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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Perra

martes 23 de noviembre de 2021
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1

Era frecuente que durante el descanso la joven de turno quisiera averiguar si estaba casado, si tenía hijos. Él no siempre mentía, y en esos momentos de desnuda sinceridad salía del pecho de la chica aquel ligero ataque:

—¿Y qué estás esperando? Date prisa, que vas a perder el tren.

Todo el que las haya frecuentado sabe que estas damas señaladas con el sambenito de destructoras del hogar son en realidad sus defensoras más ardientes, no de la boca para afuera, sino en lo profundo de su corazón.

Cerca de la quinta Aragonesa, la misma que el licenciado frecuentó durante los años inmediatamente posteriores a su graduación, se levantan unos vistosos chaguaramos. Y a la misma hora en que las guacamayas rompen el cielo con su alboroto alegre en dirección a los nidos abiertos como huecos en esos árboles, las chicas a las que se conoce como las diablas salen de la quinta con gran jolgorio en dirección a sus hogares, otros huecos donde las espera un niño ansioso del pan de cada día y un amante al que ofrendan su cariño y sus ganancias.

Ellas dos conocían mejor que nadie las distracciones íntimas de ese hombre joven, con el que intercambiaban risitas de complicidad.

—¿Y por qué no te has casado, mi rey?

Las elecciones del licenciado variaban conforme llegaban nuevas reclutas a la Aragonesa. Tenía observado que la mayoría desertaba en los primeros días de servicio. El riesgo de perder el dinero en una elección equivocada era grande, pero la tentación de tocar un cuerpo desconocido, por el solo hecho de serlo, era aún mayor. No obstante, para él las novedades, por atractivas que fuesen, no habrían podido compararse con la experiencia repetida, desde su mismo descubrimiento de aquel lugar, de subir a las habitaciones con Zulay o con Katiuska, que eran parte del ejército regular de la casa.

Ellas dos conocían mejor que nadie las distracciones íntimas de ese hombre joven, con el que intercambiaban risitas de complicidad siempre que lo encontraban observando sin pudor a todas las diablas desde el sofá, en el momento crucial de la elección. Les tenía sin cuidado no ser las favorecidas, porque dentro de dos días a más tardar iban a ser nuevamente objeto de aquel ritual de arrepentimiento por el que daban a cambio cantidades incrementadas de caricias.

—Debería castigarte por haberte rebajado a los pies de esa puerca.

Frases similares salpicaban el acto cada vez que le sacaban la lengua del conducto del oído.

El toque de puerta anunciando el fin de la hora era dado por Karina, la encargada, a quien algunas lenguas con tendencia a engrandecerlo todo habían convertido en la dueña. Aindiada, la piel del color de la arcilla, no necesitaba ir en ropa interior para robarse las miradas. Delante de ella se tenía la impresión de estar contemplando los restos de un pasado más alegre, un pasado que no pocos hubieran querido revivir. Con frecuencia tenía que advertir a los demasiado insistentes que ella estaba fuera del lote. Al licenciado siempre le respondía de esta manera, hasta el día impensado en que, encontrándose todas las diablas atareadas en las habitaciones, cedió.

—Solamente por hoy, para que no te vayas a otro sitio.

Desde entonces lo primero que hacía la mujer mayor, al abrirle la puerta a su llegada, era recibirlo con un beso en la boca. Al principio procuró no ser vista por las pupilas de la casa; pero, a medida que se multiplicaban las visitas del joven, fue descuidando esa precaución, de modo que un día dejó de ser secreto que el licenciado era uno de los tres o cuatro clientes que gozaban de los favores de la dueña.

La última de las diablas, que había empezado en el trabajo ese mismo día, observó con sorpresa, mientras se limaba las uñas, cómo aquel hombre, estando expuesta en vitrina la flor de las mujeres, ni siquiera les echase un vistazo, para irse en su lugar con un monumento en ruinas.

Katiuska oyó a la novata.

—Con las viejas no es posible competir.

