La voz en el espejo • Rafael Fauquié
Apéndice

Razones de la escritura

“Metrópolis”, obra de Lilia Luján
 

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El mundo y sus reglas nos afectan menos cuando escribimos. Al escribir llenamos el vacío de la realidad y nos apropiamos de otra realidad —nuestra— que hemos decidido escoger. La palabra permanece, y nosotros con ella; nos hace perdurables al abrir un espacio que nos pertenece más allá del efímero y temporal ahora. La escritura tiene la virtud de demostrar —y demostrarnos— que estamos vivos; que somos. Ella expresa nuestra existencia. Colectivamente, ella habla también la existencia de los pueblos que la escriben. “El tiempo es una máscara sin cara”, ha dicho Octavio Paz. Si el tiempo no tiene rostro la historia, en cambio, sí lo posee. La literatura dibuja, en el tiempo, los rasgos de ese rostro y los convierte en memoria, en arte. Obras y autores se transforman en la percepción de los años. Las jugarretas de éstos metamorfosean convicciones, designios, certezas, valores, gustos...

La escritura puede ser muchas cosas. En principio, es lo que cada escritor haga de ella. Puede ser una forma de impotencia: escribir en vez de hacer; refugio en un mundo de imágenes como forma de escapar a un universo inaceptable e inaceptado. Escritura a cambio de vida, palabra como sucedáneo de vida no vivida o vida invivible. Opción terrible. Mil veces escojo otra alternativa, la opuesta: literatura como compañera y autoafirmación, disciplina y conocimiento, espacio de pensamiento y forma de acción. Escritura del intelecto y escritura de la pasión. Escribir y hacer, escribir y vivir. Escribir es la acción del escritor; también su redención. Palabras e imágenes se convierten en exorcismos: de experiencias, de recuerdos, de voluntades; rescate de nosotros mismos a través de un acto que nos define frente al universo y frente al tiempo. La escritura cumple el atávico impulso de hacernos sentir libres y de comunicar a otros esa libertad. Vivacidad de la escritura: ella es multiplicación de experiencias, lucidez proyectada sobre el irrepetible significado del instante. Escribir es hallar respuestas, en la palabra, a partir de un universo convertido en enigma por descifrar, en experiencia siempre ilustradora.

Escritura: realidad paralela a la realidad real. La página en blanco se asemeja al espacio universal: los dos sugieren la infinita posibilidad de las cosas por nombrar, por descubrir, por hacer. Espacio y escenario: la página convertida en un lugar otro; análogo a la vida. La escritura es representación de mis asombros que, a su vez, son parte del asombro universal que el tiempo trae hasta mí. La palabra literaria escribe imágenes que se hacen —o repiten— imágenes colectivas, memoria, mitos. El hombre comprende el mundo a través de representaciones. Tan importante como la realidad es la manera como la percibimos y como la representamos; las imágenes que la ilustran, terminan haciéndose, ellas mismas, realidad. Retórica de apariencias. Dibujo de máscaras. Voz. Espejo de voces.

La creación literaria es hechura de una voluntad y de una praxis, a la vez, individual y colectiva. La literatura posee dos dimensiones. Una, épica; escritura mitológica del principio de la historia, inicio de la memoria del tiempo; otra, solitaria e íntima; escritura como descubrimiento personal del escritor consigo mismo. Nuestro tiempo ha sacralizado la imagen del intimismo, convirtiendo la escena del poeta en el acto de escribir en uno de los últimos reductos del individualismo y de los cerrados espacios del hombre de nuestros días. Escritura, soledad y silencio. En el silencio, la mirada descubre la sabiduría. Voz del silencio, espacio de la soledad. Desde un microscópico centro, densas fuerzas apoyan al solitario. La ignorancia del bullicio expresa el sentido de una íntima vitalidad. Hastiado de aturdidoras estridencias, el solitario se refugia en una crisálida protectora. Silencio y armonía: espacio y tiempo de la soledad. La opción de la soledad no es, sin embargo, la del aislamiento. Aislamiento es desincorporación, desconocimiento, desconexión. La soledad es —o puede ser— creativa. El aislamiento es estéril. Desproporciona los lazos que nos relacionan con el exterior; deforma, en particulares espejismos, la correspondencia del yo con lo ajeno, con el otro. El aislamiento puede conducir hacia la sordera y la ceguera, al mutismo estéril: terrible crisálida de monótono acero que termina por clausurarnos dentro de nosotros mismos. Soledad de la escritura: voluntad de escribir solitariamente nuestro destino; voluntad de ser, a solas, nosotros mismos. Fuerza y grandeza de la soledad, fuerza y grandeza de la escritura. En soledad mi yo se expresa. Encuentro y autoencuentro: intimidad. Soledad como opción: escogencia de un entendimiento particular, de una forma de relacionarnos con el universo.

