada faz, cargada de una nariz grande, rojiza y colgante sobre una boca ajada y una barba rala, dejando tras sí el último guiño de sus ojos a su pardafacha entre las recogidas ondas del jarro. Quisiera tener una cara lisa para dejarla entre las imperturbables aguas del círculo de loza del pueblo, la fuente que quería ser sevillana, salida de las manos del primer Suárez de Mayorga. Por unos segundos le persiguieron los adjetivos con que le había descrito su hermana mayor, cuando iba a llenar su cántaro de mañanita. Le centellearon en el agua sus ojos negros. Le urgió por primera vez unirse a ella, sembrar en ella, anegarla. Habría que raptarla o escapar. Y escapó.
Caminaría solo hasta unirse en el próximo pueblo, al trasponer los maizales, a la comitiva del nuevo Provincial de la orden franciscana recién llegado de España. Descalzo, con gorro y pluma, el hábito anudado a un cansado hombro que ha rebasado la cincuentena, emprendió el camino del Norte, solo, cuando las estrellas empezaban a centellear en la sangre de los frutos de nopal. Pero con él llevaba la petaca plena de historia del lugar y plena de un conocimiento escrito a tres manos distintas.