El talón de Aquiles del licenciado fue descubierto rápidamente por Karina, que desde entonces lo sujetó por esa parte. Mientras lo tenía en sus brazos, le bastaba pronunciar una sola palabra para procurarle sensaciones de la más intensa voluptuosidad, una palabra que los unía en la comunión del secreto.

Karina tenía una hija que estaba estudiando enfermería, como una vez su madre. Esta última no se hacía de rogar de sus amigos secretos cuando preguntaban, deslizadas las manos atrevidamente, cuánto de la madre habría en la hija. Entonces admiraban las formas del parentesco en las fotos archivadas del celular de la dueña. Las decisivas eran las de unas escandalosas caderas, en las que la familia se manifestaba vivamente, cubiertas por una tela ínfima.

—Tengo más. En tu vida habrás visto algo más lindo.

Uno de los íntimos de la dueña profirió un juramento de muerte contra los otros tres. Las diablas presenciaron el escándalo de este hombre que había sucumbido mentalmente a las técnicas de Karina. La orden de prohibirle la entrada resultó insuficiente para proteger a los amenazados, porque el loco era visto con frecuencia en los alrededores, y no faltaban razones para creer que anduviera armado.

El licenciado, advertido de la situación, incluyó entre las precauciones un cambio de trabajo y de dormitorio, desplazándose a un remoto sector de Caracas. Su cara no fue vista más en la Aragonesa.

 

Sus pocos amigos se encontraban repartidos en el extranjero. Algunos, gracias a sus habilidades amatorias, habían logrado hacerse con una visa más favorable.

2

El licenciado era uno de esos profesionales de último peldaño, de esos que, no pudiendo siquiera reunir el monto para una vivienda propia, gastaban sus ingresos en delicatesen no correspondientes a su rango, cuanto antes mejor, pues la inflación pulverizaba el salario de manera implacable.

Sus pocos amigos se encontraban repartidos en el extranjero. Algunos, gracias a sus habilidades amatorias, habían logrado hacerse con una visa más favorable; los otros, desprovistos de la estrella del amor, no soltaban prenda sobre su suerte. La mujer del que fuera su compañero de pasantías se marchó de manera subrepticia, arrastrando con un niño de los dos, al que le cambió la identidad para evadir los trámites migratorios. Conforme se sucedían los avances de la revolución bolivariana, todos los que creyesen tener una vida por delante se armaban de valor para huir cuanto antes, como fuera.

Mientras tanto, había que hacer como si nada de eso estuviera sucediendo, para mantener siquiera la apariencia de la tranquilidad. Los ocupantes de los cubículos contiguos al del licenciado hablaban poco entre sí, ocupados en el trabajo adicional de ajustar explicaciones verosímiles a los números cada vez más insólitos de las operaciones que les eran encomendadas.

Entre las unidades que el ministerio había puesto a la orden del licenciado, para escudriñarla con la lupa de contador, estaba una de matrículas, en la que se recaudaban anualmente montos que, debido al congelamiento de las tarifas mantenido por decreto durante décadas, no habrían alcanzado para cubrir un mes de sueldo de la jefa de la unidad.

Ésta, a la hora de un café, profirió unos dichos inteligentes, sarcásticos si no hubiesen sido tan toscos, sobre los hombres en general, mientras por otra parte prestaba más atención de la esperable al pasado sentimental del licenciado, quien entonces le habló de Karina como si fuese una antigua compañera de estudio con la que estuvo a punto de contraer matrimonio. Pero en cuanto le fue preguntado por qué no fue así, el relato perdió la fluidez que llevaba.

—Algo le hiciste. Y lo ocultas. Seguro que sí. Porque los hombres son unos patanes.

Con la breve exaltación se le movieron unas flores que llevaba en la cabeza, a modo de corona. Mientras las devolvía a su sitio, añadió:

—Yo no quiero Dios, ni patrón, ni marido.

La misma reiteración de las consignas fue interpretada por el licenciado como una mal disimulada señal de desesperación. Y empezó a proponerle citas cada vez más atrevidas, a las cuales ella acudió sin condiciones. En menos de un mes estaba instalado en el apartamento de Alicia, un inmueble que ella ocupaba de balde, mientras no se llegara a un fallo en el pleito entre ciertos parientes suyos que reclamaban la propiedad.

