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La forma de las ruinas (o las conspiraciones eternas)

sábado 12 de diciembre de 2015
Aparte de narrador, Vásquez es personaje de la novela e incluye situaciones íntimas de su propia vida.
Aparte de narrador, Vásquez es personaje de la novela e incluye situaciones íntimas de su propia vida.

Pertenezco a una generación que fue conmocionada por el magnicidio de Luis Carlos Galán. No fue el único caído, en una época en la cual los candidatos presidenciales en Colombia eran asesinados por turnos, pero sin duda muchos lo asociamos de inmediato a la línea temporal iniciada por Rafael Uribe Uribe y Jorge Eliécer Gaitán. Los tres fueron líderes liberales, rebeldes en su momento y los mejores oradores de sus respectivos tiempos. Sus crímenes parecían confirmar que las ideas y las palabras no tenían futuro en un país donde las balas o los golpes de hacha suelen hablar más duro y le ponen punto final a los sueños.

Vásquez se convierte en un “detective salvaje” o en una especie de arqueólogo literario, que encuentra objetos de valor incalculable.

Incluso la lista de magnicidios en Colombia, casi que podríamos iniciarla con el mismo Simón Bolívar. Aclaro que no comparto la tesis chavista de que el Libertador resultara envenenado en Santa Marta, teoría que hace parte de la manipulación contemporánea de la figura del caudillo suramericano para intereses políticos actuales. Aunque Bolívar no fuera asesinado ni en Santa Marta ni en el atentado de la negra noche septembrina, al saltar por la pequeña ventana del Palacio de San Carlos en Bogotá, sede actual de la Cancillería, de todas formas sufrió otra forma de asesinato, quizás la peor, pues fue un magnicidio en vida.

Un asesinato que duró meses en su ejecución, combinación entre la enfermedad que Bolívar contrajo en aquella fría madrugada de septiembre, así como la ingratitud y mezquindad de sus contemporáneos, que afectaron el ánimo del fundador de Colombia. Bolívar, más que de tuberculosis, debió morir de tristeza, al verse repudiado en Venezuela (en donde se le prohibió el ingreso), renegado en la Nueva Granada y combatido en Ecuador, es decir, asesinado en vida por los hijos de su creación, aquel magnífico país que él vislumbró y que por unos años fue conocido como la Gran Colombia.

El siglo XX fue particularmente prolijo en materia de estos asesinatos cruciales y Juan Gabriel Vásquez en su reciente novela La forma de las ruinas relaciona los que resultaron más dolorosos durante la primera mitad del siglo pasado. Las muertes de los mencionados Rafael Uribe Uribe y Jorge Eliécer Gaitán, hombres de ideas avanzadas, que desataron pasiones en un pueblo carente de justicia social. Si hacemos caso de la biografía de Eduardo Santa sobre Rafael Uribe Uribe, ese era el hombre total, copia fiel de los guerreros que combatían con la espada y la pluma.

Uribe Uribe, un hombre desposeído del miedo, que alcanza el paroxismo cuando solo atraviesa a caballo un puente y enfrenta a quienes le disparaban en la otra orilla durante una batalla de la Guerra de los Mil Días. Militar, político, diplomático y escritor, además de buen hijo, esposo y padre. Como recuerda Juan Gabriel Vásquez, García Márquez tomó el modelo de Rafael Uribe Uribe para el inmortal personaje del coronel Aureliano Buendía. Uribe Uribe fue vilmente asesinado a punta de golpes de hacha por dos individuos, cuando se dirigía a servir como senador de la República. Aunque algunos testigos vieron otros hombres en las sombras.

Jorge Eliécer Gaitán, el verbo político hecho hombre. Posiblemente el orador más grande que haya dado Colombia, pero ante todo quien encarnó la esperanza de un pueblo que buscaba reconocimiento y a quien le atraía, aparte de su oratoria, seguramente su propia fisonomía de mestizo de cabello liso azabache que destacaba entre la élite blanca bogotana de risos claros o de cabezas calvas. Abogado brillante que se hizo famoso por defender con éxito casos imposibles, era el único que podía manejar a su antojo esa masa informe denominada “pueblo”, cual director de orquesta podía silenciar un auditorio de millones como lo comprobó en la legendaria “marcha del silencio”, denuncia de la persecución del régimen conservador de la época. Líder asesinado en pleno centro de Bogotá por un desquiciado y por otras sombras.

