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Espirales

• Domingo 28 de junio de 2020
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La cóclea se apoya en una horqueta para espirar el aliento que la expandirá por diversos ámbitos. Desde su punto de origen —ángulo lúteo de un riachuelo— se retira, de modo progresivo, del eje, y comienza a girar en torno de sí misma. Con sus valores duales, funciona para depender de ellos: el codo que es su referencia para rotar y la travesía hasta la médula ubicada en la coronilla del vacío.

En ocasiones, la espiral gusta de aplanarse, pero no se invalida. Le place dar vueltas en redondo y escoge su cilindro, su cono o una esfera desmigajada de corpúsculos. Y adelanta en direcciones ciertas como si se tratase de un tornillo acostumbrado al juego.

Ella —la espiral— deviene de lo arcaico y desde muy temprano se ha eslabonado a los monumentos megalíticos. Su ciclo le pertenece a lo solar y, así, nace, muere y renace día tras día, sin agotar su vigor. Mucho nos enseña ella de los logaritmos y las mantisas y se asocia, con frecuencia, a las rotaciones del hélix y la spirula y a los moluscos que tienen los pies en el estómago.

Célebre en sus islas de evoluciones y molinetes, la espiral genera formas helicoidales que conceptúan un espiralismo en los reflejos, tangibles e intangibles, de la estética, la filosofía y la espiritualidad.

Wilfredo Carrizales
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