Tan ocupado como está en recordar el tour que le dio a Felipe, príncipe gallardo de las Asturias, un puñado de años antes de que entrara el nuevo milenio, las curtidas manos de Francis Weber tal vez no me conocen y, si por casualidad sus astutos ojos de “misionero” me vieran, no me reconocerían bajo las (hoy) gastadas tapas rojas que hace más de un siglo fueron refulgentes y lisas como frutas frescas, cuando rebosaban de letras doradas por fuera y semillas negras de sapiencia por dentro. Fui encuadernado por mi antepenúltimo amo en 1783, fecha en que nació Simón Bolívar el Libertador, precisamente los cuatro dígitos cuando el Tratado de Versalles dio la Independencia a las trece provincias americanas de Inglaterra.
Mi amo de ese año postrero era un fraile, un franciscano, en la Alta California. En el interior de la contraportada escribió con tinta metálica color de humo El Taisnerio y añadió, con su letra picuda y agresiva, de fraile levantisco y descontentadizo, una breve historia a tres páginas sobre las andanzas del otro fraile: el aquél que salió de Tepeaca a pie, llevándome en la petaca y sobre las del fraile coleccionista que dio con ella y murió con un raro amuleto al cuello pese a ser español de pura cepa. Quizá algún día cuando Monseñor ya casi no pueda abrir sus ojos replegados, quizá por rebatir a alguna indianista anglosajona, experta en la “opresión” que fue llevada a cabo en las misiones franciscanas de la Alta California, quizá por fin envíe a alguien a investigar los insondeados fondos documentales de la biblioteca Huntington de San Marino, porque quizá esté yo allí, donde reposan a la quieta sombra de los sótanos decenas de miles de pliegos multiseculares escritos en español. De fraile en fraile, he perdido la ruta y no me enrumbo.
Yo no sé exactamente dónde estoy porque me rodea la oscuridad y el silencio. Pero a fuerza de ciego, tengo habilidad de conocer por el olor o por el tacto y sé cuándo se me acerca un buen lector; lo sé por cómo me huele, cómo me toca y cómo me habla.
Fuimos comprados en legajos, incluso en bolsas y a peso, por las manos apergaminadas de uno que olía a queso rancio y sonaba a flema, un millonario neoyorkino, divorciado de mujer e hijos, aburrido de ocuparse de los negocios familiares de trenes transcontinentales y tranvías rojos de la azul bahía de San Francisco. Largamente dedicado a comprar obras de arte, manuscritos, mapas antiguos y terrenos fabulosos, se volvió a casar, al fin de la vejez, con la que desde hacía décadas era viuda de su tío —lo hizo con el único propósito de continuar su labor de coleccionista y mecenas. Se casaban dos ancianos millonarios.
El difunto tío, que no había sido el primer esposo de ella aparentemente, no era otro que el viejo Collis Huntington, quien construyó la fortuna de la familia en el área de Long Island, New York, cerca de la casa del poeta Walt Whitman. Esta mujer, pues, segunda esposa del sobrino, el “joven” sexagenario Henry Huntington, arrimó al matrimonio la mitad atlántica de esta enorme fortuna. Arabella se llamaba y también sobrepasaba la sesentena, aunque aún estaba de buen ver. Era coleccionista de arte americano y la única vez que oí su voz, altiva pero con un susurro íntimo, decía extasiada: “Chimborazo! That is my best one!”, y me rozó un olor a gardenias con el borde del encaje de la enagua de seda negra sobre el piso.
Yo, en cambio, seguí en mi caja por no sé cuántos años y ella terminó por enviudar.
A la enlutada, miope y gruesísima dama, al parecer no le había faltado, en su época de soltera joven, el latido que la llevó a los brazos de un misterioso seductor “hispano”, español o mexicano (nadie se atrevía a mencionar el sinuoso tema), que quizá no era sino un apostador de cabello negro y bigotazo, de esos que pululaban por Virginia y Charleston después de que el Sur quedara vencido y desolado por las tropas de Sherman, el carnicero de Atlanta. Y muchos blancos pobres, sureños, quedaran a la deriva. Con sus hijas solteras. La que más peligraba era, como siempre, la mujer hermosa. Pero esta hermosa joven de boquita virgen y ojos de pecadora, que no había conocido varón pero guardaba una promesa de desplome en su alta y recogida melenaza negra, esta hermosa Arabella, era una mujer inteligente. De esta efusión juvenil de Arabella, previa a su primer matrimonio con el primer millonario Huntington, había nacido un niño. Arabella traía consigo a la “hacienda” de Henry en la californiana San Marino, que en pocos años convirtieron en un museo-parque-biblioteca con su bicostero apellido, a este hijo de un misterioso primer “matrimonio”, a quien había educado en el amor de los clásicos, sin excluir a los muchos y muy precozmente transoceánicos clásicos de la hispanidad. El hijo de Arabella, el “muchacho” Archer Huntington,2 tenía cincuenta años y seguía soltero.