"La forma de las ruinas", de Juan Gabriel VásquezCrímenes cometidos supuestamente por individuos, lobos solitarios como les llaman en Estados Unidos, pero que han generado diversas teorías de conspiración, pues al igual que su copartidario futuro, Luis Carlos Galán, quien en sus discursos recordaba tanto a Uribe Uribe como a Gaitán como claros referentes de su ideario, es claro que fueron asesinatos que beneficiaron a muchas personas, incluso a gente de su propio partido político.

Sin embargo, ninguno de los magnicidios ha marcado nuestra historia contemporánea como el de Jorge Eliécer Gaitán; la prueba es que todos nos sabemos su fecha de memoria, el 9 de abril de 1948, cuando Bogotá fue destruida por la turba que solo pudo responder con violencia al sentimiento de orfandad que la inundaba. En mi caso, aunque escribí sobre el día en que mataron a Galán,1 ni siquiera puedo rememorar fielmente su fecha exacta. El 9 de abril se quedó inmóvil en nuestra historia y allí están las semillas de nuestras violencias posteriores, de la guerrilla, los paramilitares, el narcotráfico y todos los males que nos han azotado.

Juan Gabriel Vásquez desarrolla, más que una novela, una investigación apasionante sobre estos dos hechos, mientras nos cuenta relatos que se van cruzando en una historia que considero adquiere su mejor tono al narrar las tribulaciones del investigador del crimen de Uribe Uribe. Vásquez se convierte en un “detective salvaje” o en una especie de arqueólogo literario, que encuentra objetos de valor incalculable, como una vértebra extraviada de Gaitán, se fija en datos olvidados y aporta pruebas nuevas para los que deseen desenterrar las investigaciones archivadas. Es un tejedor de una trama que envuelve y desenvuelve la historia con mayúscula.

Aparte de narrador, Vásquez es personaje de la novela e incluye situaciones íntimas de su propia vida, como cuando escribe sobre su esposa y las dificultades en el nacimiento de sus queridas hijas, episodios entrañables mientras se ocupaba de desentrañar aquellos misterios incómodos para algunos poderosos inescrutables. El escritor-detective revela que tras las sombras de los crímenes siempre se ocultaron hombres elegantemente vestidos. No puedo olvidar que, en las fotos de la muerte de Galán, también había hombres elegantes que cubrían su cabeza con sombreros, testigos e instigadores del asesinato, así como otros que no aparecen en las fotos, tal vez en negativos velados. La historia se repite, esta vez como tragedia interminable.

El personaje que abre y cierra la novela, Carlos Carballo, es fascinante y complejo. El lector —al menos este lector— empieza detestándolo y luego la impresión se va trasmutando hacia la comprensión y solidaridad, hasta convertirse en alguien cercano que convence por lo apasionado de su creencia y búsqueda de la verdad; mejor, de las verdades en plural, aquellas “verdades que no son menos verdaderas por el hecho de que nadie las sepa”. Carballo es sin duda el alter ego de Juan Gabriel Vásquez, el ángel/demonio que como pensaban los antiguos griegos invadió su cuerpo y su alma, dictándole esta novela que se disfruta como buena literatura o como clase alternativa de historia.

Hace algunos meses, en una lejana ciudad del Medio Oriente, durante la proyección del documental Gabo, la magia de lo real, del director Justin Webster, alguien preguntó por quien oficiaba como presentador y relator de la vida del genio de nuestras letras en aquella película, que no era otro que Juan Gabriel Vásquez. Le expliqué que se trataba de otro importante escritor colombiano y que dada su juventud, pero sobre todo por una obra que se iba consolidando con cada título de su bibliografía, no sería raro que aquel documental hubiera reunido dos premios Nobel colombianos de literatura.

A Juan Gabriel Vásquez le hace gracia este tipo de comentarios y dice que son exageraciones de gente demasiado amable. Está bien que no se los crea, pues está visto que las flores suelen distraer del trabajo. Los lectores de Vásquez, a quienes nos entusiasma cada nuevo libro suyo, como esta obra que nos ocupa hoy, le apostamos al futuro que no sea una exageración. Que Dios y la vida nos den el tiempo suficiente para corroborarlo, hay motivos para confiar en esta apuesta, como estas ruinas colombianas a las que el escritor-detective les ha encontrado forma.

Dixon Acosta Medellín
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Notas

  1. “El día en que mataron a Galán”, publicado en el blog Líneas de Arena, en el periódico El Espectador.