La nueva mujer del licenciado tenía como pasatiempo dibujar rostros, en especial el rostro de Frida Kahlo, cuya imagen, repetida en lápiz de todos los colores, cubría las paredes del apartamento.

La primera vez que Alicia le mostró un trabajo recién terminado, él observó:

—No está mal.

Pero por las cejas fruncidas de la autora comprendió que la apreciación era insuficiente. Y el licenciado, que sabía poco de arte, en lo sucesivo salió de aprietos de esta clase mediante las mentiras piadosas, lo cual tampoco fue tan desagradable ni tan complicado como supuso al principio.

Este aprendizaje también le fue de gran ayuda mientras acudió a las asambleas de los jueves, a instancias de Alicia, que de simple miembro del público había ascendido en breve lapso a ser una de las organizadoras del colectivo. La actividad, a la que la joven consagraba todo su entusiasmo, consistía en ejercer presión para que el aborto fuera instituido como derecho fundamental de la mujer, al mismo tiempo que en distribuir folletos con números telefónicos de utilidad a la hora de una falta de sangre.

 

El avión sale dentro de tres horas. Voy sin equipaje. Si ocurriera una sorpresa de último minuto, y Dios no lo quiera, tendría que desplazarme en autobús hacia Cúcuta.

3

Por aquellos días, en la oficina de pasaportes, mientras el licenciado aguardaba el turno para recibir el suyo, reconoció entre los reclamantes a un habitual de la Aragonesa. El hombre, poblado con más canas de las que recordaba el licenciado, con frecuencia se ponía de pie y recorría toda la sala de espera, acercándose a la taquilla de entrega antes de ser llamado, como si no pudiera permanecer tranquilo.

—Estoy contra el reloj. Cada día se reduce el número de líneas aéreas en funcionamiento. Ayer cesó operaciones American Airlines; hoy, Avianca. La venta de la casa de mis padres y la de mi carro no fueron suficientes para comprar este boleto —y sacó del bolsillo una cartulina rectangular con códigos estampados—: tuve que ensuciarme las manos para completar el monto. El avión sale dentro de tres horas. Voy sin equipaje. Si ocurriera una sorpresa de último minuto, y Dios no lo quiera, tendría que desplazarme en autobús hacia Cúcuta, también a toda prisa, pues el cierre de fronteras es inminente. La cantidad creciente de los que huyen daña demasiado la imagen de la revolución como para que ésta no se decida a cercar la granja con alambre de púas.

Una miliciana revisaba los documentos. El exceso de base y de lápiz labial le daba un aspecto de payaso. Los colegas recordaron los tiempos felices.

—Por cierto, no volví a verte en la Aragonesa. ¿Estás yendo más temprano?

—Ahora tengo mujer.                                                                                         

Se dispuso a contarle cómo disfrutaba de techo solamente a cambio de elogiar dibujos y de practicar unas horas semanales de proselitismo. Pero antes de iniciarse, la conversación fue interrumpida por la entrega de los pasaportes y la rápida partida del otro hacia Maiquetía. En el último momento se abrazaron como si fueran amigos de mucho tiempo.

 

4

Esa misma noche, el licenciado tomó el micrófono, como parte de sus obligaciones maritales, en un congreso contra la dominación masculina. El discurso que pronunció le fue apuntado por Alicia en un papel:

—En nombre de todos los hombres digo aquí y ahora que siento vergüenza de mi propio sexo, el cual de buen grado me arrancaría para expiar nuestras culpas y pedir perdón, depositando este execrable miembro a los pies de la nueva mujer, de la mujer libre, soberana. En este momento en que llega a su final la hegemonía del varón, unamos nuestras voces en una sola para decir: ¡ni Dios, ni patrón, ni marido!

Fue tal la cantidad de aplausos que al licenciado le faltó poco para tomarse a sí mismo como un héroe de la justicia de género. Alicia, que jamás había saboreado el triunfo de manera tan contundente, quiso concederle un premio en casa, algo especial, eso que fluyó al fin gracias a la alegría que abrió todas las compuertas:

—Puedes hacer conmigo lo que quieras. Soy tu esclava.

