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¿Qué tipo de escritor es usted?

viernes 28 de mayo de 2021
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¿Qué tipo de escritor es usted?, por Joel Peñuela Quintero
Hasta donde mi convulsionado cerebro pudo recabar, sólo hay cuatro tipos de escritores.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

Un amigo me preguntó hace poco cuál era mi meta como escritor; aunque no me lo dijo, sé que estaba preocupado de que mi nuevo periplo, esta vez como escritor, resultara ser sólo una prueba irrefutable de un precoz ataque de demencia senil. Le contesté: “¡El Nobel! ¡Por supuesto!”. Él se rio nervioso, pero se tranquilizó cuando hice lo mismo.

Cuando se marchó de mi casa me puse a pensar en esto; comparto el resultado de mis elucubraciones (agradecería mucho no sugerir que mi amigo tenía razón en sus temores conmigo, pero si no puedo evitar que piensen eso, les agradezco abstenerse siquiera de insinuármelo).

Hasta donde mi convulsionado cerebro pudo recabar, sólo hay cuatro tipos de escritores:

Los genios: Éstos son los que ganan premios, incluidos los Nobel. Ellos nacen para eso y se dan cuenta de ello después que han leído cientos de libros y a todos les encuentran un “algo que les sobra”, o tal vez “un algo que les falta”, pero no se desgastan en críticas ácidas sino que más bien deciden ensayar nuevos caminos para llenar dicha falencia; cuando lo logran, entonces los demás concuerdan en que la literatura es mejor con ellos, y se ponen altruistas al admitir que éstos la han llevado un paso más adelante. Aunque también puede suceder, tan cierto como lo anterior, que no encuentren tal eco entre sus contemporáneos y sean rechazados; pero al fallecer, sus letras alzan tanto su voz reclamando ser mejor ponderadas, hasta poner a su autor en el lugar correspondiente; entonces es cuando reciben el reconocimiento, aunque póstumo.

Los exploradores: No alcanzan a ser como los primeros, pero caminan cerca. Estos logran ponerse por encima de su generación, tienen la disciplina de los anteriores, pero no todo su talento, o más bien su talante; es poco lo que les falta, pero tal parece que la naturaleza o el destino se ha jurado que éstos no van a formar parte del séquito anterior. Es como si su gen escritor hubiera tenido algún tropiezo con el resto de la cadena. Estos, son, por decirlo de alguna manera: genios, pero sin esa lámpara que cumple deseos.

Los gladiadores: Aquí está la mayoría. Son los que reconocen la importancia de escribir bien; conocen las reglas que dominan el arte: gramática, ortografía, reglas de redacción y estilo; son los tecnócratas del libro. Siempre tienen una recomendación para el colega. Entre todos forman cofradías de soñadores, ya sea porque desean la gloria o la libertad de expresarse y ser oídos. Buscan tener una voz en medio de la cacofonía producida por la algarabía y los susurros insípidos que nadan en las aguas de la mera verborrea. Los gladiadores saben que nunca serán como los anteriores, por lo cual algunos se dedican a que nadie más lo sea, especializándose en ser agudos detractores del resto, que como ellos sólo busca poner lindero a su feudo, aunque otros sólo se resignan y tratan de convertir el viaje en aventura.

Los despistados: Éstos cierran el círculo, son los que producen pena ajena. Sus mayores lecturas son las redes sociales, los memes y las caricaturas o dibujitos con un pie de página lleno de gazapos. Alguno de ellos ha llegado al clímax de su esfuerzo porque a vuelo de pájaro ha leído uno que otro clásico, algunas veces como tarea en la escuela básica, pero están convencidos de que pueden hacer literatura al poner en letras lo que sienten, como si por el solo hecho de emocionarse tengan el derecho de hacerlo. Estos son los que cuando les dices que escribieron mal una palabra, dicen algo como: “Lo importante es espresarse” (sic); “Búscale el sentimiento”, dice otro, igual de despistado que el primero.

Mientas escribo esto no puedo dejar de pensar que, si usted es como yo, se estará preguntando en este momento: “Bueno, ¿y dónde pensará él que se puede ubicar?”.

Creo que, definitivamente, en ninguno de los extremos, y para evitar suspicacias molestas, voy a descartar los segundos, por lo cual creo, amigo de aventura, que estar con la mayoría es siempre más cómodo. Además, estoy casi seguro de que un premio Nobel no se acercará por estos lares a gastar sus ojos en mis letras; tampoco creo que me encuentre con los últimos; para ellos, cualquier escritura que tenga más de veinte palabras es una pérdida de tiempo, pues sólo se ocupan de sus desencuentros en las redes sociales; entonces, no nos toca otra más que decirnos mutuamente: ¡Bienvenido a la arena de este circo!

Joel Peñuela Quintero
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