Penúltima parte de El Taisnerio • María Eugenia Sáez
VII

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Pero el padre coleccionista dio a Sebastián —no esa vez sino al amanecer del día siguiente— una imagen de la Dolorosa, una oración a San Sebastián, un bolso de semillas y otro de diverso grano, y un zurrón de piel de perro; adentro, una petaca con un librillo, para que llenara de letras y números los huecos de agua de los desiertos y los topes de las montañas. Un librillo que ya le ardía a este fraile último en la mano como diciéndole “deshazte de mí cuanto antes”. Enfermo de hace muchos lustros, cuando iban a enterrar al padre coleccionista, vestido como San Francisco de su pobre hábito, un fraile levantisco y descontentadizo le encontró la figurita india de ojos extraños amarrada en torno al grueso cuello tapado por la tela marrón de la caperuza en el amortajado, compañero de religión. Se la arrancó como prevención, antes de que llegaran los demás, y la escondió. Luego de ayudar a enterrar al antes coleccionista, salió su hermano de hábitos a través de la tierra seca, en compañía del indio Pascualillo, hasta que dio en la punta del monte con el sitio exacto donde debería conocer al huesudo indio Sebastián del zurrón de perro y, en vez, encontró una cruz y un mal labrado campo con intentos de maíz, lentejas y tomates, y los podridos restos de muchos meses de uno roído por los pumas. Volvió a la misión sin enterrarle, sino dejándole así sobre la roca, con su estampa y su saquito de lentejas. Con las tapas más rojas y más doradas de letras que consiguió vistió al librillo bajo la luz de una vela antes de sumergirlo de nuevo en la oscuridad. Antes, lo leyó de cabo a rabo sin entender ni la mitad de lo que decía pero sintiendo su angustia de libro vagabundo, de prófugo de varias tintas, lenguas y letras. En la contraportada, con su letra picuda de fraile descontentadizo, escribió Penúltima parte de El Taisnerio.

Es así que llegamos al final.

En 1804 pasó por la catedral de México un benedictino catalán de noble familia, con la orden de Carlos III e impuesto de laureles de poeta por el hijo de éste, Fernando VII. Vino a ser consagrado como Auxiliar del Obispo de Michoacán. Era Don Benito María de Moxó y Francolí, hijo segundo del Barón de Juras Reales. Era el pájaro razonador, el búho catalán, el moxó. Era también la salvaguarda final del Imperio español, de sus lenguas y culturas —de todas ellas, es decir, las de la Península y las de las Américas.

Al poco de llegar, tras larga y accidentada travesía, se enteró de la muerte de cierto obispo y de que ya no serviría de Auxiliar en México, sino que le tocaba ser consagrado en la catedral como Arzobispo de Charcas, provincia eclesiástica del Alto Perú recién adscrita al virreinato del Río de la Plata. Esperando los papeles de traslado, perdió la conexión con la goleta que había escogido para trasladarse a Perú. Escribía, por el momento, unas “Reflexiones para un plan de estudios formado en 1805 de orden superior para el Real Colegio de San Pedro y San Pablo y San Ildefonso de la ciudad de México”, donde hacía recomendaciones sobre los cursos de Botánica, Estática, Mecánica, Cálculo Infinitesimal y Astronomía.

Entretanto, llegaban nuevas de corsarios ingleses que “infestaban” los mares del Sur, azorando las solitarias costas de Montevideo y Buenos Aires, a dos años de intentar conquistarlas (en efecto, una vez que se hizo a la vela, se enteraron del suceso los corsarios ingleses y habrían de atacar en el surgidero de Manta, en la punta de Santa Helena y en la gran ensenada de la isla del Muerto o Santa Clara). Resignado a quedarse, unos meses más, lejos de su arzobispal destino en la región del Plata, resolvió aumentar sus ya considerables noticias sobre las costumbres y antigüedades de México.

 

Escogió, como buen benedictino, el tema de la música, y se adentró en el estudio de la de los indios tarascos. Sorprendentemente, emprendió el tema del suicidio también, ya que él se aprestaba a estudiarlo a la luz de una comparación casuística entre dos grupos de pobres: indios mexicanos y blancos españoles de baja extracción, los llamados zaramullos. Puede que por emular el título del famoso libro de Montesquieu, puede que del de Cadalso, puede que no, pero llamó a estos escritos Cartas mexicanas. Los acompañó de una Relación de un viaje a Veracruz (hoy perdido) y de otro escrito, el Suplemento que contenía sus cartas pastorales. Un par de años después, pero antes de que los sucesos de Buenos Aires (la heroica defensa de las ciudades sureñas de la acometida inglesa, más el posterior levantamiento en contra de la monarquía española) le apartaran de toda otra ocupación, a fuerza de disgustos, privaciones —singulares motines populares en donde pasaba de ser llevado prisionero por un capitán adepto a Rousseau a ser seguido sumisamente por el mismo, como paje de hacha, ante los alaridos del católico pueblo de Chuquisaca— antes de ser reducido al exilio pastoral y al silencio carcelero, añadió a las primeras, para ser enviado todo a España a imprimir, unas Cartas peruanas que importa dejar consignadas brevemente:

En la América Meridional, después de haber saltado en tierra en la ensenada de Tumbes, tan famosa en todo el mundo por el desembarco de Pizarro y sus compañeros, he seguido por espacio de casi trescientas leguas el camino de Lima, apartándome unas veces más y otras menos de las riberas del mar, atravesando en distintos lugares la suntuosísima calzada de los antiguos Incas y viendo infinitos escombros de grandes palacios, de inmensas ciudades, de empinadas y muy capaces fortalezas y de infinitas acequias que serpenteaban al través de unos campos antes en extremo fecundos con el riego continuo del agua y ahora cubiertos enteramente de estériles arenas. He tenido, además, la proporción de comparar la corte de México con la de Lima y las ciudades de Veracruz y Puebla, con las de Guayaquil, Piura y Trujillo. En todas partes he notado usos, trajes y costumbres muy diversas, pero en ninguna he hallado la menor diferencia en lo que respecta a la genial inclinación de los indios por la música (Moxó citado por Rubén Vargas Ugarte, Tres figuras señeras del episcopado latinoamericano; pp. 69-70).

 

El recién llegado no cortaba una estampa particularmente majestuosa, con su mediado tamaño y su cara carnosa, de bordes suaves. Tampoco traía consigo un gran séquito y sus pertenencias todas, incluidos una treintena de libros y varias cajas, cabían en un par de baúles que montaba sobre el lomo de una mula. La costumbre de sentarse a meditar le había limado cualquier arista corporal y su suave corazón le había descargado la bolsa de los pocos dineros que había embarcado en Cantabria, y, tras ellos, había seguido el mismo derrotero la cubertería de plata con las armas de su familia carlista. Tal vez, si alguien alguna vez hubiera reparado en su rostro algo más detenidamente, habría sido sorprendido por su nariz de caballete y punta afilada y por el desdén de sus ojos, negros y corvinos como su lacio pelo. Tenía más de cuarenta años y era calmado y sentimental. Escribía cuadros bucólicos de intención horaciana pero punzados de un romanticismo prematuro e incontenible, estilo Noches tristes; se le escapaban alusiones al relamido ladrido de los perros en la noche solitaria, al seguimiento de los astros en medio de “el delirio de mi melancolía”, antes que el Libertador diera a conocer su Delirio sobre el Chimborazo. Fue además, como viajero, el antecesor del barón Von Humboldt.

Había sido profesor en el Colegio San Pablo de Barcelona y, por Real decreto, de la Universidad de Cervera. El que un día publicaría en periódicos peruanos, argentinos y españoles, artículos sobre política y religión, bajo el seudónimo de Eulogio Ornis (búho, razonadora ave), o, como “el filósofo de los Andes”, el benedictino catalán, era la primera voz de alarma hacia una monarquía Borbón inaugurada un siglo antes y ya gastada. Se dirigía a ella en español y a sus parientes en catalán. A unos y a otros alertaba en vano. Les decía que aprendieran a escuchar a los musicales indios o que ellos terminarían aprendiendo a suicidarse poco a poco. Les decía que no despreciaran a sus hijos pardos, los más fecundos, los más genialmente armonizados, que aprendieran sus lenguas. Se empapó de ellos: leyó las calzadas de los Incas, los yaravíes y los cantos tarascos, las historias escritas por Fernando Tezozomoc y por Fernando de Alva Ixtlilxochitl, los testamentos de los conquistadores conquistados, las losas de las tumbas limeñas, los requiebros y reclamos de limeñas enamoradas y monjas algunas de ellas, las corrientes argentinas salpicadas de piratas anglosajones, el Purén indómito de los araucanos.

Acariciaba los papeles en que se afincaría su pluma, como si fueran los senos de la mujer soñadora de ojos negros dispuesta a entregarse sobre la blanca sábana, la hembra una y otra vez imposeíble. Derramó sobre ellos lo que por largas décadas había acumulado en Europa: conocimientos de lenguas extranjeras, de música, de suicidio, de teología, de botánica, de cálculo infinitesimal y de varias otras cosas. Los primeros había adquirido en el monasterio de San Cugat del Vallés; los otros, le permitían leer en sus lenguas originales a Young, a Fenelón, a De Paw y sostener correspondencia con otro afamado prusiano, un naturalista. Coleccionaba, amén de muestras de plantas tropicales, libros raros, algunos de los cuales no habían sido expuestos a ojos ajenos desde que él los adquiriera.

Avistaba desde un nido andino a los pueblos hispanos de América. Querría haber volado sobre el Atlántico para posarse en el Pirineo por última vez y luego volver entre los suyos nuevos porque ya no era español. Era hispano y era americano. Era americano pero, pesárale a Young, muy hispano.