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Vermouth

martes 2 de mayo de 2023
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Recostado en el sofá, Rubén prefiguró las circunstancias de aquella tarde de domingo: un viaje en autobús, una cola en la sala de cine, un asiento y el largo discurrir de una imagen en la oscuridad. Una cinta de Kurosawa lo haría aspirar el aroma de lo irreal y vivir una historia distinta de la suya. Entusiasmado con esa idea, comió algo ligero y se vistió deprisa. Lo que ignoraba era que nunca llegaría al cine, y que regresaría a casa, más tarde, con la impresión de haber sembrado una semilla nocturna, ardiente y adictiva.

A las cinco y treinta puso los pies en la calle, caminó al paradero de autobuses y se detuvo a esperar. Una vez en el vehículo, se sentó al lado de la ventana y empezó a contemplar el horizonte colorido y fugaz de la ciudad. Pasó frente a fachadas de casas sin esplendor y miró en las calles un mar de personas cuyos rostros, indiferentes, se desdibujaban en la multitud.

Llevaba en el bolsillo dinero para la entrada y cualquier otra cosa que hiciera falta. Por entonces trabajaba como cronista en un conocido semanario, donde ganaba lo suficiente para sus gastos de soltero y la habitación que pagaba en casa de una tía. Cuando podía, enviaba dinero a sus padres, que vivían lejos. No era un mal hijo, y tenía virtud, a pesar de aquello que dormitaba en su carne y doblegaba su voluntad.

Menos de un minuto anduvo sobre el mudo concreto cuando apareció, salida de un zaguán, una mujer de cuerpo formidable.

Por equivocación, bajó algunas cuadras antes de su destino y empezó a caminar, aún dudoso sobre cómo llegar al cinematógrafo. Ingresó a una calle solitaria y se desplazó por el lado fresco de la acera. Menos de un minuto anduvo sobre el mudo concreto cuando apareció, salida de un zaguán, una mujer de cuerpo formidable, sin un fragmento de su ser que no fuese apetecible. Su piel era lustrosa, como untada por el sol. Su rostro era el vértice de una ferviente geometría, el punto que cerraba una silueta impura e irresistible.

Rubén la vio pasar a su lado. Se volvió para verla por detrás y una voz le ordenó que la siguiera. Dio unos pasos hasta alcanzarla y le habló.

—¿Adónde vas? —dijo, tratando de no parecer nervioso.

—Aquí nomás —murmuró ella, casi sin mirarlo.

Aquella mínima respuesta, tan distante del silencio, entusiasmó a Rubén.

—Te acompaño —le dijo.

La mujer asintió, apenas mirándolo de soslayo.

—¿Vives cerca? —insistió él, ahora agitado por la impresión de haber cruzado el umbral a un paraje memorable de su biografía.

Caminaron juntos unas cuadras hasta un grupo de tiendas. Le preguntó al fin por su nombre, y ella respondió con una palabra que a él le pareció el perfecto denominador de aquella criatura que tenía enfrente: Nuria.

Ingresaron a un supermercado. Ya anochecía. Una bruma crecía en torno a ellos, que los desvanecía del resto. Cada vez más envueltos en la fragancia de lo aún por venir, miraron unos estantes con productos de aseo que ella necesitaba: un jabón, champú e hilo dental. La conversación era austera. Él preguntaba y ella respondía, en voz baja, con la pasividad de quien lleva un torrente por dentro.

Nuria tomó un jabón y él puso su mano encima.

—¿Te gusta este? —le preguntó, mirándola fijamente.

—Sí, me gusta.

Rubén notó que los labios de Nuria temblaban. Pensó que el azar había entretejido algo formidable aquella tarde, algo que no debía deshacerse. Entonces, la besó. En ese rincón y en medio del bullicio de la tienda, se conjuró un pacto silencioso, si no de amor, de algo más terrenal, efímero, procaz.

Después de pagar por las compras, Rubén propuso caminar hacia un parque. Allí podrían conocerse un poco más, conversar, y explorar con mayor libertad la mutua piel. En pocos minutos llegaron y se ubicaron en una banca. Sobre la madera envejecida, ella se apretó a su boca, se frotó contra él como si fuese el último hombre del paraíso. Él la correspondió, pero luego oyó voces cercanas y sugirió buscar un espacio más adentro, entre los árboles.

Se sentaron sobre el pasto oscuro, lejos del más próximo farol. Vigorosos, continuaron con lo suyo. En medio de aquel extravío, ella desabrochó su blusa y descubrió dos frutos de su cuerpo, sujetos a su torso como a un tibio mármol. Sorprendido y resuelto, Rubén palpó aquello y deseó que la noche fuera una sombra infinita.

Por prudencia, o tal vez porque el amor se asfixiaba debajo de sus prendas, decidieron partir.