Sin embargo, desde ese rincón solitario, en la reunión entre el escritor y su inspiración, se produce, en extraordinaria metamorfosis que sólo propician el tiempo y ciertas imprevisibles circunstancias, la transformación del instante creador —único, irrepetible— en signo histórico: código común que muchos comparten o que llegarán a compartir. Mito entrelazado con la historia. Fusión de las dos dimensiones de la escritura: de la inspiración solitaria al lenguaje que expresa el tiempo; el gesto individual del poeta transformado en léxico de la historia; poeta solitario, símbolo solidario, como alguna vez escribió Albert Camus identificando de cerca al hombre y al emblema histórico. Curiosa y paradójica maravilla de la escritura: voz de un instante transfigurada en expresión de épocas.

De esa escritura que es de uno y es de todos; de la palabra que hace de la reflexión individual, encuentro; de la voz de una retórica donde la inteligencia se une a la verdad, la belleza a la ilusión, la quimera a la idea; surge, en nuestro subcontinente latinoamericano, una escritura destinada a convertirse en espacio de inteligibilidad universal. Los signos que definen lo mejor de ella —ligereza, amplitud, libertad, fuerza poética, adanismo, herejía inteligente, lúcida irreverencia— coinciden con la elocuencia artística que propicia nuestra contemporaneidad: fragmentariedad, lucidez libre, espíritu crítico, amplitud. Nuestro universo no cesa de seducirnos y abrumarnos. Es imposible escapar al asombro que él suscita. Nuestro tiempo es época de herejías, de rapidez, de cambios. Una tras otra se derrumban las viejas ortodoxias. Se desvanece la fe en iglesias y en dogmas. Nuestro tiempo es, también, época de incertidumbres donde el hombre descubre respuestas en su soledad superviviente, en su inteligencia alerta, en su sensibilidad viva, en el vigor de su imaginación. Las respuestas nunca son concluyentes ni definitivas, sólo son búsqueda, puerta entreabierta. El ensayo es un género sin conclusiones (como el conocimiento mismo: también él es inconcluso). La forma abierta del ensayo, su espacio hecho de sumas, de fragmentos añadidos, se acerca estrechamente a la única actitud razonable que le queda al ser humano ante su asombro y su ignorancia: la expectativa, la indagación en la sorpresa, la defensa de la lucidez, la comunicación de su individualidad de hombre acorralado que se muestra y enmascara, que contempla y se contempla ante un tiempo impasible y escrutador.

De muchas formas, estos signos, parecieran evocar una larga experiencia que la literatura latinoamericana ha desarrollado: ser respuesta solitaria ante un mundo poblado de vacíos y de ausencias. Desde el moralismo, desde la memoria, desde la imaginación y desde la poesía que esa imaginación envuelve, han hablado muchos de los grandes escritores de nuestro subcontinente. Han hablado para mostrarse y mostrarnos, para poetizar nuestra historia y nuestra imagen, para idealizar nuestros esfuerzos pasados y venideros, para enmascarar nuestros fracasos, para reflejar e iluminar nuestros aciertos. Sobre esa experiencia ha ido dibujándose un rostro-máscara latinoamericano. Rostro-máscara que habla y hace escuchar su voz más allá de nuestro espacio continental. Voz que expresa muchas cosas: saberes, viejos hábitos de supervivencia. Voz que busca reflejarse en el espejo de una historia inasible, hecha de reflejos y de sombras. La originalidad de esa voz —originalidad que habla también de la originalidad de nuestro pasado— quizá termine convirtiéndose en la más honda huella de nuestro latinoamericano diálogo con el universo y con el tiempo.