XXXIV Premio Internacional de Poesía Fundación LOEWE • Hasta el 24 de junio de 2021
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Poemas de Luis Alberto Maco Camizán

viernes 7 de mayo de 2021
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Del confundido

Nunca he tenido mucho por contar, como un perro bien comido
que busca la sombra de la última batalla
y se duerme: no mirar las palabras
es huir de la vida,
y yo las temo tanto como a los terribles
augurios
por lo que necesito menos de la vida
que de un buen sueño para echarme a andar
y que, luego, me he soñado así: obrero de la canela,
ignorante del progreso, de los pueblos cuajados en un aleluya
de sol;
abandoné a mi mujer por los libros,
si bien el amor no me mejoró como
alma, me fortaleció el orgullo
,
además, nadie me cuidará tanto la espalda
como un buen libro.

Te digo que soy como el perro bien comido
que se duerme sin tener nada
que decir: sólo al estar despierto
fuera de la vida,
como un feto que registra estatutos
de libertad en las murallas de su oscuridad,
podré mirar a las palabras como a
ritos cotidianos, como a escombros de un cielo
que no he visto ¿podrás verlo tú?
Y después tomaré el único telescopio
que conozco ¡mi soledad! así
sabré que el ataque del alma a la ciudad debe
ser silencioso como el peligro
que se deja caer sobre el que se alejó
del rebaño,
y tendré un mejor alcance
de las vísceras humeantes de mi infancia,
consultaré en ellas por mi propio bien,
saber ¿por qué mierda
estoy aquí si no voy a soportar mirar las palabras?

 

Del reservado (otra versión)

Ya voy más de una vida
con el mismo gesto de silencio.
Qué mercado tan monótono,
mercado de demonios.
El fuego era tan reciente
que era difícil quemarse; esas noches
que rugían, me injuriaban
“¡te vamos a quemar la lengua, a destriparla
porque no la necesitas!”,
y la risa que me dio al patear
una lámpara: el alma que salió.

 

Voluntario

No cuenta lo que soy
sino quién está conmigo ¿y quién lo está?
No quiero crías en mi vientre ha dicho el relámpago.
Y esto es muy poco para llamarlo
soledad,
vejez, tumba de animales que han reído.
¿quién está conmigo?
¿qué cielo se jugará su fuerza
para salvar cada nervio liberado de estos desechos?
Me enojé con los pueblos que aseguran que el progreso
es dormir, aburrirse más,
me enojé con las palabras
que ensucian el camino, y las que miran
desde su palco de oro,
riéndose de mi corona de moscas
bajo el brazo,
de los hierbajos creciéndome entre los inhóspitos dientes,
de mi cama que aulló dejando más
prisioneros en la tierra,
y de mi alma, el lavaplatos de turno, jugando
con ladridos y con pesados empleos en oscura ternura.

¿Y quién está conmigo, débil
como estoy, con la plúmbea bocanada

de tener orgullo todavía?
¿aquél que hable menos de la tierra,
y de los tambores de guerra de los sueños pastoriles?
¿de las facultades de un ave decapitada
bajando, silbante, hasta sorprender
el secreto de los otros?
¿el que trazará en el nenúfar del vino
la vida que no se hizo con el sol?
¿quién está conmigo, en este reino
de todos contra uno?

 

No es que sea Peter Pan

Algunos nunca tendremos edad
para hacer las cosas:

Siempre me repiten
que no me ven como padre
y luego se ríen de mí,
eso es bueno, aunque los ángeles beduinos de Abraham
afirmen que en tener hijos
hay ganancia, o está el irritado linaje del señor Bovary
embalsamado aún en el hipo del falo.

Otras veces me parece extraño
llegar a ser dueño
de una casa o de un huerto,
no veo que tenga edad para irme de viaje
a los volcanes del país,
a los templos que zumban
en lenguas de laúd,
ni moverme hacia el reloj del ajetreo,
ni huir de mi sedienta buhardilla
buscando gente de paz.

Algunos nunca tendremos edad
para entender demasiadas preguntas,
el germen hostigado de las quejas,
la obligación de reír
en raros episodios de placer:

Es el rito de tener edad
para estar solo y luchando
como raíces que no miran.

 

Breve carta de un aprendiz de obrero para un amigo del siglo XX

Porque somos lo que por nosotros
somos en cada jornada diaria.
Víctor Mazzi

De cualquier modo tengo un empleo,
y el olor de la vida
es diferente, aunque el trabajo
es una sarta de eventos inútiles
que otros le atribuyen
la importancia de una guerra.

