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Von der Berg

sábado 2 de marzo de 2024
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No pocos son los misterios que encierran las ciencias, en especial los números y las formas geométricas. Se ha dicho hasta el cansancio que todo se puede expresar en fórmulas matemáticas: qué frío sería el mundo, pero a su vez qué claro y ordenado. Otto von der Berg al estar obsesionado con estas ideas decidió doctorarse en Matemáticas en Berlín a mediados del siglo XIX.

Había nacido en un pequeño pueblo rural a las orillas del río Elba. Su padre era amante de las bellas letras e instruyó al joven Otto en lo relacionado con la historia y la filosofía del continente. Por desgracia para este hombre apasionado, su hijo, producto de guerras y revoluciones que solicitaban el derramamiento de sangre, decidió buscar un orden no impuesto por el hombre. Encontró en las ciencias numéricas el orden que es ajeno al humano. Algo tan necesitado y ansiado, pero no propio de su naturaleza, como el anhelo que pudiera llegar a tener un hombre de tierras gélidas por el calor del trópico, sólo para comprender que su destino natural es el frío. Por ende, al no ser propio, el final no corresponde a lo deseado.

Maravillado por ecuaciones y fórmulas no alteradas por caprichos aristocráticos ni cañones de libertad, ni sangre derramada por la igualdad, decidió mudarse a Berlín para sumergirse en este maravilloso e impersonal mundo. Tal fue su maestría y aplicación que antes de los veinticinco años ya era doctor en Matemáticas. Pero para este ambicioso joven, la carrera solamente estaba comenzando. Siempre rodeado de pares y de alumnos curiosos, parecía que no hablara de otro asunto. Buscaba el Santo Grial de esta ciencia: una fórmula, o hasta un axioma, que pudiera definirlo todo. No bastaba con que todo pudiera ser expresado en términos matemáticos; era necesario una fórmula que definiera todo el mundo, toda la matemática: una ecuación en la que se vislumbrara tanto el pasado, como el presente, como el futuro además de todas sus respectivas alternativas.

Abocado a esta noble tarea, Otto van der Berg se encerró en un monasterio benedictino a las afueras de Múnich. Era muy amigo de algunos obispos que le permitieron el hospedaje, aunque no era un fiel devoto, mucho menos un monje. El monasterio propiciaba el lugar ideal para concentrarse en sus estudios.

En pocos signos algebraicos pudo contemplar toda la historia de la humanidad, toda la historia de su patria y toda su propia historia.

Después de varios años de largas noches sin dormir, después de cientos de libros analizados y anotados, finalmente logró dar con este Santo Grial. Era algo sumamente hermoso. En pocos signos algebraicos pudo contemplar toda la historia de la humanidad, toda la historia de su patria y toda su propia historia. Pudo contemplar el mismo momento que estaba viviendo. Los orígenes de la humanidad cerca de Mesopotamia, la caída del Imperio romano de los Césares, el auge de un monstruoso imperio de corta duración en sus tierras, algo como una especie de comunicación entre distintos pueblos y el final de toda la raza humana.

Al llegar a ese momento, vio cosas que no se pueden describir. No pudo comprender cómo algo tan puro y ordenado hablara de caos, muerte y miseria. Durante noches enteras se autoflageló buscando consuelo. Creía, porque así le habían enseñado, que en el dolor siempre se encuentra el sentido de la existencia. Suplicó a gritos a Dios que lo ayudara a comprender. En realidad, ya estaba todo dicho. También vio el preciso momento de su muerte.

En busca de consuelo y en busca de aclarar la mente decidió entregarse de lleno a las obras monásticas. Estudió con profundo fervor a los Padres Apostólicos y llegó a venerar a san Pedro de tal manera que quiso emularlo. Tanto es así que estudió el hebreo y el griego con la misma pasión y fría devoción con la que había adquirido su conocimiento de los números. Agregado a todo ello, también hablaba fluidamente el latín. No pocos eran los que pensaban que pudiera haber llegado al papado de no ser por unos ciertos rasgos escépticos en su pensamiento. Antes de su muerte quemó todos sus estudios. Solamente algunos diarios personales fueron rescatados de las llamas y preservados en el monasterio, escritos en una lengua que ya no se habla; muy pocas personas han tenido acceso a los mismos.

Una fría mañana de diciembre de 1866, a las afueras de Múnich, un hombre ya muerto fue encontrado clavado, boca abajo, a una cruz.

Enrique Bordoli
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