Así pues, dice la historia y cuentan las buenas lenguas que Archer Huntington, el hijo de Arabella con el “hispano”, a falta de profesores adecuados en su país, se educó a sí mismo como hispanista; publicó varios artículos y libros; editó y tradujo El Cid al inglés; fundó la Sociedad Hispánica de Nueva York, poco visitada y menos conocida pese a su Goya y su Velázquez; recibió un doctorado honorífico por la Universidad de Harvard y, durante su infatigable paso por la mansión-museo-parque-biblioteca construida por el padrastro-primo Henry Huntington, adquirió y conservó una cuantiosa colección de documentos y libros de la colonia, algunos de ellos verdaderos incunables: una edición primera de Los Comentarios Reales del Inca Garcilaso; una traducción al inglés de la Historia Natural del P. Acosta casi simultánea al princeps; una carta de Colón manuscrita por su hijo, una extraordinaria carta portolana del Caribe en 1503 de Juan de la Cosa y de su misma mano; unas pocas carpetas de casos de la Inquisición mexicana; muchísimas cartas de los franciscanos de las misiones de California; correspondencias enteras entre el Conde de Aranda y el de Floridablanca con el insurrecto americano John Jay; cartas de José y de Bernardo de Gálvez en la Luisiana, algunas comprometiendo en oro la ayuda a los rebeldes contra el imperio inglés y varias otras cosas.
Y aquí entro yo también.
Cierta colección le fue vendida por alguien cuyo idioma nativo era el español, no sé si ranchero “californio” o mexicano, una de las últimas autoridades del período de transición cuando California pasó en menos de una generación del poder español, al californio, al mexicano y al angloamericano. Archer Huntington, nunca ocioso, como buen anglo, siempre motivado como buen hijo de hispano, era un hombre de presencia aristocrática, pero en absoluto autocomplaciente, sino de disposición abierta y explorativa; olía al mejor tabaco y cada tanto cambiaba a una nueva picadura; tenía voz de barítono pero siseaba el final de las frases dejándoles un rumor de hojarasca lejana. Sin embargo, por esta oportunidad, sus largos dedos no acariciaron mis pliegos pues confinó al último rincón de un montón de cajas el baúl en cuyo fondo estaba la petaca y dentro, crecido y maduro, estaba yo.
Porque yo crezco con el toque de cada mágico dueño, con su aliento y el aroma a sudor de sus dedos, con las manchas de comida sobre mí y el gotear de las velas, el parpadeo de las bombillas, el flujo de la electricidad en el teclado.
- Archer Huntington, hijo de Arabella y un apostador de identidad dudosa. Gran hispanista. Fundador de la Hispanic Society de Nueva York.
Arabella lo tuvo a los 18, madre soltera muy probablemente. Ella luego fue por 15 años la amante de un viejo millonario casado, Collis Huntington, el constructor de la red ferroviaria de costa a costa de Estados Unidos (Pacific Railroad). La mujer de Collis estaba enferma y Collis se llevó a Arabella para que la cuidara y para que viajara con ellos. Cuando Collis enviudó se casó con Arabella, a la que llevaba 30 años. Cuando Arabella enviudó de él se casó, a los 63 años para aún muy de buen ver, con el “joven” sobrino de Collis, que la llevaba solamente un año pues tenía 64, y que como ella se había pasado una vida mal casado. Henry llevaba años divorciado de su primera esposa, y se había trasladado a la otra costa de EUA para expandir los negocios de la familia y encargarse de ellos. Pero estaba solo y aburrido y echaba de menos a Arabella a la que por tanto tiempo había tratado.
Henry y Arabella se casaron, sexagenarios, a fin de unificar las ramas de las dos costas, Atlántica y Pacífica, de la fortuna Huntington. Henry nació y creció en Nueva York, pero se enamoró de California, se compró el Rancho San Pascual, cerca de Los Angeles, y se quedó para siempre en la costa oeste. Sólo pudo gozar del nuevo lugar por un puñado de años y murió. Arabella lo siguió a los tres años. El mausoleo de ambos sirvió al arquitecto de modelo para diseñar el monumento conmemorativo a Thomas Jefferson (Jefferson Memorial) en Washington D.C.
Arabella fue gran coleccionista de arte “americano” y adquirió, de su propio y amplio bolsillo, el maravilloso cuadro sobre el volcán ecuatoriano Chimborazo, lo más costoso de su colección privada. Aquí en las imágenes anexas, va la Arabella, de joven (madre soltera), de mujer madura (casada con el viejo Collis Huntington) y de “vieja” recién casada con el “joven” sexagenario Henry Huntington, sobrino del anterior.