Y ninguno de los dos puso reparos a omitir cierta precaución que se impusieran poco antes como consecuencia de la escasez de condones. Más tarde, al iluminarse la habitación con los primeros rayos del día, el licenciado contempló a Alicia dormida con la corona de flores y reconoció el hasta entonces inadvertido rostro de Frida Kahlo. ¿Sería posible?

Dos semanas más tarde, tuvieron que comprar en el mercado negro una prueba casera de embarazo. El resultado dio positivo.

Se vieron las caras largamente, con la curiosidad de quienes todavía no se conocen. Durante esos interminables minutos Alicia mantuvo la ecuanimidad de manera admirable enfrente de ese hombre mediocre, sin atractivos, al que consideraba como el responsable de toda su desgracia. Mientras tanto, el licenciado, que, como se ha dicho, sabía poco de arte, advirtió, como quien echa un rayo de luz sobre un cuerpo extraño, que Frida Kahlo era una mujer realmente fea, más fea aún que la Gioconda.

La llegada de un nuevo ser humano tiene en sí algo de espeluznante, sin contar con que la leche de fórmula y los pañales desechables, entre otras pequeñeces que ayudan a sobrellevar aquella carga, se echaban de menos desde que se radicalizara el socialismo bolivariano.

—Yo creo que podríamos tenerlo. La ley protege terminantemente a las familias con niños. Aun en el caso de zanjarse la disputa entre tus primas, quedaríamos a cubierto del desalojo por los próximos dieciocho años.

Ya iba deslizándose como un gato por la sala del apartamento cuando de súbito le dio en la cara la luz del bombillo.

—Por eso elogiabas todos mis dibujos. ¿Sabes qué es lo que más molesta de la falsedad? Es la subestimación del otro. No soy idiota y tampoco quiero ser masoquista. Y ni se te ocurra pensar en mí como si pudiera ser el instrumento de tu ambición. Me rebelo contra este acto de opresión machista y contra el intento de explotación del niño que no va a nacer.

El licenciado prefirió soportarlo todo con la boca cerrada, no fuera que una réplica indebida le costara dormir en la calle. La reducción de la oferta de inmuebles y la imposibilidad de pagar el canon de arrendamiento con una moneda hecha trizas aumentaban para él el riesgo de jugar con fuego. Y, como supuso que permanecerían sin hablarse por el resto del día, salió en busca de una cerveza. Mientras bajaba las escaleras del edificio —el ascensor, a falta de repuestos, fue clausurado mucho antes de iniciarse aquel romance— no pensaba más que en la sensación del primer trago, de las burbujas reverberando en el paladar.

A medianoche, introdujo la llave en la cerradura con el pulso de alguien que procura disimular una fechoría. Ya iba deslizándose como un gato por la sala del apartamento cuando de súbito le dio en la cara la luz del bombillo.

—Hay que comprar una jeringa, unos guantes y un antibiótico. En este papel van las especificaciones.

El licenciado notificó por escrito a su superior que por motivos de fuerza dejaría de cumplir con sus actividades durante el tiempo que se prolongase aquella eventualidad. Al garrapatear la nota no atinó a definir la eventualidad en cuestión, ni el motivo de fuerza. Después de dejar el memo, sin formalidades, sobre el escritorio del coordinador, en horas en que la oficina se encontraba desierta, regresó a la calle para dedicarse por entero a la difícil búsqueda. En dos semanas tuvo reunidos los tres objetos de la solicitud, el último de los cuales le fue entregado, por manos misteriosas, en las afueras de un terminal de autobuses.

Los ojos de Alicia brillaron de emoción cuando supo que ya contaba con todo lo necesario para romper definitivamente con la dominación patriarcal. Mientras que otras mujeres recurrían a este método con la finalidad de librarse de un apuro, de evitar las consecuencias de un accidente, para ella era el acto de rebeldía suprema.

