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El bosque Chatterton

martes 30 de julio de 2019
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Fui a pasear por la zona alta de la ciudad. No me preguntéis por qué, aún a día de hoy ignoro por qué fui. Supongo que volví para recordar viejos tiempos, de cuando la conocí. Íbamos a pasear cada día, Ella y yo, sin decirnos nada, paso a paso, sin rumbo fijo, sin obstáculos. Solos.

*

Nos compenetrábamos a la perfección, no teníamos que decirnos nada para saber que iríamos por la izquierda o por la derecha, siempre atinábamos los dos. Luego, nos mirábamos y sonreíamos pícaramente.

A veces paseábamos por las pequeñas colinas de los bosques de las afueras hasta que anochecía. Siguiendo el mismo esquema; no decirnos nada y entendernos a partir de miradas y sonrisas cómplices.

*

Aun así, seguramente volví porque era la zona donde vivía, para volver a ver la antigua casa donde vivía con mis padres antes de que Ella apareciera, conquistándome con su astucia. Echaba en falta mi hogar. Me enamoré de Ella, la deseé y nos fundimos en una eterna compañía. Solos.

Abandoné a mis padres. Eran lo único que tenía. Me fui para fugarme para siempre una noche de primavera, tarde, hacia las dos de la madrugada, para encontrarme con Ella. No pudo ser más romántico.

Ella me dijo que me esperaría en la calle Oak Park, dos calles antes de la entrada al bosque Chatterton. Ella escogió el lugar de encuentro y donde pasaríamos nuestra primera noche solos. Todo estaba preparado. Había ido por la mañana a prepararlo todo; llevé las nubes de azúcar para cenar a la americana, cerillas para encender una hoguera, sacos de dormir y el viejo revólver de mi padre. Lo escondí todo en unos matojos para venir la madrugada siguiente a buscarlo.

*

Me fui sin despedirme de mis padres. Ella me dijo que sería lo mejor, porque creía que intentarían pararnos los pies. Le hice caso, otra vez. Ahora sé que no debí hacerlo, pero ya era tarde para arrepentirme, sólo me quedaba aceptarlo.

Llegué a las dos y veinte minutos. Ella no estaba en la entrada. No me preocupé, entré en el bosque para ir al sitio donde había escondido la mañana anterior todo lo que necesitábamos. Pensaba que estaría ahí. Pero Ella no estaba. Esperé. Eran las cuatro y no llegaba. Me enfurecí. Lloré, lloré muchísimo, no me lo podía creer y me desesperé.

Fui a buscar las cosas de los matojos, pero faltaba el revólver, no estaba. No podía volver a casa sin el revólver, si mi padre se enteraba me mataría. Seguía buscando, pero no estaba por ninguna parte. Me rendí, decidí ir a casa y contárselo todo a mis padres. Ese fue mi último hilo de esperanza. En ese momento pensaba que era lo peor que podía ocurrir, pero ahora… Ahora lo recuerdo como un pequeño y sensible filamento que llevaba consigo mi último suspiro. No supe entender esa percepción de mi mente, no supe desvirtuar el verdadero mensaje de mi alma y, mientras salía del bosque, encontré el revólver, en la entrada, al lado de la puerta. Lo cogí y empecé a oírla. Era Ella susurrándome. Había vuelto, pero no la veía, sólo escuchaba su voz, mi cabeza pertenecía a ese murmullo tan apacible y suave:

“Soy yo, ya estoy, no quise hacerlo contigo porque yo ya estaba ahí, yo soy eso; lo que tú llamas muerte y lo que yo llamo vida”.

“Ya lo sabes, acaba para volver a empezar, como te dije, ya lo sabes, nadie más, tú y yo. Hazlo”.

*

Cogí el revólver y me adentré en los bosques hasta llegar a su lugar favorito. Llegué, era la colina más alta del bosque, podía ver mi casa y la de los vecinos. Estaban lejos, pero conseguí diferenciarlas. En esa colina había una estatua, una gaviota, era de metal, a su lado había una placa con un poema del poeta que daba nombre al bosque: Thomas Chatterton. El poema decía:

Despedidas

Adiós, Bristol, inmunda ciudad de ladrillos.
Amantes de la riqueza, adoradores del engaño,
Rechazaron a puntapiés al niño que divulgó
Viejas acusaciones,
Y que por aprender pagó con una fama vacía.
Adiós, Gobernador, sigue tragando idiotas
Con tus eternas armas de corrupción.
Me voy donde soplan himnos celestiales,
Pero tú, cuando mueras, te hundirás en el infierno.
Hasta siempre, Madre: acaba, por fin, mi alma
Angustiada.
No permitas que me equivoque.
Ten misericordia, Cielo, cuando deje de vivir.
Y perdonen este último acto de miseria.

Lo leí y me acordé de mi madre. Qué buena era. Y también de mi padre, pobre, qué infeliz. El recuerdo no duró mucho y Ella volvió a invadir mi cabeza.

Cogí el revólver. Lo miré y vi que estaba cargado. Lo alcé paulatinamente, temeroso. Puse mi dedo índice sobre el gatillo. Acaricié ese viejo gatillo con la llama del dedo. El cañón apuntaba a mi cabeza. Antes de cerrar los ojos vi que amanecía. Estaba nublado pero la luz anaranjada del sol iba iluminando toda la ciudad junto con el bosque Chatterton. Lo observaba plácidamente y con calma. Era precioso. Noté que me tiritaban los dientes.

Apreté el gatillo.

***

¿Ella? No era nada, sólo fin.

Radu-André Olari
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