Breve historia de las representaciones trifaciales y tricéfalas en Occidente • Musa Ammar Majad
5. Trinidad cristiana

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La creencia en la Trinidad se estableció definitivamente en el concilio de Nicea, es decir, en 325 d. de C.1 La liturgia católica es un himno perenne en alabanza de la Trinidad augusta, como en el Oficio divino lo acreditan las doxologías de los himnos, las conclusiones de las oraciones, el Gloria Patri que termina los salmos y responsorios, el Tedeum y tantas otras fórmulas. Y en la Misa la gran doxología o el Gloria in excelsis, el Prefacio, las numerosas oraciones del Ordinarium dirigidas a la Trinidad y la esencia misma del Sacrificio eucarístico ofrecido a Dios uno y trino. El primero de los días de la semana, el Domingo, va consagrado a ese mismo misterio, y aunque no excluya la memoria de otros hechos evangélicos, la alabanza de la Trinidad siempre prevalece.

El dogma de la Trinidad es el misterio más alto y profundo de toda la revelación cristiana, pudiendo aprehenderse a través de tres únicas vías: según la fe, según la ciencia de la fe (la teología) y según la razón natural (la filosofía).

Por la primera se acepta la existencia en Dios de tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en una sola y única esencia, impidiendo confundir las personas o separar, disgregar o disminuir la divina sustancia.

Por la segunda se busca la verdad revelada sobre cualquier misterio del cristianismo en la Escritura y en la Tradición, fuentes principales, así como en la enseñanza o proposición de la Iglesia como su intérprete oficial y auténtico. En el Antiguo Testamento la revelación del misterio trinitario sólo se encuentra implícita en la noción “simple” de Dios, cuya unidad naturalmente se desarrolla en tres personas distintas a la luz de la revelación neotestamentaria. Los numerosos pasajes bíblicos y las teofanías de la Antigua Alianza que algunos Padres explotaron contra los judíos y arrianos, no parecen tener por sí solos un valor probatorio absoluto e independiente dentro del método exegético, pero por otra parte insinúan de algún modo el misterio y se hacen perfectamente claros e inteligibles a la luz de la revelación trinitaria del Nuevo Testamento. Así se lee en el Génesis: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (I, 26); consumada la caída de la pareja primigenia, exclama Dios: “He aquí que Adán se ha hecho como uno de nosotros” (III, 22); cuando se empezó a construir la torre de Babel, dice Dios: “Venid, bajemos y confundamos su lenguaje” (V, 7). Todos estos plurales parecen indicar que en el seno de la divinidad hay algo más que su unidad. El Nuevo Testamento trae de la mano el misterio trinitario desde la misma escena de la Anunciación: “El ángel Gabriel fue enviado por Dios [Padre] a Nazareth, ciudad de Galilea, a María Virgen, desposada con José (...). Y díjole el ángel: el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te hará sombra; por eso, el Santo que nacerá de ti se llamará Hijo de Dios” (Lucas, I, 26-35). Respecto al campo de la Tradición, éste es inmenso, pues abarca aspectos como el del rito bautismal que consistía en una trina inmersión con la invocación expresa a las tres divinas personas; los símbolos de la fe, serie de reglas que subrayan la fe en la Trinidad; las doxologías, como “gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”, “Gloria al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo” (desechada por abusar de ella los arrianos), “Gloria in excelsis Deo”; las confesiones de los mártires; los escritos de los Padres. Sin embargo, respecto al misterio de la Trinidad, las declaraciones del magisterio eclesiástico lo reduce a cuatro puntos fundamentales: existencias de tres Personas divinas realmente distintas entre sí; unidad e indistinción absolutas de la naturaleza divina; la Segunda Persona procede tan sólo de la Primera por vía de generación eterna; la Tercera Persona procede de las dos primeras como de un solo principio por vía de una espiración única, común a las dos.

Por la tercera vía se explica las procesiones que las otras vías señalan, es decir, una en la cual el Hijo procede del Padre y otras en la cual el Espíritu procede del Padre y del Hijo: siendo perfectas las procesiones divinas, es preciso que el término de las mismas sea substancial y verdaderamente divino y el mismo numéricamente en naturaleza con el principio de donde procede.

En correlación con una comprensión ontológica de la realidad del Padre, del Hijo y del Espíritu, por la cual se elaboraron los conceptos de ousía e hypóstasis, de naturaleza o esencia y persona, así como los de “procesiones”, “relaciones”, etc., la cristología se ha desarrollado en la óptica “descendente”, o sea, de la “encarnación” y por tanto de la unión hipostática.2

Por eso, el Hijo, que procede del Padre, es Dios como el Padre y tiene la misma esencia del Padre; de igual suerte el Espíritu, que procede del Padre y del Hijo, es tan Dios como Ellos y posee su misma esencia divina, indivisa y única.

Más allá de algunos símbolos como el triángulo, el círculo, la delta griega, etcétera, la primera imagen de este misterio parece ser la que se advierte en un mosaico de Santa María la Mayor, obra del siglo V, repetido asimismo en otro mosaico de San Vital de Ravena. Se representa la aparición de Dios a Abraham en figura de tres ángeles de forma humana. Esta escena, conocida como la “hospitalidad de Abraham”, fue considerada por la exégesis como prefiguración del misterio trinitario en el Antiguo Testamento, de tal forma que los tres ángeles que visitaron a Abraham no eran otra cosa que la manifestación de Dios en sus tres Personas.