La cita con el médico quedó concertada para el mediodía siguiente. Mediante breve negociación telefónica, Alicia consiguió que al licenciado le fuera permitido entrar al quirófano. Dijo que aquel momento tan especial ameritaba ser compartido.

 

5

Los ojos de la chica se posaron con desconfianza en aquel hombre que a todas luces mostraba la intención de ocultar su rostro. ¿Para qué usar un sobretodo de cuerpo entero y una bufanda tan ancha en una ciudad que era todo menos invernal? Esos implementos, más el sombrero y los anteojos oscuros, le imprimían el aspecto de haber escapado del rodaje de una película.

Allá dentro cundió la alarma cuando se supo que el hombre ataviado así había atravesado el umbral de la puerta, esquivando a la joven que erró el intento de echársela en las narices. Naturalmente, allí siempre se temía la irrupción, en el momento menos pensado, de algún marido decidido a cobrar cuentas.

La cartilla de instrucciones en tales casos recomendaba que las chicas se mantuvieran escondidas en las habitaciones bajo llave, mientras la encargada intentaba terciar por las buenas. Ni más, ni menos, eso fue lo que sucedió.

—Si no se marcha inmediatamente, caballero, llamaré a la policía. No trabajamos con desconocidos.

—No soy un desconocido.

Y se despojó del aparato que lo cubría. Y, enterada de todo, Karina se arrojó en sus brazos, para susurrarle al oído aquella palabra que desencadenaba en él los más dulces estremecimientos y que era el secreto mejor guardado entre los dos:

Perra… Perra… Perra.

Katiuska y Zulay fueron las primeras que sacaron la cabeza de su escondite. Mostraron gran alegría por el regreso de la oveja descarriada y, tras observar hacia dónde tomaba, amenazaron con que, dentro de unos años, cuando fueran tan puercas como la dueña, iban a revolucionar el bajo mundo.

Al terminar la hora con Karina, ésta casi lloró de ternura debido a aquel romántico juego del disfraz.

Una del pelotón manifestó al licenciado su curiosidad, la curiosidad de siempre, la de todas, sin excepción.

—Por supuesto que sí —contestó él con una naturalidad que lo dejaba fuera de sospecha—. Y ahora mismo viene en camino el primero.

—No se diga más —interrumpió Karina—. Esto hay que celebrarlo.

En un santiamén hizo su aparición el ron, que, en copa pequeña, alcanzó para todas. Hubo un sentido brindis por la felicidad del licenciado.

Al terminar la hora con Karina, ésta casi lloró de ternura debido a aquel romántico juego del disfraz. Nunca antes en veinticinco años de servicio había sido objeto de una forma tan hermosa de cortejo. Entonces el licenciado, quizá comprendiendo por primera vez la distancia que separa a una mente de todas las demás, dejó caer, como al acaso, una alusión al loco merodeador que juró liquidar a sus rivales.

—En la calle pronto conoció a otra mujer, detrás de la cual se marchó, seguramente lejos de aquí, porque no quedó el menor rastro suyo. Yo lo había olvidado por completo.

Luego de extraer del sobretodo el pasaporte, más la cartulina rectangular con los códigos y un pequeño fajo de billetes verdes, que distribuyó en los bolsillos del pantalón y la camisa, el licenciado salió del cuarto de baño, listo para marcharse. Le tendió a Karina el pesado atuendo de lana, junto a la bufanda y el sombrero, indicándole que dispusiera de aquellas piezas.

Había ido con la intención de despedirse de Karina, de decirle que para él era inevitable partir y que además podría ser para siempre, pero en el último minuto prefirió callar. Ya en la calle, el licenciado, cual la mujer de Lot, volvió la vista atrás, hacia la Aragonesa, para contemplar la fachada del sitio donde había sido realmente feliz. De buena gana habría degustado más largamente aquellas empalagosas expectaciones de la nostalgia, si no hubiera sido porque contaba con menos de una hora para presentarse en el terminal de autobuses.

Según sus cálculos, a más tardar al mediodía siguiente debía estar del otro lado de la frontera. Era de esperarse que a esa hora ya Alicia, rumbo a su cita con el médico, lo hubiese comprendido todo.

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