Dios mío, pero hace tiempo
que el amor por la tierra se esfumó
de las manos y el canto de los buenos
muchachos, así que quítate del seso
la idea del obrero muerto en los abrojos, de pensar que de la cama al trabajo
el siervo está en sus límites,
en sus presagios de clamor más rojos
que la sidra; y que el nudo de horca
de los poemas y de los libros reflexivos
nos han traído a recuento:
yo vivo entre ellos, soy uno de ellos, otro pez que no ve
con claridad en qué sílaba de la red están Dios y el alimento,
el más genuino y postor de su suerte,
y te diré que en las más de veinte fábricas
por las que travesó la desesperada mosca
de mi juventud
miré obreros ociosos, malhadados, truhanes, blasfemos,
obreros jóvenes o seniles,
liebres en el asfalto del licor, tortugas
en el tugurio de sus puestos,
obreros que no les apetece trabajar,
que hacen hora,
flojean,
trampean,
relojean,
hacen cola en los destartalados baños
como postes callejeros,
para sentarse a dormitar, a chatear
con las nubes de sus amores —son sus teléfonos los que eructan auténticos
gestos de ternura
obreros que silban
a los jefes atontados,
obreros sin pasión
por la soledad de las máquinas,
menos por el trabajo que los sustenta, obreros sin país,
no saben más de su patria que un pájaro de cabinas telefónicas,
obreros que se trajean
con lo más caro del mercado:
Nike, H&M, Apple, etc. y que creen
deben disiparlo todo
en festines y lupanares clandestinos,
en níveos artefactos que darán
vida a sus cuartuchos; que se meten
a los sindicatos
para protegerse de ser despedidos
por sus olímpicas vagancias, por sus falsos descansos
médicos,
por vivir con los desechos que definen a las piedras.
Verás, muchos desertan:
es imperativo adquirir la mueca de los
que quieren tomar en serio sus vidas
y largarse de aquí, es por estudiar, por volver abrevar de sus inquietantes lagos,
dormir en los corrales de sus estrellas
apagadas, o bien, probar en otras latitudes
de la vida, y abandonan el papel
de obrero citadino.
Pero no llegan a más, y se regresan:
llamando obstinadamente
a la fábrica que abandonaron,
llamando con olifantes de 120
decibeles,
los he visto deambulando, como diablos en las estepas,
con el maldito sobre manila
dentro de la vasija del alba,
y en la sal del mediodía,
los he visto
tocando ventanillas, preguntado si reciben a ex trabajadores, a ex estatuas, a ex maniquíes del infierno,
los más jóvenes postulan a buitres eventuales…
Así que quítate de la sangre putrefacta
el mito fílmico del obrero oprimido,
del obrero loco por numerar las migajas,
del obrero sin purulencia ni derroches,
del obrero que inventaste en tus testamentos de martillo y carbón.

 

Están ansiosos

El mayor espanto de esa gente
es quedarse en casa un sábado, un domingo,
ojalá que cuando retornen
encuentren al televisor riéndose
de la mesa rota y del pescado en el piso,
y a la pimienta fornicando con la sal,
con una mosca flautista
en la esquina del crepúsculo, y la ventana del salón
abrazada al árbol barbón del frente,
ojalá que cuando vuelvan
la casa les dé una patada
allí donde los escrotos se prensan
a las telas de la vida.

Qué gente para tener miedo
del polvo y de paredes que se apoderan
de los años
como gigantes que hurtan manzanas
del Oriente,
Qué gente resoplando en las calles,
protestando por el peso de la soledad
en sus cerebros alunados.
Ojalá que esa gente no llegue al sábado, al domingo,
y cuelguen de la luna roja del más allá
como arañas y calzones mal lavados.

 

Ámame si puedes

Deja el frío wáter, cariño
y siéntate en mis manos,
la luna llena sacudirá los fríos platanales
de la ducha
y te sacará de allí,
pero déjale el vello púbico a tu sombra,
déjale el vello núbil a tu vida
que no quiero ver abajo,
abajo hay pedazos de un hogar que perdiste,
risitas que echas en falta.

Deja la fría cama, cariño
y apréstate a mojar el corral de los duendes,
yo seguiré tu lácteo rastro de orina
y llegaré a tu amor,
y hoy tu amor es la pena de no decidirse por nada,
es la rareza de guardar en tu frigobar plateado
copos de mi alma, gotas apagándose,
y sólo cuando me vaya —bien al trabajo, bien al estiércol posible—
te harás una mascarilla de verano
y te hará reír ese ritual,
ebriedad de estar volviéndose loco como lagartija
que cree poder limpiar de las rocas
años de abandono.

Luis Alberto Maco Camizán
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