De pronto, un hombre se detuvo cerca de ellos, oculto a medias detrás de un arbusto. Por prudencia, o tal vez porque el amor se asfixiaba debajo de sus prendas, decidieron partir. Sin tomarse de la mano caminaron hasta una esquina, no muy lejos de allí. En el trayecto, conversaron un poco. Ella le dijo que trabajaba en un salón de estética; él le habló de su labor de escritor, y, a gran insistencia, le explicó en qué consistía una crónica. Se despidieron con la promesa de volverse a ver, sin sobresaltos esta vez, quizá a la luz de una vela, quizá sobre un lecho de fuego.

Habían pasado dos horas desde que Rubén bajó de su último autobús antes de conocer a Nuria. Pensó que, curiosamente, era el mismo tiempo que hubiera transcurrido de haberse sentado en una sala de cine. El azar lo había apartado de la ficción para arrojarlo a una inquietante realidad. Se sintió afortunado por sus dos destinos, el pasado y el próximo.

Regresó a casa sin premura, estremecido aún por la contundencia de lo vivido. Una vez allí, subió a su habitación sin hacerse notar y evitando cualquier pregunta. No quiso cenar, sólo ir pronto a dormir. Se recostó y, antes de cerrar los ojos, pensó en el discurrir del tiempo, el tiempo exacto que lo devolvería a esa piel y a ese cuerpo irrepetible en el universo.

Los días posteriores fueron implacables. El calor del verano multiplicó el cansancio y las jornadas de trabajo se hicieron largas y tediosas. Rubén no las sintió así, pues se entretuvo recordando los azares de aquel domingo, que lentamente se infundían de la magia del pasado. En su recuerdo, la imagen de Nuria había adquirido un color y una textura tan irreales como intensos.

El viernes siguiente, como habían acordado, él la llamó. Unas horas después se encontraron en una vereda y, bajo un tenue farol, se saludaron con un beso. Subieron al coche que Rubén se había prestado de un amigo, mientras la oscuridad en torno a ellos parecía dilatarse. Una vez sentados, ella le dijo algo contundente:

—Hoy me quedaré poco tiempo, y no nos veremos otra vez.

Rubén no respondió. Hubo un silencio y el largo eco de un silencio. Las palabras de Nuria lo comprimieron y su rostro se apagó. Se acomodó en el asiento, palpó un sinsabor y la miró ansiosamente, como quien espera oír una confesión. Por un instante, quiso articular algo, pero ella le hizo un ademán con la mano para que permaneciera en silencio.

—Por favor, escucha. Y te pido que no insistas.

Luego, prosiguió de esta manera:

—Aquella tarde te vi bajar del autobús y te oí preguntar por la sala de cine. No me viste, aunque estaba muy cerca. Pero yo reconocí algo en tus ojos, algo que me agradó, y quise buscarte. Entonces, te seguí por unos minutos y propicié nuestro encuentro. Lo que pasó después fue inevitable.

—No logro entender.

—Mira, yo no aspiro a nada —continuó ella, con cierta desazón en la voz—. Sólo soy una fantasía carnal, un deseo fugaz, una mentira. Por eso no quiero quedarme hoy, porque quiero que me recuerdes hasta esa primera noche solamente. El placer que se anhela tiene mayor deleite, y por eso será más intenso tu recuerdo de mí.

—¿Qué debo hacer, entonces? ¿Sólo recordarte?

—Sólo recuérdame y deja que tu memoria me adorne con su magia y su olvido. Y si quieres hacer algo más, antes de que el tiempo me corrompa y me vuelva insignificante a la mirada de los hombres, escribe sobre mí. Así perduraré en la imaginación de quienes sepan verme en tus palabras.

Rubén sostuvo la mirada en ella como si contemplara un fantasma, hasta que dobló la esquina.

Sin salir de su sorpresa, casi estupefacto, Rubén alcanzó a decir algo en voz muy baja:

—Lo haré, te lo prometo.

—Te pido algo más —insistió ella—. Cuando escribas, llámame “Nuria”, y no por mi nombre.

Salió del coche y se marchó lentamente. Rubén sostuvo la mirada en ella como si contemplara un fantasma, hasta que dobló la esquina. Después, repasó en silencio las palabras que acababa de oír: “El placer que se anhela tiene mayor deleite”. Bajó la ventanilla, aspiró la brisa y se preguntó si lo acontecido esta noche no sería más memorable que el primer ardor al lado de Nuria. Pasó de la sorpresa a la risa y por fin al sosiego.

Tocado por una repentina lucidez, se sintió presto a escribir. Tal vez podría, allí mismo, cumplir con la promesa que acababa de hacer. Abrió la guantera, sacó un lapicero y la libreta donde llevaba las notas de sus crónicas. Luego de meditar un momento, se le ocurrió un título aparente, recordando que todo aquello se hubo iniciado con un viaje a una función vespertina de cine. Seguro de haber hallado un buen nombre, empezó a delinearlo. Así, fueron apareciendo en el papel, una a una, las ocho letras que juntas dibujaban el título de esa historia, tan real como el deseo: Vermouth.

Dante Herrera
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