El antropomorfismo de las tres Personas se mantiene con fuerza en el siglo XI, pues el Espíritu Santo no se “disimula” bajo la forma de paloma, apareciendo el Padre de busto o de cuerpo entero, el Hijo tal como vivió en la tierra y el Espíritu con forma humana. En este siglo y en el siguiente abundan las representaciones de la Trinidad en las que las figuras de las tres personas divinas ofrecen el aspecto de tres hombres de la misma edad. Y no era para menos, pues, como el dogma declaraba explícitamente que las tres Personas eran no solamente semejantes, sino iguales entre sí, los artistas hicieron extensiva a las representaciones la similitud y a veces la igualdad de las hipóstasis divinas. Inclusive en algunas representaciones de la Trinidad se advierte el deseo del artista de expresar la imposibilidad de separar a las tres Personas, como por ejemplo un relieve de madera tallado en las postrimerías del siglo XIII que se conserva en la portada occidental de la iglesia de San Urbano de Troyes (Francia) y el tapiz Los Vicios y las Virtudes que se custodia en la catedral de Burgos. En el primero se representa al Padre en el centro, coronado con una tiara, apoyando la mano izquierda en el mundo y bendiciendo con la restante; a su derecha está el Hijo, coronado de espinas y llevando la cruz; a la izquierda del Padre, un hombre joven, el Espíritu, que lleva una paloma. Los tres personajes aparecen sentados y sus vestiduras colocadas en tal forma que cubren sólo cuatro piernas hábilmente dispuestas de modo que parece que cada personaje tiene las suyas. Análoga disposición ofrece la obra de la catedral de Burgos en que los tres personajes aparecen barbados con coronas imperiales y, como atributos, una vara el Hijo y sendos mundos el Padre y el Espíritu Santo.

Un modo de representar la Trinidad en la cual los artistas quisieron también demostrar la imposibilidad de separar las tres Personas fue prohibido en 1628 por el Papa Urbano VIII, quien mandó quemar las que ofrecían tal disposición, por lo que son muy raras las que se conservan. Una de ellas basta, no obstante, para explicarla, y es la que se ve en un grabado francés del siglo XVI (figura 10). La Trinidad aparece representada por una cabeza que ofrece tres rostros idénticos y apoyando sus manos sobre uno de los símbolos trinitarios por excelencia: el triángulo, cuyo carácter didáctico es innegable.

Fuera como Trinidad trifacial, fuera como Trinidad tricéfala, estas representaciones atienden, simple y llanamente, a la doctrina oficial de la Iglesia cristiana acerca de la naturaleza de Dios como sustancia única en tres personas iguales. Aunque su relación con representaciones trifaciales y tricéfalas del tiempo es notoria, se trata de una inscripción del tema del principio y del fin en un plano metahistórico, es decir, en un no-tiempo, en aquello que Milano explica como “una trascendencia que se sustrae a nuestra imaginación y a nuestro pensamiento; y esto porque se habla de algo que pertenece a la profundidad y a la intimidad de Dios y por tanto al abismo luminoso de su divinidad”.3 El principio y el fin en Dios no competen a dos puntos de una misma línea, uno es el otro y viceversa. Es la aseveración de que Dios, la Eternidad, conoce el papel de todo en el plan, su plan, divino. Así, la hoja que cae del árbol ya existe en el pensamiento de Dios antes de la caída; la eternidad es la realidad divina.

 

Notas

  1. En la reunión de Nicea se dejó en claro que el Creador y el Redentor eran uno, a través de un credo doctrinal: “Creemos en un solo Dios, / Padre todopoderoso, / creador de todo lo visible y lo invisible / y en un solo Señor, Jesucristo, / el Hijo de Dios, / el único engendrado por el Padre, / es decir, de la substancia (ousia) del Padre, / Dios de Dios, / luz de luz, / Dios verdadero de Dios verdadero, / engendrado, no creado, / de la misma substancia (homoousion) que el Padre, / por quien todo fue hecho, / lo que está en el cielo y / lo que está en la tierra, / que por nosotros y por nuestra salvación / bajó del cielo y se hizo hombre, / padeció, / resucitó al tercer día, / subió al cielo, / y vendrá / para juzgar a vivos y muertos. / Y creemos en el Espíritu Santo” (en Karen Armstrong, Una historia de Dios. 4000 años de búsqueda en el judaísmo, el cristianismo y el Islam, trad. Ramón Alfonso Díez Aragón, Barcelona, Paidós, 1995 [1ª ed. en inglés, 1993], p. 143). Es de señalar que homoousion significa, literalmente, “hecho de la misma materia”.
  2. Andrea Milano, “Trinidad”, en Luciano Pacomio, coord., Diccionario teológico interdisciplinar, Salamanca, Sígueme, 1983, tomo IV, p. 572.
  3. Ibíd., p. 566.